El Bienestar y el Estado Asistencialista

Publicado el 14 Enero, 2013 por el Instituto Mises Hispano

Autor: Murray Rothbard

¿Por Qué Hay una Crisis de Asistencialismo?

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Casi todos, sea cual fuere su ideología, están de acuerdo en que hay algo terriblemente erróneo en el acelerado, desbocado sistema asistencialista en los Estados Unidos, un sistema en el cual una proporción cada vez mayor de la población vive como demandante ociosa, compulsiva, de lo que produce el resto de la sociedad. Algunos números y comparaciones ayudarán a ilustrar las variadas dimensiones de este problema galopante. En 1934, en medio de la mayor depresión en la historia estadounidense, cuando la vida económica había llegado a su punto más bajo, el gasto total del gobierno en asistencia social era de $us 5.800 millones, de los cuales los pagos directamente relacionados con el asistencialismo (“asistencia pública”) alcanzaban los $us 2.500 millones. En 1976, después de cuatro décadas del mayor auge en la historia de los Estados Unidos, cuando se había alcanzado el nivel de vida más alto en la historia del mundo, con un porcentaje relativamente bajo de desempleo, el gasto del gobierno en asistencia social sumaba $us 331.400 millones, de los cuales la asistencia directa llegaba a $us 48.900 millones. En resumen, el gasto total en asistencia trepó en un enorme porcentaje, el 5.614 por ciento en estas cuatro décadas, y la asistencia directa aumentó 1.856 por ciento. O, dicho de otro modo, el gasto en bienestar social se incrementó, en promedio, 133,7 por ciento por año durante el período 1934-1976, mientras la asistencia directa en beneficencia subió 44,2 por ciento por año. Si nos concentramos más en el asistencialismo directo, encontramos que ese gasto se mantuvo casi igual desde 1934 hasta 1950, y luego subió a la estratósfera junto con el auge de la segunda posguerra. Entre 1950 y 1976, de hecho, la asistencia del Estado aumentó la enorme suma de 84,4 por ciento anual.

Claro que parte de estos enormes incrementos puede adjudicarse a la inflación, que diluyó el valor y el poder de compra del dólar. Si, teniendo en cuenta la inflación, corregimos todas las cifras y las expresamos en términos de “dólares constantes de 1958” (es decir, considerando que cada dólar tiene aproximadamente el mismo poder de compra que en 1958), entonces las cifras relevantes se transforman de la siguiente manera: en 1934 –gasto total en asistencia social, u$s 13.700 millones; asistencia directa en beneficencia, u$s 5.900 millones; en 1976– gasto total en asistencia social, u$s 247.700 millones; asistencia directa, u$s 36.500 millones.

Por lo tanto, aun corrigiendo las cifras debido a la inflación, el gasto del gobierno en asistencia social alcanza la altísima suma de 1.798 por ciento, o 42,8 por ciento por año durante estos 42 años, mientras que la asistencia directa sube 519 por ciento, o 12,4 por ciento por año. Más aun, si observamos las cifras de asistencia directa en beneficencia, de 1950 y de 1976, corregidas por la inflación, hallamos que el gasto en asistencia social aumentó, durante los años del auge en cuestión, alrededor de un 1.077 por ciento, o 41,4 por ciento anuales.

Si ajustamos aun más las cifras teniendo en cuenta el crecimiento de la población (la cantidad total de habitantes de los Estados Unidos era de 126 millones en 1934 y de 215 millones en 1976), todavía obtendremos un aumento de casi diez veces el gasto total en asistencia social (de u$s 108 a u$s 1.152 per cápita en dólares constantes de 1958), y más del triple de asistencia pública directa (de u$s 47 en 1934 a u$s 170 per cápita en 1976).

Veamos otras comparaciones: de 1955 a 1976 –años de gran prosperidad– el número total de personas que recibieron asistencia social se quintuplicó, de 2,2 a 11,2 millones. De 1952 a 1970, la población de jóvenes de dieciocho años y menos aumentó alrededor de 42 por ciento; sin embargo, la cantidad de los que fueron beneficiados con asistencia social creció un 400 por ciento. La población total se mantuvo estática, pero el número de receptores de asistencia en la ciudad de Nueva York saltó de 330.000 en 1960 a 1,2 millones en 1971. Obviamente, estamos ante una crisis del asistencialismo.[1]

Se demuestra que la crisis es aun mayor si incluimos en los “pagos de beneficencia” toda la asistencia social a los pobres. Así, la “asistencia federal a los pobres” casi se triplicó de 1960 a 1969, puesto que saltó de u$s 9.500 millones a u$s 27.700 millones. Los gastos estatales y locales en bienestar social treparon de u$s 3.300 millones en 1935 a u$s 46.000 millones, ¡un aumento de 1.300 por ciento! El gasto total en bienestar social para 1969, a nivel federal, estatal y local, aumentó a la impresionante cifra de u$s 73.700 millones.

La mayoría de las personas ve al hecho de recibir asistencia como un proceso externo respecto de los beneficiarios, casi como un desastre natural (como un maremoto o una erupción volcánica) que está más allá de ellos y ocurre a pesar de su voluntad. Suele afirmarse que la “pobreza” es la causa de que los individuos o las familias reciban asistencia. Pero, sea cual fuere el criterio que se use para definir la pobreza, sea cual fuere el nivel de ingreso elegido, es innegable que el número de personas o familias que se hallan por debajo de esa “línea de pobreza” ha venido experimentando una constante reducción desde la década de 1930, y no a la inversa. Por lo tanto, la magnitud de la pobreza no puede explicar el espectacular crecimiento de la clientela del asistencialismo.

El enigma se aclara una vez que uno se da cuenta de que el número de beneficiarios de la asistencia gubernamental tiene lo que en economía se llama una “función positiva de la oferta”; en otras palabras, que cuando los incentivos para recibir asistencia aumentan, las nóminas de la beneficencia crecen, y se produce un resultado similar si los desincentivos disminuyen. Resulta extraño que nadie ponga a prueba este hallazgo en ninguna otra área de la economía. Supongamos, por ejemplo, que alguien (sea el gobierno o un multimillonario excéntrico, para el caso es lo mismo) ofrece un adicional de u$s 10.000 a todos los que trabajen en una fábrica de zapatos. Como es obvio, la oferta de trabajadores en la industria de los zapatos se multiplicará. Lo mismo sucederá si se reducen los desincentivos, es decir, si el gobierno promete eximir a todos los trabajadores de esa industria del pago del impuesto a las ganancias. Si comenzamos a aplicar a la clientela del asistencialismo el mismo análisis que a todas las otras áreas de la vida económica, la respuesta a la incógnita se hace clara como el agua.

¿Cuáles son, entonces, los incentivos/desincentivos importantes para recibir asistencia social, y cómo han ido cambiando? Por supuesto, un factor extremadamente importante es la relación entre el ingreso que se obtendrá del bienestar social, en comparación con el que se ganará haciendo un trabajo productivo. Pongamos un ejemplo sencillo: el salario “promedio” o corriente (el que está al alcance de un obrero “promedio”) en cierta área es u$s 7.000 por año, y el ingreso que se obtendrá del bienestar social es de u$s 3.000 por año. Esto significa que la ganancia neta promedio del trabajo (antes de deducir los impuestos) es u$s 4.000 anuales. Supongamos ahora que los pagos de asistencia social se incrementan a u$s 5.000 (o, en forma alternativa, que el salario promedio se reduce a u$s 5.000). La diferencia –la ganancia neta que se obtiene del trabajo– ha bajado ahora a la mitad, reducida de u$s 4.000 a u$s 2.000 por año. Lógicamente, el resultado será un enorme aumento de las nóminas de la asistencia (que será aun mayor si consideramos que los obreros que ganan u$s 7.000 tendrán que pagar mayores impuestos para poder mantener a una clientela aumentada y virtualmente no contribuyente del asistencialismo).

Entonces, puede esperarse que si –como, por supuesto, ha sucedido– los niveles de pagos de asistencialismo se han venido elevando con mayor rapidez que los salarios promedio, habrá cada vez más personas que se inscriban en las nóminas de la asistencia social. Este efecto será aun más acentuado si tenemos en cuenta que, como es obvio, no todos ganan el “promedio”; serán los trabajadores “marginales”, aquellos que ganan menos del promedio, quienes acudirán masivamente a solicitar asistencia social. Retomando nuestro ejemplo, si los pagos por asistencialismo aumentan a u$s 5.000 por año, ¿qué podemos esperar que suceda con los trabajadores que ganan u$s 4.000?, ¿o incluso u$s 6.000? El hombre que gana u$s 5.000 por año, que antes tenía una ganancia neta de u$s 2.000 más que el beneficiario de la asistencia social encuentra ahora que esa diferencia se ha reducido a cero, que no está ganando más –¡incluso gana menos una vez deducidos los impuestos!– que aquél, que vive ociosamente a expensas del Estado. ¿Puede resultar extraño que empiece a dedicarse a vivir del lucrativo negocio de la beneficencia?

Específicamente, durante el período 1952-1970, cuando las nóminas de la asistencia social se quintuplicaron, de 2 a 10 millones, la asistencia mensual promedio de una familia beneficiaria ascendió a más del doble, de u$s 82 a u$s 187, o sea un incremento de casi 130 por ciento en una época en que los precios al consumidor estaban aumentando sólo 50 por ciento. Además, en 1968, la Citizens Budget Commission de la ciudad de Nueva York comparó a los diez estados de la Unión cuyas nóminas de asistencia social crecían con mayor rapidez con los diez estados que disfrutaban de la tasa de crecimiento más baja. La Comisión halló que el beneficio mensual promedio de la asistencia social en los diez primeros estados era el doble que en los diez últimos. (Los pagos mensuales de asistencia social por persona promediaban u$s 177 en el primer grupo de estados, y sólo u$s 88 en el último.)[2]

Otro ejemplo del impacto de los altos pagos de asistencia social y de su relación con los salarios ganados mediante el trabajo fue citado por la McCone Commission, que investigaba los disturbios de Watts en 1965. La Comisión halló que en un empleo con salario mínimo se pagaban alrededor de u$s 220 por mes, de los cuales había que deducir los gastos relacionados con el trabajo, como vestimenta y transporte. En contraste, la familia promedio que recibía asistencia social en el área obtenía entre u$s 177 y u$s 238 por mes, de los cuales no había que deducir gastos relacionados con el trabajo.[3]

Otro factor poderoso en el aumento de las nóminas de asistencia social es la creciente desaparición de varios fuertes desincentivos para acogerse a ese régimen. El más importante de ellos ha sido siempre el estigma que significaba para toda persona el subsidio a la desocupación, que la hacía sentir que vivía parasitariamente a expensas de la producción en lugar de contribuir a ella. Este estigma fue eliminado por valores que han penetrado en el moderno populismo socialdemócrata; además, los organismos gubernamentales y los propios asistentes sociales cada vez instan más a la gente a recibir lo antes posible beneficencia por parte del Estado. La idea “clásica” del asistente social era la de alguien que ayudaba a las personas a ayudarse a sí mismas, que las impulsaba a lograr y mantener su independencia y a valerse por sus propios medios. El propósito de los asistentes sociales era ayudar a los que vivían de la beneficencia del gobierno a salir de esa situación tan pronto como fuera posible. Pero ahora tienen el objetivo opuesto: tratar de que la mayor cantidad de gente posible reciba asistencia social, promocionar y proclamar sus “derechos”.

El resultado ha sido una continua simplificación de los requerimientos de elegibilidad, una reducción de los trámites burocráticos y la desaparición de los requisitos (de residencia, trabajo, e incluso ingresos) para obtener un subsidio por desempleo. A cualquiera que se anime siquiera a sugerir que a los beneficiarios del asistencialismo debería requerírseles que acepten un empleo y abandonen el sistema se lo considera un reaccionario, un leproso moral. Y como ya casi ha desaparecido el antiguo estigma, la gente tiende cada vez más a pasar rápidamente al régimen asistencial en lugar de salir de él. Irving Kristol escribió cáusticamente acerca de la “explosión del asistencialismo” de la década de 1960:

Esta “explosión” fue creada, en parte de manera intencional, y en una mayor parte en forma inconsciente por funcionarios y empleados públicos que llevaban a cabo políticas públicas en relación con una “Guerra contra la Pobreza”. Y estas políticas fueron defendidas y promulgadas por muchas de las mismas personas que luego se mostraron perplejas ante la “explosión del asistencialismo”. No es sorprendente que tardaran en darse cuenta de que el problema que intentaban resolver era el mismo que  habían creado.

He aquí […] las razones que hay detrás de la “explosión del asistencialismo” en la década del 60:

1. El número de pobres que son elegibles para la asistencia social aumenta a medida que se amplía el alcance de las definiciones oficiales de “pobreza” y “necesidad”. Esto fue lo que hizo la Guerra contra la Pobreza; la consecuencia fue, automáticamente, un aumento en el número de “personas elegibles”.

2. El número de personas pobres elegibles que actualmente solicitan asistencia social crecerá a medida que aumenten los beneficios de la asistencia –como lo hicieron a lo largo de la década de 1960–. Cuando los pagos de beneficencia (y los beneficios asociados, como Medicaid y los vales para alimentos) compiten con los salarios bajos, muchas personas pobres preferirán, racionalmente, recibir la beneficencia. Hoy en día, en la ciudad de Nueva York, como en muchas otras grandes ciudades, los beneficios del asistencialismo no sólo compiten con los salarios bajos, sino que los superan.

3. El rechazo de aquellos realmente elegibles para recibir asistencia social –un rechazo basado en el orgullo, la ignorancia o el temor– disminuirá si se instituye cualquier campaña organizada para “reclutarlos”. En la década del 60 fue lanzada exitosamente una campaña semejante por a) varias organizaciones comunitarias auspiciadas y financiadas por la Oficina de Oportunidad Económica (Office of Economic Opportunity), b) el Movimiento de Derechos al Bienestar Público (Welfare Rights Movement) y c) la profesión del trabajo social, en la que ahora había numerosos graduados universitarios que consideraban un deber moral ayudar a la gente a recibir asistencia social, en lugar de ayudarla a abandonar el régimen de beneficencia. Además, las cortes de justicia cooperaron allanando varios obstáculos legales (por ejemplo, los requerimientos relativos a la residencia) […].

De alguna manera, el hecho de que cada vez haya más pobres que reciben asistencia social, con pagos más generosos, no parece haber hecho de este país un buen lugar para vivir –ni siquiera para los beneficiarios, cuya condición no parece perceptiblemente mejor que cuando eran pobres y no recibían ayuda.

Parece que algo salió mal; una política sensible a los problemas sociales por parte del populismo socialdemócrata engendró todo tipo de consecuencias inesperadas y perversas.[4]

El espíritu que antes animaba a la profesión de los asistentes sociales era muy diferente –y libertario–. Había dos principios básicos: a) que todo pago destinado a la beneficencia y al bienestar social debe ser voluntario, realizado por instituciones privadas, en lugar de constituir una acción coercitiva del gobierno; y b) que el objeto de dar debería ser ayudar al beneficiario a hacerse independiente y productivo tan pronto como fuera posible. Por supuesto, en última instancia, (b) surge de (a), puesto que ninguna agencia privada es capaz de reunir la cantidad de dinero virtualmente ilimitada que puede extraerse del sufrido contribuyente. Como los fondos de asistencia privados son estrictamente limitados, no hay lugar para la idea de “derechos” a la beneficencia pública como una exigencia permanente sobre la producción de otros. Como corolario de la restricción de fondos, los trabajadores sociales también se dan cuenta de que no existe la posibilidad de ayudar a los simuladores, a aquellos que se niegan a trabajar o que utilizan la asistencia de manera fraudulenta; de ahí el concepto de pobres “merecedores” en contraposición al de “no merecedores”. Así, la Organización de Caridad Social (Charity Organisation Society), una agencia inglesa del laissez-faire del siglo xix, incluyó entre los pobres no merecedores que no eran elegibles para la beneficencia a aquellos que no la necesitaban, a los impostores y a los hombres “cuya condición se debe a la imprevisión o al derroche, y no hay esperanzas de que se los pueda hacer independientes de la asistencia […] caritativa en el futuro”.[5]

El liberalismo del laissez-faire inglés, a pesar de que generalmente aceptaba la asistencia de la “Ley de Pobres”, promulgada por el gobierno, insistía en que hubiese un fuerte efecto desincentivador: no sólo imponer estrictas reglas de elegibilidad para la asistencia, sino también hacer que las condiciones del asilo fueran lo suficientemente desagradables como para que constituyera una fuerte disuasión, en lugar de una oportunidad atractiva. Debido a la existencia de los “pobres no merecedores”, aquellos que eran responsables de su propio destino, sólo se podía evitar el abuso del sistema de beneficencia “haciéndolo lo más desagradable posible para los postulantes; o sea, insistiendo (como regla general) en una prueba laboral o en la permanencia en un asilo”.[6]

Si bien una disuasión rigurosa es mucho mejor que una acogida abiertamente favorable y una prédica acerca de los “derechos” de los beneficiarios, la posición libertaria demanda la total abolición del asistencialismo gubernamental y de la dependencia de la caridad privada, sobre la base de que de este modo necesariamente se ayudará a los “pobres merecedores” a adquirir independencia lo más rápido posible. Después de todo, prácticamente no hubo asistencialismo gubernamental en los Estados Unidos hasta la Depresión de la década de 1930, y sin embargo –en una época en la que el nivel general de vida era mucho más bajo– no había hambre masiva en las calles. Un programa muy exitoso de asistencia privada es el que lleva a cabo en la actualidad la Iglesia Mormona, que tiene tres millones de miembros. En el siglo xix, estas personas realmente notables, acosadas por la pobreza y la persecución, emigraron a Utah y a los estados vecinos y a fuerza de austeridad y trabajo arduo lograron alcanzar un nivel general de prosperidad y riqueza. Muy pocos mormones reciben asistencia social; se les enseña a ser independientes, a confiar en sí mismos y a rehuir la ayuda a los desocupados. Los mormones son creyentes devotos, y por eso han internalizado con éxito estos valores admirables. Más aun, la Iglesia Mormona ha puesto en marcha un amplio plan de beneficencia privado para sus miembros, que se basa en el principio de ayudarlos a recuperar su independencia lo más pronto posible.

Veamos, por ejemplo, los siguientes principios del “Plan de Bienestar” de la Iglesia Mormona. “Desde su organización en 1830, la Iglesia ha estimulado a sus miembros hacia el logro y el mantenimiento de su independencia económica; ha incentivado la austeridad y fomentado el establecimiento de industrias generadoras de empleo; en todo momento ha estado preparada para ayudar a los creyentes que padecen necesidades.” En 1936, la Iglesia Mormona desarrolló un “Programa Eclesiástico de Bienestar, […] un sistema por el cual se eliminaría el azote del ocio, se abolirían los males del subsidio a la desocupación, y una vez más se establecerían entre nuestro pueblo la independencia, la industria, el trabajo lucrativo y el respeto por la propia persona. El objetivo de la Iglesia es ayudar a la gente a ayudarse a sí misma. El trabajo será entronizado como el principio rector de las vidas de los miembros de nuestra Iglesia”.[7] A los asistentes sociales mormones que trabajan en el programa se los instruye para que actúen de acuerdo con esto: “Fieles a este principio, los asistentes sociales enseñarán e impulsarán seriamente a los miembros de la Iglesia a sostenerse por sus propios medios, en la medida de sus capacidades. Ningún verdadero Santo del Último Día se sustraerá en forma voluntaria, mientras sea físicamente capaz, a la carga de su propia subsistencia. En tanto pueda, y bajo la inspiración del Todopoderoso y con su trabajo personal, proveerá a sus propias necesidades”.[8] Los objetivos inmediatos del Programa de Bienestar son: “1. Colocar en una ocupación provechosa a quienes son capaces de trabajar. 2. Proporcionar trabajo dentro del Programa de Bienestar, en la medida de lo posible, para aquellos que no pueden desempeñarse en empleos lucrativos. 3. Adquirir los medios para subvenir a las necesidades vitales de los pobres, por los cuales la Iglesia asume la responsabilidad”.[9] Dentro de lo posible, este programa se lleva a cabo en grupos rurales pequeños y descentralizados: “Las familias, los vecinos, los cuerpos selectos y otras unidades organizacionales de la Iglesia considerarán como algo prudente y deseable formar pequeños grupos para extender la ayuda mutua. Esos grupos pueden sembrar y cosechar, procesar alimentos, almacenar comida, vestimenta y combustible, y llevar adelante proyectos para su beneficio recíproco”.[10]

Específicamente, a los obispos y a los sacerdotes mormones se les ordena ayudar a sus hermanos a ayudarse a sí mismos: “En sus administraciones temporales, los obispos toman en consideración a cada persona necesitada, pero con capacidad física, como un problema puramente temporal, y la tienen a su cuidado hasta que pueda ayudarse sola. Los obispos y sacerdotes deben mirar a ese miembro necesitado como un problema permanente, no sólo hasta que sean satisfechas sus necesidades temporales, sino también las espirituales. Como ejemplo concreto: un obispo presta ayuda al artesano o al operario mientras está desempleado y busca trabajo; los obispos y sacerdotes lo ayudan a establecerse en un empleo y tratan de lograr que sea completamente autosuficiente y activo en sus deberes religiosos”. Las actividades concretas de rehabilitación para los miembros necesitados que deben realizar los cuerpos selectos incluyen: “1. Conseguir trabajos permanentes para los miembros del cuerpo selecto y los integrantes de sus familias. En algunos casos, a través de escuelas de comercio, aprendizajes, y de otras maneras, los cuerpos selectos han ayudado a sus miembros a calificarse para mejores trabajos. 2. Ayudar a los miembros del cuerpo selecto y a sus familias a establecerse en negocios propios […]”.[11]

El objetivo principal de la Iglesia Mormona es encontrar trabajos para sus miembros necesitados. Para este propósito: “Encontrar empleos convenientes, bajo el Programa de Bienestar, es una gran responsabilidad de los integrantes de los cuerpos selectos del sacerdocio. Ellos y los miembros de la Sociedad de Socorro (Relief Society) deben estar constantemente alerta acerca de oportunidades de empleo. Si todo miembro del comité de defensa del bienestar hace bien su trabajo en este aspecto, la mayoría de los desempleados serán instalados en puestos remunerados en el nivel del grupo o del comité”.[12] Otros miembros son rehabilitados como trabajadores por cuenta propia, la Iglesia puede contribuir con un pequeño préstamo y los miembros del cuerpo selecto del sacerdocio pueden garantizar la restitución de sus fondos. Aquellos mormones que no pueden ser establecidos en empleos o rehabilitados como trabajadores por cuenta propia “deben recibir, dentro de lo posible, un trabajo productivo en las propiedades de la Iglesia […]”. La Iglesia insiste en que, en lo posible, aquellos que reciben ayuda trabajen: “Resulta imperativo que las personas sostenidas a través del Programa de Bienestar de los obispos trabajen en la medida de su capacidad, ganando así lo que reciben […]. El trabajo que realiza una persona incluida en proyectos de beneficencia tendría que considerarse un empleo más temporario que permanente. De todos modos, debería continuar mientras el individuo recibe ayuda mediante el programa de los obispos. De esta manera se cuida el bienestar espiritual de la gente mientras se provee a sus necesidades temporales. Es preciso eliminar los sentimientos de inseguridad […]”.[13] Si no se dispone de otro empleo, el obispo puede asignar a los beneficiarios de la asistencia a trabajar para miembros individuales que necesitan trabajadores, y éstos reembolsarán a la Iglesia según los salarios prevalecientes. En general, se espera que, a cambio de la ayuda recibida, los beneficiarios del bienestar realicen cualquier contribución que puedan para el Programa de Bienestar de la Iglesia, sea con fondos, producción o trabajo.[14]

En forma complementaria a este amplio sistema de asistencia privada basado en el principio de impulsar la independencia, la Iglesia Mormona desalienta firmemente a sus miembros a solicitar asistencia pública. “Se insta a las autoridades de la Iglesia local a que pongan de relieve la importancia de que cada individuo, cada familia y cada comunidad eclesiástica se mantengan por sí mismos y no dependan de la beneficencia pública.” Y: “Buscar y aceptar con demasiada frecuencia el subsidio público directo invita a la maldición del ocio y fomenta los otros males del socorro a los desocupados. Destruye la independencia, la laboriosidad, la austeridad y el respeto por uno mismo”.[15]

No hay mejor modelo que el de la Iglesia Mormona para un programa de bienestar privado, voluntario, racional e individualista. Si la ayuda gubernamental es abolida, puede esperarse que surjan numerosos programas similares para la asistencia racional mutua en todo el país.

El ejemplo inspirador de la Iglesia Mormona es una demostración de que el principal factor determinante de quiénes o cuántas personas reciben asistencia social pública depende de sus valores culturales y morales más que de su nivel de ingresos. Otro ejemplo es el grupo de albano-americanos en la ciudad de Nueva York.

Los albano-americanos constituyen un grupo extremadamente necesitado, y en Nueva York son de modo casi invariable moradores de barrios pobres. Si bien las estadísticas son escasas, su ingreso promedio es indudablemente más bajo que el de los grupos más publicitados, los negros y los portorriqueños. Sin embargo, ni uno solo de ellos recibe beneficencia social. ¿Por qué? Se debe a su orgullo e independencia. Tal como lo señaló uno de sus líderes: “Los albanos no mendigan, y para ellos, recibir beneficencia pública es como pedir limosna en la calle”.[16]

Un caso similar es la comunidad, compuesta en su mayoría por polaco-americanos, casi todos católicos, de Northside, en Brooklyn; estas personas viven en una gran pobreza, pero a pesar de su infortunio, sus bajos ingresos y sus viviendas antiguas y deterioradas, prácticamente no hay beneficiarios de la asistencia pública en esta comunidad de 15.000 habitantes. ¿Por qué? Rudolph J. Stobierski, presidente del Consejo de Desarrollo de la Comunidad de Northside (Northside Community Development Council), dio la respuesta: “Consideran a la asistencia pública como un insulto”.[17]

Además del impacto de las diferencias religiosas y étnicas sobre los valores, el profesor Banfield demostró, en su brillante obra The Unheavenly City, la importancia de lo que él llama la cultura de “clase alta” o de “clase baja” en cuanto a la influencia de los valores sobre sus integrantes. Para Banfield las definiciones de “clase” no hacen referencia estricta a niveles de ingreso o estatus, sino que tienden a superponerse fuertemente con estas definiciones más comunes. Las suyas se centran en las diferentes actitudes hacia el presente y el futuro: los miembros de las clases alta y media tienden a estar orientados hacia el futuro, tienen propósitos concretos, son racionales y disciplinados. Las personas de clase baja, por su parte, tienden a tener una fuerte orientación hacia el presente, son caprichosas, hedonistas, carecen de propósitos definidos y, por ende, están poco dispuestas a buscar un empleo o seguir una carrera con cierta coherencia. En consecuencia, la gente que posee los valores expresados en primer término tiende a tener mayores ingresos y mejores trabajos, y los otros, que carecen de ellos, tienden a ser pobres, desempleados, o a recibir asistencia social.

En resumen, la situación económica de las personas tiende a ser, en el largo plazo, fruto de su propia responsabilidad interna, más que a estar determinada –como los (seudo) progresistas socialdemócratas insisten en afirmar– por factores externos. Así, Banfield cita los hallazgos de Daniel Rosenblatt acerca de la falta de interés en el cuidado médico debido a la “carencia general de orientación hacia el futuro” entre los pobres urbanos:

Por ejemplo, las revisiones regulares de los automóviles para detectar fallas incipientes no se encuentran dentro del sistema de valores generales de los habitantes pobres de las ciudades. De manera similar, los electrodomésticos por lo general están deteriorados y se los descarta, en lugar de repararlos cuando todavía están en buenas condiciones de uso. Es común realizar compras en cuotas sin tomar en cuenta la extensión de los pagos.

El cuerpo puede verse sencillamente como otra clase de objeto que se puede gastar, pero no reparar. Por ejemplo, los dientes no reciben cuidado odontológico, y tampoco se manifiesta después demasiado interés en las dentaduras postizas, sean gratuitas o no. De todas maneras, se las usa muy poco. En cuanto a los exámenes oftalmológicos, por lo común no se les da importancia, cualesquiera que sean las facilidades clínicas para realizarlos, y esto lo hacen incluso quienes usan anteojos. Es como si para la clase media el cuerpo fuera una máquina que debe ser preservada y mantenida en perfecto funcionamiento, sea mediante prótesis, rehabilitación, cirugía estética o tratamiento permanente, mientras que los pobres piensan en él como en algo que tiene una vida útil limitada; algo que se debe disfrutar durante la juventud y que luego, con la edad y la vejez, hay que sufrir y soportar estoicamente.[18]

Banfield señala además que las tasas de mortalidad de la clase baja son, y han sido durante generaciones, mucho más altas que las de las personas de clase alta. En gran parte esta diferencia no se debe a la pobreza ni a los bajos ingresos per se, sino más bien a los valores o a la cultura de los ciudadanos de clase baja. Así, las causas de muerte más importantes son el alcoholismo, la drogadicción, el homicidio y las enfermedades de transmisión sexual. La mortalidad infantil también ha sido mucho más elevada entre la gente de clase baja, entre dos o tres veces mayor que en los grupos de nivel más alto. Esto se debe a valores culturales más que a niveles de ingreso, tal como se puede ver en la comparación que realiza Banfield entre los inmigrantes irlandeses y los judíos rusos de fines del siglo xix en la ciudad de Nueva York. En aquellos días, los inmigrantes irlandeses generalmente se preocupaban por el presente y tenían actitudes de “clase baja”, mientras que los judíos rusos, si bien vivían en casas de vecindad superpobladas y su nivel de ingresos era tal vez menor que el de los irlandeses, eran extraordinariamente conscientes del futuro, tenían propósitos definidos y valores y actitudes de “clase alta”. En los últimos años del siglo, la expectativa de vida de un inmigrante irlandés a la edad de diez años era sólo de 38 años, mientras que la de un judío ruso era de más de 50 años. Más aun, mientras que en 1911-1916, según un estudio efectuado en siete ciudades, la mortalidad infantil era tres veces mayor para los grupos más pobres que para aquellos cuyo nivel de ingresos era más elevado, la mortalidad infantil entre los judíos era extremadamente baja.[19]

Con el desempleo –que obviamente tiene una cercana relación tanto con la pobreza como con el asistencialismo– sucede lo mismo que con la enfermedad y la mortalidad. Banfield cita los descubrimientos del profesor Michael J. Piore sobre la “desempleabilidad” esencial de muchos o de la mayoría de las personas de bajos ingresos persistentemente desempleadas. Según Piore, su dificultad no consiste tanto en encontrar empleos estables y bien remunerados o en adquirir las habilidades necesarias para desempeñarlos sino en la falta de condiciones personales para mantenerse en esos puestos. Estas personas manifiestan tendencia al alto ausentismo, a dejar sus empleos sin previo aviso, a ser insubordinadas, y a veces a robar a sus empleadores.[20] Además, en su estudio sobre el mercado laboral del “gueto” de Boston en 1968, Peter Doeringer descubrió que alrededor del 70 por ciento de las personas que solicitaban trabajo, remitidas por los centros de empleo vecinales, recibieron ofertas laborales, pero que más de la mitad de esas ofertas fueron rechazadas; y en cuanto a las aceptadas, sólo un 40 por ciento, aproximadamente, de los nuevos trabajadores conservaron sus empleos por el término de un mes. Doeringer concluyó: “Gran parte de la desocupación del gueto parece ser resultado de la inestabilidad en el trabajo más que de la escasez de trabajo”.[21]

Resulta muy ilustrativo comparar las descripciones de este común rechazo por parte de los desempleados de clase baja a comprometerse en trabajos estables realizadas por el profesor Banfield, quien manifiesta una fría desaprobación, y por el sociólogo izquierdista Alvin Gouldner, que por el contrario lo aprueba calurosamente. Dice Banfield: “Los hombres acostumbrados a callejear, a vivir de las mujeres y de la asistencia social, y a maltratar a los demás rara vez están dispuestos a aceptar las aburridas rutinas del ‘buen’ trabajo”.[22] Gouldner reflexiona sobre la falta de éxito de los asistentes sociales que tratan de alejar a estos hombres “de una vida de irresponsabilidad, sensualidad y desenfrenada agresión”, y declara que consideran poco atractiva esta oferta: “Abandona el sexo promiscuo, deja de expresar libremente la agresión, reprime tu  espontaneidad […] y es posible que tú, y tus hijos, sean admitidos en el mundo de las tres satisfactorias comidas diarias, en una escuela secundaria o quizás incluso en la educación universitaria, en el mundo de las cuentas de crédito, de los empleos seguros y de la respetabilidad”.[23]

El punto interesante es que desde los dos extremos del espectro ideológico tanto Banfield como Gouldner concuerdan, a pesar de sus juicios de valor contrastantes al respecto en la naturaleza esencial de este proceso: que gran parte del persistente desempleo de la clase baja, y por ende de la pobreza, es consecuencia de una decisión voluntaria de los mismos desempleados.

La actitud de Gouldner es típica de los (seudo) progresistas socialdemócratas y de los izquierdistas actuales: es vergonzoso tratar de hacer encajar los valores “burgueses” o “de clase media”, incluso en forma no coercitiva, en la cultura gloriosamente espontánea y “natural” de la clase baja. Quizás eso sea bastante justo; pero entonces no deben esperar –o reclamar– que esos mismos trabajadores burgueses sean obligados a mantener y subsidiar los valores parasitarios del ocio y la irresponsabilidad que aborrecen, y que son indudablemente disfuncionales para la supervivencia de cualquier sociedad. Si las personas desean ser “espontáneas”, que lo sean con su propio tiempo y sus propios recursos, y que entonces asuman las consecuencias de esa decisión y no utilicen la coerción del Estado para forzar a los trabajadores y a los que “no son tan espontáneos” a cargar con  ellas. En pocas palabras, hay que derogar el sistema asistencialista.

Si el principal problema con los pobres de clase baja es que son irresponsables y sólo les interesa el presente, y si es preciso inculcarles los valores “burgueses” de preocupación por el futuro para lograr que salgan de la beneficencia y de la dependencia (sigamos en esto a los mormones), entonces en última instancia estos valores deberían ser incentivados y no desalentados en la sociedad. Las actitudes izquierdistas y populistas socialdemócratas de los asistentes sociales hacen precisamente eso: directamente desalientan a los pobres al fomentar la idea de la beneficencia como un “derecho” y como una demanda moral sobre la producción. Además, la fácil disponibilidad del cheque de la asistencia social obviamente promueve en los beneficiarios la actitud de pensar sólo en el presente, la renuencia a trabajar y la irresponsabilidad, perpetuando así un círculo vicioso de pobreza-beneficencia. Tal como lo expresa Banfield, “quizá no haya mejor manera de lograr que prospere la mentalidad de preocuparse por el presente que darles a todos generosos cheques de beneficencia”.[24]

Por lo general, en sus ataques al sistema asistencialista los conservadores se han centrado en los males éticos y morales de multar compulsivamente a los contribuyentes para mantener a los desocupados, mientras que los izquierdistas focalizan su crítica en el hecho de que los “clientes” del asistencialismo se sienten desmoralizados por su dependencia de la dadivosidad del Estado y su burocracia. En realidad, ambas críticas son válidas y no existe contradicción entre ellas. Hemos visto que los programas voluntarios, como el de la Iglesia Mormona, están claramente atentos a este problema.

Y, de hecho, a los primeros críticos del laissez-faire que se pronunciaron contra el subsidio a los desocupados les preocupaban por igual la desmoralización de los que lo recibían y la coerción ejercida sobre aquellos forzados a pagar por él. En este sentido, Thomas Mackay, el defensor inglés del laissez-faire del siglo xix, declaró que la reforma del asistencialismo “consiste en la recreación y el desarrollo de las artes de la independencia”. Abogaba “no por más filantropía, sino por un mayor respeto por la dignidad de la vida humana, y por más fe en su capacidad para alcanzar su propia salvación”. Y expresó el desprecio que le inspiraban aquellos que apoyaban un mayor asistencialismo, “los filántropos que, vicariamente, en una temeraria búsqueda de popularidad fácil, utilizan la tasa

[impuesto]

arrancada a sus vecinos para multiplicar las ocasiones de afirmar su inestable posición ante la […] muchedumbre que está demasiado dispuesta a caer en la dependencia […]”.[25] Mackay agregó que la “dotación legal de la indigencia” que implica el sistema de beneficencia pública “introduce una influencia más peligrosa y a veces desmoralizante en nuestro entramado social. No se ha probado de ninguna manera que sea verdaderamente necesaria. Su aparente necesidad surge sobre todo del hecho de que el sistema ha creado su propia población dependiente”.[26] Refiriéndose al problema de la dependencia, Mackay observó que “lo que torna más amargo el infortunio de los pobres no es la mera pobreza, sino el sentimiento de dependencia que es un componente necesario de cualquier programa de beneficencia pública. Las medidas liberales en favor de estos programas no eliminan este sentimiento, sino que lo intensifican”.[27]

Mackay concluyó que “la única manera en la cual el legislador o administrador puede promover la disminución de la miseria es derogando o restringiendo las creaciones legales previstas para ese fin. El país puede tener, sin duda, exactamente tantos pobres como quiera pagar. Si se deroga o restringe esa dotación […] entrarán en actividad nuevas instancias, la natural capacidad de independencia del hombre, los lazos naturales de relación y amistad, y en lugar preferencial incluiría a la caridad privada, como diferenciada de la caridad pública […]”.[28]

La Organización de Caridad Social, la organización privada de beneficencia más importante de Inglaterra a fines del siglo xix, operaba precisamente de acuerdo con este principio, fomentando la autoayuda. Como destaca Mowat, historiador de la Organización: “La COS representaba una idea de caridad que suponía reconciliar las divisiones en la sociedad, para eliminar la pobreza y producir una comunidad feliz y plena de confianza en sí misma. Creía que el aspecto más grave de la pobreza era la degradación del carácter del hombre y la mujer pobres. La caridad indiscriminada no hizo más que empeorar las cosas, porque fue desmoralizadora. La verdadera caridad exigía amistad, ideas, el tipo de ayuda que restituiría al hombre su propio respeto y su capacidad para mantenerse a sí mismo y a su familia”.[29]

Quizás una de las consecuencias más siniestras del asistencialismo es que desalienta activamente la autoayuda, debilitando el incentivo financiero para la rehabilitación. Se ha estimado que, en promedio, todo dólar que las personas discapacitadas invierten para su rehabilitación les rinde entre 10 y 17 dólares de mayores ganancias futuras a valor presente. Pero este incentivo queda neutralizado por el hecho de que, al ser rehabilitadas, pierden sus ingresos provenientes de los programas de asistencia pública, los pagos por discapacidad de la Seguridad Social y la compensación laboral. Como resultado de todo esto, la mayoría de los discapacitados deciden no invertir en su propia rehabilitación.[30] Muchas personas, además, ahora están familiarizadas con los efectos desalentadores del sistema de Seguridad Social, que –en claro contraste con todos los fondos de seguro privado– suspende los pagos si el receptor tiene la audacia suficiente como para trabajar y obtener un ingreso después de los 62 años.

En estos días, cuando la mayoría de las personas observa con desconfianza el crecimiento de la población, algunos opositores al aumento demográfico se han centrado en otro efecto indeseable del sistema asistencialista: dado que a las familias que reciben asistencia social se les paga proporcionalmente según el número de hijos, el sistema proporciona un importante subsidio al nacimiento de más niños. Además, las personas a quienes se induce a tener más hijos son precisamente aquellas que menos pueden permitírselo; el único resultado posible es perpetuar su dependencia de la ayuda pública y, de hecho, también sus descendientes estarán permanentemente en la misma situación. En los últimos años ha habido bastante agitación tendiente a que el gobierno provea guarderías para cuidar a los niños de las madres que trabajan, servicio que, según se dice, no ha sido provisto por el mercado pese a ser muy necesario. Sin embargo, como la función del mercado consiste en responder a las urgentes demandas del consumidor, habría que preguntarse por qué parece haber fracasado en este caso en particular. La respuesta es que el gobierno limitó la apertura de guarderías infantiles con una red de complicadas y costosas restricciones legales. En resumen: si bien es perfectamente legal dejar a un hijo con un amigo o con un pariente, sea quien fuere esa persona o la condición en que se encuentre su vivienda, o contratar a un vecino para que cuide a uno o dos niños, si ese amigo o ese vecino convierte ese pequeño negocio en una guardería, el Estado caerá sobre él con todo su peso. Así, el Estado por lo general insistirá en que esos establecimientos tengan licencia y se negará a otorgarla a menos que haya permanentemente cuidadores especializados, lugares adecuados para la recreación, y que el espacio ocupado por las instalaciones se ajuste a un tamaño mínimo. Habrá muchas otras restricciones absurdas y onerosas que el gobierno no impone a los amigos, familiares y vecinos –o, de hecho, a las madres mismas–. Si se las elimina, el mercado operará para satisfacer la demanda.

Durante los últimos trece años el poeta Ned O’Gorman ha dirigido una exitosa guardería privada en Harlem, con muy escasos recursos, pero corre el riesgo de verse obligado a cerrarla debido a las restricciones burocráticas impuestas por el gobierno de la ciudad de Nueva York. Si bien la ciudad admite la “dedicación y eficiencia” de la guardería de O’Gorman, lo amenaza con multas y, en última instancia, con el cierre compulsivo del establecimiento a menos que esté presente un asistente social con matrícula siempre que hay cinco o más niños que atender. Tal como señala O’Gorman indignado:

¿Por qué diablos debería yo estar obligado a contratar a alguien que tiene un papel donde dice que estudió trabajo social y está calificado para dirigir una guardería? Si yo no estoy calificado después de trabajar trece años en Harlem, ¿quién lo está?[31]

El ejemplo de las guarderías infantiles demuestra una importante verdad acerca del mercado: si parece haber escasez de oferta para satisfacer lo que es una demanda evidente, mire al gobierno como causa del problema. Si se permite actuar al mercado no habrá ninguna escasez de guarderías, como no hay escasez de moteles, lavarropas, televisores o cualquier otro equipamiento de la vida diaria.

Cargas y Subsidios del Estado Asistencialista

El Estado Asistencialista moderno ¿realmente ayuda a los pobres? La noción generalizada, la idea que impulsó al Estado Asistencialista y lo mantuvo vigente es que, en esencia, redistribuye ingresos y riqueza de los ricos hacia los pobres: el sistema de impuestos progresivos recauda dinero de los ricos mientras que numerosas agencias y otros servicios lo canalizan hacia los pobres. Pero incluso los (seudo) progresistas socialdemócratas, los grandes defensores e impulsores del Estado Asistencialista, están comenzando a darse cuenta de que cada parte y cada aspecto de esta idea no es más que un mito. Los contratos gubernamentales, en particular los militares, encauzan los fondos tributarios hacia las corporaciones favorecidas y los trabajadores industriales, que reciben sueldos sustanciosos.

Las leyes de salario mínimo fatalmente generan desempleo, sobre todo entre los trabajadores más pobres y menos capacitados o educados –en el Sur, entre los negros adolescentes de los guetos y entre aquellos que están en desventaja desde el punto de vista profesional–. La causa de esto es que un salario mínimo, por supuesto, no garantiza el empleo a ningún trabajador; sólo prohíbe, por fuerza de ley, que una persona sea contratada por el salario que el empleador está dispuesto a pagar. En consecuencia, impone el desempleo. Los economistas han demostrado que los aumentos en el salario mínimo dictados por el gobierno federal crearon la conocida brecha entre el empleo de los adolescentes negros y el de los blancos, y aumentaron la tasa de desempleo de los varones adolescentes negros de aproximadamente un 8 por ciento a principios de la posguerra hasta el nivel actual, superior al 35 por ciento; la tasa de desempleo en este grupo social es mucho más catastrófica que el nivel general de desempleo masivo de la década de 1930 (20-25 por ciento).[32]

Ya hemos visto cómo la educación estatal superior redistribuye el ingreso de los ciudadanos pobres hacia los más adinerados. Un sinnúmero de restricciones gubernamentales para el otorgamiento de permisos, que afecta a una ocupación tras otra, excluye de esos puestos a los trabajadores más pobres y menos capacitados. En la actualidad es un hecho reconocido que los programas urbanos de renovación, supuestamente diseñados para mejorar los barrios bajos de los suburbios, en realidad conducen a la demolición de las casas de los pobres y los obligan a vivir en alojamientos donde el hacinamiento es mayor, y cuya disponibilidad es escasa, todo lo cual beneficia a los arrendatarios más pudientes, que son subsidiados, a los sindicatos de la construcción, a las empresas inmobiliarias favorecidas y a los intereses comerciales del centro de la ciudad. Por lo general se considera que los sindicatos, que alguna vez fueron los favoritos de los socialdemócratas, utilizan los privilegios que les otorga el gobierno para excluir a los obreros más pobres y pertenecientes a las minorías. La subvención a los precios agrícolas, que el gobierno federal eleva cada vez más, utiliza el dinero de los contribuyentes para incrementar los precios de los alimentos, con lo cual perjudica sobre todo a los consumidores de menores recursos, y ayuda, no a los granjeros pobres sino a los ricos agricultores que poseen mayores extensiones de tierras. (Como a los granjeros se les paga por kilo de productos, el programa de apoyo beneficia en gran medida a los agricultores ricos; en realidad, con frecuencia se les paga para que no produzcan, y como consecuencia, la existencia de tierras ociosas origina un grave desempleo en el segmento más pobre de la población rural, los arrendatarios agrícolas y sus trabajadores.) Las leyes de zonificación en los suburbios florecientes de los Estados Unidos sirven para excluir de ellos mediante la coerción legal a los ciudadanos más pobres, muchas veces a los negros que intentan mudarse del centro de las ciudades para aprovechar el aumento de oportunidades laborales en los suburbios.

El Servicio Postal de los Estados Unidos cobra altas tarifas monopólicas por el correo de primera clase utilizado por el público en general para subsidiar la distribución de diarios y revistas. La FHA (Administración Federal de Viviendas) subsidia los préstamos hipotecarios de propietarios pudientes. El Federal Bureau of Reclamation subvenciona el agua de regadío a los agricultores adinerados en el oeste, privando así de agua a los pobres urbanos y obligándolos a pagar más por el agua que consumen. La Rural Electrification Administration y la Tennessee Valley Authority subsidian el servicio eléctrico de agricultores adinerados, residentes de los suburbios y corporaciones. El profesor Brozen observa irónicamente: “La electricidad para las corporaciones abrumadas por la pobreza, como la Corporación Estadounidense del Aluminio y la Compañía DuPont, es subsidiada por la Tennessee Valley Authority, que las declara libres de impuestos (el 27 por ciento del precio de la electricidad se destina al pago de impuestos de los cuales se aprovechan empresas operadas en forma privada)”.[33] Y la regulación gubernamental monopoliza y carteliza gran parte de la industria, elevando así los precios al consumidor y restringiendo la producción, las alternativas competitivas o las mejoras en los productos (por ejemplo, la regulación ferroviaria, la regulación de las empresas de servicios públicos, la regulación aerocomercial, las leyes de prorrateo de combustibles). Así, la Civil Aeronautics Board asigna rutas aéreas a compañías favorecidas y excluye de ellas e incluso lleva a la quiebra a los pequeños competidores. Las leyes estatales o federales de prorrateo de combustibles determinan límites máximos absolutos para la producción de crudo, con lo cual elevan los precios del petróleo, que además se mantienen altos por las restricciones a la importación. Y el gobierno concede en todo el país un monopolio absoluto en cada área a compañías de gas, electricidad y teléfonos, protegiéndolas de la competencia, y establece sus tarifas para poder garantizarles un ingreso fijo. En todas partes y en todas las áreas ocurre lo mismo: el despojo sistemático de la mayoría de la población por parte del “Estado Asistencialista”.[34]

La mayoría de las personas cree que el sistema de impuestos de los Estados Unidos básicamente grava a los ricos mucho más que a los pobres, y por eso es un método de redistribución del ingreso de las clases más pudientes a las que lo son menos. (Existen, por supuesto, muchas otras formas de redistribución, por ejemplo, de los contribuyentes a Lockheed o General Dynamics.) Pero incluso el impuesto federal a la renta, que para todos es un gravamen “progresivo” (que cobra más a los ricos que a los pobres, con las clases medias en el medio), realmente no funciona de esa manera cuando tomamos en cuenta otros aspectos de este impuesto.

Por ejemplo, el impuesto de la Seguridad Social es flagrante y rigurosamente “regresivo”, dado que exprime a las clases media y baja: una persona con un ingreso básico (u$s 8.000) paga tanto de impuesto de Seguridad Social –y el monto crece todos los años– como alguien que gana u$s 1.000.000 por año. Las ganancias de capital, normalmente crecientes para los accionistas adinerados y propietarios de inmuebles, pagan menos que los impuestos sobre las rentas; los fondos privados y las fundaciones están exentos de impuestos, y los intereses ganados en bonos estatales y municipales también están eximidos del impuesto federal a las rentas. Finalizamos con la siguiente estimación de qué porcentaje del ingreso se paga, en general, por cada “clase de ingreso” en impuestos federales:

1965
Clases de ingreso Porcentaje de ingreso pagado
en impuestos federales
Menos de u$s 2.000 19
U$s 2.000 – u$s 4.000 16
U$s 4.000 – u$s 6.000 17
U$s 6.000 – u$s 8.000 17
U$s 8.000 – u$s 10.000 18
U$s 10.000 – u$s 15.000 19
Más de u$s 15.000 32
Promedio 22

Si los impuestos federales son escasamente “progresivos”, el impacto de los impuestos estatales y locales es casi ferozmente regresivo. Los impuestos a la propiedad a) son proporcionales, b) afectan sólo a los propietarios de inmuebles y c) dependen de los caprichos políticos de los asesores locales. Los impuestos a las ventas y al consumo gravitan especialmente sobre los pobres. Lo siguiente es el porcentaje estimado de ingreso extraído, en conjunto, por los impuestos estatales y locales:

1965
Clases de ingreso Porcentaje de ingreso pagado
en impuestos estatales y locales
Menos de u$s 2.000 25
U$s 2.000 – u$s 4.000 11
U$s 4.000 – u$s 6.000 10
U$s 6.000 – u$s 8.000 9
U$s 8.000 – u$s 10.000 9
U$s10.000 – u$s 15.000 9
Más de u$s 15.000 7
Promedio 9

Las siguientes son las estimaciones combinadas para el impacto total de los impuestos –federal, estatal y local– sobre las clases de ingresos:

1965
Clases de ingreso Porcentaje de ingreso pagado
en todos los impuestos[35]
Menos de u$s 2.000 44
U$s 2.000 – u$s 4.000 27
U$s 4.000 – u$s 6.000 27
U$s 6.000 – u$s 8.000 26
U$s 8.000 – u$s 10.000 27
U$s 10.000 – u$s 15.000 27
Más de u$s 15.000 38
Promedio 31

Estimaciones aun más recientes (1968) del impacto total de los impuestos de todos los niveles del gobierno confirman ampliamente lo anterior, y también muestran un aumento relativo mucho mayor de la carga impositiva en tres años sobre los grupos de menores ingresos:

1968
Clases de ingreso Porcentaje de ingreso pagado
en todos los impuestos[36]
Menos de u$s 2.000 50
U$s 2.000 – u$s 4.000 35
U$s 4.000 – u$s 6.000 31
U$s 6.000 – u$s 8.000 30
U$s 8.000 – u$s 10.000 29
U$s 10.000 – u$s 15.000 30
U$s 15.000 – u$s 25.000 30
U$s 25.000 – u$s 50.000 33
U$s 50.000 y más 45

Muchos economistas intentan mitigar el impacto de estas cifras reveladoras diciendo que las personas que están en la categoría “Menos de u$s 2.000”, por ejemplo, reciben más por asistencia social y otros pagos de “transferencia” que lo que pagan en concepto de impuestos; pero naturalmente, esto pasa por alto el hecho vital de que cada categoría incluye tanto a los beneficiarios de la asistencia social como a los contribuyentes, y que éstos no son necesariamente los mismos.

Al último grupo se lo grava fuertemente para subsidiar al primero. En resumen, los pobres (y la clase media) pagan con sus impuestos las viviendas públicamente subvencionadas de otros pobres, y de los grupos de ingresos medios. Y son los pobres que trabajan los que se ven obligados a aportar una enorme cantidad para pagar por los subsidios de los pobres que reciben beneficencia pública.

En los Estados Unidos hay mucha redistribución del ingreso: a Lockheed, a los beneficiarios del asistencialismo, y a muchos otros…, pero a los “ricos” no se les impone gravámenes en beneficio de los “pobres”. La redistribución se lleva a cabo entre las categorías de ingresos; a algunos pobres se les obliga a pagar por otros pobres.

Otras estimaciones tributarias confirman este cuadro escalofriante. La Tax Foundation, por ejemplo, calcula que los impuestos federales, estatales y locales extraen el 34 por ciento del ingreso general de aquellos que ganan menos de u$s 3.000 por año.[37]

El objetivo de este análisis no es, por supuesto, propugnar una estructura de impuesto a las ganancias “realmente” progresiva, una verdadera presión sobre los ricos, sino señalar que el moderno Estado Asistencialista, tan aclamado por hacer pagar a los ricos impuestos exorbitantes para subsidiar a los pobres, no hace tal cosa. De hecho, si lo hiciera los efectos serían desastrosos, no precisamente para los ricos sino para las clases pobre y media, dado que son los ricos quienes proveen, proporcionalmente, una mayor cantidad de ahorro, inversión de capital, previsión emprendedora y financiamiento de las innovaciones tecnológicas, y esto es lo que ha llevado al pueblo de los Estados Unidos a tener un nivel de vida mayor que el de cualquier otro país en la historia. Exprimir a los ricos no sólo sería profundamente inmoral; equivaldría a una drástica condena de las mismas virtudes –economía, previsión comercial e inversión– que han sido los basamentos del destacable nivel de vida del país. En otras palabras, sería matar a la gallina de los huevos de oro.

¿Qué Puede Hacer el Gobierno?

Entonces, ¿qué puede hacer el gobierno para ayudar a los pobres? La única respuesta correcta es la respuesta libertaria: apartarse. Si el gobierno deja el camino libre a las energías productivas de todos los grupos de la población, los ricos, la clase media y los pobres por igual, el resultado será un enorme aumento del bienestar y del nivel de vida de todos, y en particular de los pobres, a quienes supuestamente ayuda el mal llamado “Estado Asistencialista”.

El gobierno puede dejar el camino libre al pueblo de los Estados Unidos de cuatro maneras principales. Primero, puede derogar –o al menos reducir drásticamente– todos los impuestos, que paralizan las energías productivas, el ahorro, la inversión y el avance tecnológico. De hecho, la creación de empleos y el aumento de los salarios resultante de la eliminación de estos gravámenes beneficiaría sobre todo a los grupos de menores ingresos. Como señala el profesor Brozen: “Cuanto menos se esfuerce el Estado en utilizar su poder para reducir la desigualdad en la distribución del ingreso, más pronto disminuirá ésta. Las bajas retribuciones salariales subirían más rápidamente con una mayor tasa de ahorro y formación de capital, y la desigualdad disminuiría debido al aumento en el ingreso de los asalariados”.[38] La mejor manera de ayudar a los pobres es reducir los impuestos y permitir que el ahorro, la inversión y la creación de puestos de trabajo evolucionen sin trabas. Tal como señaló el Dr. F. A. Harper algunos años atrás, la inversión productiva es la “mayor caridad económica”. Harper escribió:

Según el punto de vista de algunos, la caridad es compartir un trozo de pan. Para otros, la mayor caridad económica consiste en el ahorro y en hacer las herramientas para producir una mayor cantidad de pan.

Las dos posturas están en conflicto porque ambos métodos son mutuamente excluyentes, en la medida en que ocupan el tiempo y los medios propios en todas las decisiones que se toman día a día […].

De hecho, la razón para la diferencia en los puntos de vista proviene de conceptos distintos acerca de la naturaleza del mundo económico. La primera postura se basa en la creencia de que el total de los bienes económicos es una constante. La segunda se fundamenta en que no hay límites necesarios para la expansión de la producción.

La diferencia entre las dos posiciones es como la diferencia entre una perspectiva bidimensional y una tridimensional de la producción. En la perspectiva bidimensional la cantidad es fija en cualquier momento dado, pero no es así en la tridimensional, y en ella el tamaño del todo puede expandirse sin límites mediante el ahorro y las herramientas […].

Toda la historia de la humanidad niega que haya una cantidad fija de bienes económicos. Más aun, revela que el ahorro y la expansión de las herramientas constituye la única manera válida para lograr cualquier aumento apreciable.[39]

La autora libertaria Isabel Paterson planteó la cuestión en forma elocuente:

Consideremos el caso de un filántropo privado y un capitalista privado que actúan en función de tales, y un hombre verdaderamente necesitado, no incapacitado; y supongamos que el filántropo le da comida, ropa y alojamiento; cuando el necesitado los ha utilizado, se encuentra en la misma situación que antes, excepto que pudo haber adquirido el hábito de la dependencia.

Pero supongamos que alguien que no actuara con benevolencia, que simplemente quisiera que el trabajo se hiciese por su propio interés, contratara al necesitado a cambio de un salario. El empleador no ha hecho una obra bondadosa. Sin embargo, la condición del hombre empleado ha experimentado un cambio real. ¿Cuál es la diferencia vital entre las dos acciones?

Ésta consiste en que el empleador ha llevado al hombre que empleó de regreso a la línea de producción, dentro del gran circuito de energía, mientras que el filántropo sólo puede desviar la energía de manera tal que no hay un retorno dentro de la producción, y por lo tanto la probabilidad de que el objeto de su beneficencia encuentre trabajo es menor […].

Si se considerara el rol que han desempeñado los filántropos sinceros, desde el comienzo de los tiempos, se hallaría que todos juntos, mediante su actividad estrictamente filantrópica, nunca proporcionaron a la humanidad una décima parte de los beneficios derivados de los esfuerzos normalmente egoístas de Thomas Alva Edison, para no mencionar a las grandes mentes que desarrollaron los principios científicos que Edison aplicó. Innumerables pensadores, inventores y organizadores, pensando especulativamente, han contribuido a la comodidad, la salud y la felicidad de su prójimo –porque su objetivo no era ése.[40]

En segundo lugar, y como corolario de una drástica reducción o derogación de los impuestos, habría una reducción equivalente en el gasto gubernamental. Los escasos recursos económicos ya no serían derrochados en gastos improductivos: en el multimillonario programa espacial, en obras públicas, en el complejo militar industrial, o en lo que fuere. En cambio, estarían disponibles para producir los bienes y servicios que desea la masa de los consumidores. El flujo de bienes y servicios proveería nuevos y mejores bienes a los consumidores a precios mucho menores. Ya no sufriríamos las ineficiencias y los perjuicios que los subsidios gubernamentales y los contratos del Estado representan para la productividad. Además, la mayoría de los científicos e ingenieros de la nación dejarían de realizar inútiles investigaciones militares y otras que interesan al gobierno y los fondos se liberarían para dedicarlos a actividades pacíficas y productivas, e inventos beneficiosos para los consumidores.[41]

Tercero, si el gobierno también pusiera fin a los numerosos gravámenes con los cuales abruma a los más pobres para subsidiar a los más adinerados, tal como lo hemos mencionado (la educación superior, los subsidios agrícolas, la irrigación, Lockheed, etc.), esto en sí mismo detendría las deliberadas exacciones gubernamentales sobre los pobres.

El gobierno ayudaría a los más pobres si dejara de gravarlos para subsidiar a los más ricos, ya que de este modo eliminaría la carga que pesa sobre su actividad productiva.

Por último, una de las formas más importantes en las cuales el gobierno podría ayudar a los pobres sería eliminando los obstáculos directos sobre sus energías productivas. Así, las leyes de salario mínimo dejan sin empleo a los miembros más necesitados y menos productivos de la población. Los privilegios gubernamentales a los sindicatos les permiten impedir a los obreros más pobres y pertenecientes a minorías que ejerzan empleos productivos y ganen salarios altos. Y las reglamentaciones sobre el otorgamiento de licencias, la prohibición de los juegos de azar y otras restricciones gubernamentales no permiten a los pobres abrir pequeños negocios y crear empleos para sí mismos. Así, en todas partes el gobierno ha dictado onerosas restricciones a la venta ambulante, que van de la prohibición directa a las licencias opresivas. La venta ambulante era la actividad clásica mediante la cual los inmigrantes, pobres y carentes de capital, podían convertirse en emprendedores y, con el tiempo, transformarse en grandes hombres de negocios. Pero ahora este camino está cerrado –principalmente para brindar privilegios monopólicos a los negocios minoristas de cada ciudad, que temen perder ganancias si tienen que enfrentar la competencia altamente móvil de los vendedores ambulantes.

Un caso que ejemplifica el modo en que el gobierno ha frustrado las actividades productivas de los pobres es el de un neurocirujano, el Dr. Thomas Matthew, fundador de la organización de autoayuda para negros NEGRO, que emite bonos para financiar sus operaciones. A mediados de la década del sesenta, el Dr. Matthew, enfrentando la oposición del gobierno de la ciudad de Nueva York, estableció un exitoso hospital interracial en la sección negra de Jamaica, Queens. Pronto descubrió, sin embargo, que el transporte público de Jamaica era pésimo, a tal punto que resultaba totalmente inadecuado para los pacientes y el personal del hospital. Ante esa situación, el Dr. Matthew compró algunos ómnibus y estableció un servicio regular en Jamaica, que era eficiente y exitoso. Pero el problema consistía en que no tenía una licencia de la ciudad para operar una línea de ómnibus –ese privilegio está reservado para los monopolios ineficientes pero protegidos–. El ingenioso Dr. Matthew, al descubrir que la ciudad no permitiría que ningún ómnibus sin licencia cobrara boletos, hizo que su servicio de transporte fuera gratuito, salvo que cualquiera de los pasajeros que así lo deseara comprara 250 bonos de la compañía para viajar siempre por ese medio. Tan exitoso resultó el servicio de ómnibus que estableció otra línea en Harlem; pero fue en este punto, a principios de 1968, cuando el gobierno de la ciudad de Nueva York, alarmado, decidió tomar medidas enérgicas, recurrió a los tribunales y logró que las dos líneas dejaran de funcionar por operar sin licencias.

Unos años más tarde, el Dr. Matthew y sus colegas tomaron un edificio abandonado en Harlem, que era propiedad del gobierno de la ciudad. (El gobierno de la ciudad de Nueva York es el mayor propietario de viviendas pobres con alquileres excesivamente altos, y posee una enorme cantidad de edificios abandonados debido a la falta de pago de los altos impuestos a la propiedad, que por lo tanto se deterioran hasta el punto de hacerse inhabitables.) En este edificio, el Dr. Matthew estableció un hospital de bajo costo, en una época en la cual los costos hospitalarios eran altísimos y había escasez de camas. La ciudad también logró el cierre de este hospital, con el pretexto de “violación a las reglamentaciones contra incendios”. Una y otra vez, en distintas áreas, el gobierno ha frustrado las actividades económicas de los pobres. No es extraño que cuando un funcionario blanco del gobierno de la ciudad de Nueva York le preguntó al Dr. Matthew cómo podía ayudar mejor a los proyectos de autoayuda de NEGRO, Matthew le respondiera: “Salgan de nuestro camino y dejen que tratemos de hacer algo”.

Otro ejemplo de cómo funciona el gobierno fue un episodio ocurrido hace algunos años, cuando los gobiernos federal y de la ciudad de Nueva York proclamaron ruidosamente que rehabilitarían un grupo de 37 edificios en Harlem. Pero en lugar de seguir la práctica usual de dárselos a la industria privada y otorgar los contratos de reacondicionamiento sobre cada casa en forma individual, el gobierno otorgó un contrato sobre la totalidad de los 37 edificios. Al hacerlo, se aseguró de que las pequeñas empresas de construcción cuyos propietarios eran negros no pudieran entrar en la licitación, y por lo tanto ésta fue ganada por una gran compañía dirigida por blancos. Veamos otro ejemplo: en 1966, la Small Business Administration del gobierno federal anunció orgullosamente un programa para incentivar la apertura de pequeñas empresas cuyos propietarios fueran negros. No obstante, el otorgamiento de créditos tenía algunas restricciones clave. Primero, decidió que cualquier prestatario tenía que estar “en el nivel de pobreza”. Ahora bien, dado que los muy pobres no están en condiciones de establecer sus propias empresas, esta restricción inhabilitó a muchos pequeños negocios cuyos dueños tenían ingresos moderadamente bajos –precisamente los indicados para ser pequeños emprendedores–. Y como culminación, la Small Business Administration de Nueva York agregó otra restricción: Todos los negros que aspiraran a obtener el crédito debían “probar una verdadera necesidad en su comunidad” para llenar un “vacío económico” reconocible; la necesidad y el vacío debían probarse a satisfacción de remotos burócratas alejados de la verdadera escena económica.[42]   

Un estudio del Institute for Policy Studies de Washington, D.C. proporciona un indicador fascinante acerca de si el “Estado Asistencialista” ayuda o perjudica a los pobres, y en qué medida lo hace. Se realizó una investigación acerca del flujo estimado de dinero gubernamental (federal y de distrito) que entra en el gueto negro de bajos ingresos de Shaw-Cardozo, en Washington, D.C., en comparación con el monto que paga el área al gobierno en concepto de impuestos. En el año fiscal de 1967, el área de Shaw-Cardozo tenía una población de 84.000 personas (de las cuales 79.000 eran negros), con un ingreso familiar medio de u$s 5.600 por año. El ingreso personal total de los residentes para ese año sumaba u$s 126,5 millones. El valor de los beneficios totales del gobierno que fluían hacia el distrito (desde subsidios por desempleo hasta el gasto estimado en las escuelas públicas) durante el año fiscal de 1967 se calculó en u$s 45,7 millones. ¿Es un generoso subsidio lo que ascendía a casi el 40% del total del ingreso de Shaw-Cardozo? Tal vez, pero como contrapartida se encuentra la cantidad total de impuestos de Shaw-Cardozo, estimada en u$s 50,0 millones –¡una salida neta de 4,3 millones de dólares de este gueto de bajos ingresos!–. ¿Se puede seguir alegando que la derogación de toda la estructura improductiva del Estado Asistencialista perjudicaría a los pobres?[43]

El gobierno podría ayudar mejor a los pobres –y al resto de la sociedad– haciéndose a un lado: eliminando su vasta y paralizante red de impuestos, subsidios, ineficiencias y privilegios monopólicos. El profesor Brozen resumió así su análisis del “Estado Asistencialista”:

Típicamente, el Estado ha sido un aparato que produce riqueza para unos pocos a expensas de muchos. El mercado produce riqueza para muchos con un pequeño costo para unos pocos. El Estado no ha cambiado su estilo desde los días en que los romanos ofrecían pan y circo a las masas, si bien ahora finge proveer educación y medicina, como también leche gratuita y artes interpretativas. Sigue siendo la fuente del privilegio monopólico y del poder para unos pocos mientras aparenta proveer bienestar para muchos –bienestar que sería más abundante si los políticos no expropiaran los medios que utilizan para dar la ilusión de que se preocupan por sus electores.[44]

El Impuesto Negativo a la Renta

Lamentablemente, la tendencia reciente –que cuenta con un amplio espectro de defensores (con modificaciones mínimas), desde el presidente Nixon hasta Milton Friedman en la derecha, hasta un gran número de personajes en la izquierda– consiste en derogar el actual Estado Asistencialista no en la dirección de la libertad sino hacia el extremo opuesto. Esta nueva tendencia es el llamado “ingreso anual garantizado”, o el “impuesto sobre ingresos negativos”, o el “Plan de Asistencia Familiar” del presidente Nixon.

Al referirse a las ineficiencias, inequidades y trámites burocráticos del sistema actual, se afirma que el ingreso anual garantizado haría que el subsidio fuera sencillo, “eficiente” y automático: cada año las autoridades del impuesto a la renta deberían pagar dinero a las familias que no alcanzaran a percibir un cierto ingreso básico; este reparto automático sería financiado, por supuesto, gravando a aquellas familias trabajadoras que ganan una cantidad mayor que la básica. Se estima que los costos de este esquema aparentemente prolijo y sencillo serían sólo de dos mil millones de dólares por año.

Pero aquí hay una trampa muy importante: los costos están estimados sobre el supuesto de que todos –tanto la gente que recibe el subsidio universal como aquellos que lo financian– continuarán trabajando en la misma medida que antes. Ahora bien, esto se basa en algo que aún no ha sido comprobado, ya que el problema principal es el enorme y paralizante desincentivo que representará el ingreso anual garantizado, tanto para el contribuyente como para el beneficiario.

El único elemento que impide que el actual Estado Asistencialista sea un absoluto desastre es precisamente la burocracia y el estigma que conlleva el recibir asistencia social. El beneficiario de la asistencia social aún se siente psíquicamente agraviado, a pesar de que esto ha disminuido en los últimos años, y tiene que enfrentar a una burocracia típicamente ineficiente, impersonal y complicada. Pero el ingreso anual garantizado, precisamente al hacer que el reparto sea eficiente, sencillo y automático, eliminará los principales obstáculos, los mayores incentivos negativos para la “función proveedora” de la beneficencia, y hará que la gente adhiera en forma masiva al reparto garantizado. Además, ahora todos considerarán al nuevo subsidio como un “derecho” automático más que como un privilegio o regalo, y todo estigma será eliminado.

Supongamos, por ejemplo, que la cantidad de u$s 4.000 se considera la “línea de pobreza”, y que todos los que tengan un ingreso menor reciben automáticamente la diferencia por parte del Tío Sam después de haber completado su formulario de impuesto a la renta. Aquellos que no tengan ingreso alguno recibirán u$s 4.000 del gobierno, los que ganen u$s 3.000 recibirán u$s 1.000, y así sucesivamente. Parece obvio que no habrá en realidad razón alguna para que cualquiera que gane menos de u$s 4.000 por año siga trabajando. ¿Para qué hacerlo, cuando su vecino que no trabaja recibirá el mismo ingreso que él? En resumen, el ingreso neto del trabajo será entonces igual a cero, y toda la población trabajadora que está por debajo de la mágica línea de u$s 4.000 renunciará a su empleo y se acogerá al reparto “justo”.

Pero esto no es todo; ¿qué pasa con aquellos que ganan u$s 4.000, o un poco más? El hombre que gana u$s 4.500 por año pronto se dará cuenta de que el holgazán de la casa vecina que se niega a trabajar estará recibiendo u$s 4.000 por año del gobierno federal; su propio ingreso neto por cuarenta horas semanales de arduo trabajo será sólo de u$s 500 por año. Por lo tanto, renunciará a su empleo y se acogerá al reparto del impuesto negativo. Sin duda, lo mismo sucederá con quienes ganen u$s 5.000 por año, etcétera.

El nocivo proceso no termina allí. Como todos los que ganen menos de u$s 4.000 e incluso estén considerablemente por encima de u$s 4.000 dejarán su trabajo y se pasarán al reparto, el pago total de la asistencia subirá hasta las nubes, y sólo podrá ser financiado gravando más fuertemente a los que reciben ingresos mayores y que continúen trabajando. Pero su ingreso neto luego de impuestos caerá en forma brusca, lo que tendrá como consecuencia que también ellos dejarán de trabajar y se pasarán al reparto. Veamos al hombre que gana u$s 6.000 por año. Él recibe, al inicio, un ingreso neto por su trabajo de sólo u$s 2.000, y si tiene que pagar, digamos, 500 dólares para financiar el reparto a los que no trabajan, su ingreso neto luego de impuestos será sólo de u$s 1.500 anuales. Si entonces tiene que pagar otros u$s 1.000 para financiar la rápida expansión de los que se suman al subsidio, su ingreso neto caerá a u$s 500 y se pasará al reparto. Por lo tanto, la conclusión indiscutible del ingreso anual garantizado será un círculo vicioso hacia el desastre, hacia el objetivo lógico e imposible de que casi nadie trabaje, y todos estén en el subsidio por desempleo.

A todo esto se suman algunas otras consideraciones importantes. En la práctica, por supuesto, el nivel básico, una vez establecido en u$s 4.000, no se mantendrá en esa cantidad; la irresistible presión de los clientes del asistencialismo y de otros grupos de presión lo aumentará de modo inexorable todos los años, con lo cual el círculo vicioso y el desastre económico cada vez estarán más cerca. En la práctica, el ingreso anual garantizado noreemplazará, como lo esperan sus defensores conservadores, al actual Estado Asistencialista; sencillamente se agregará a los programas existentes. Esto, por ejemplo, es precisamente lo que ocurrió con los programas estatales de ayuda a la tercera edad. El principal caballo de batalla del programa de Seguridad Social del New Deal era que reemplazaría eficientemente a los programas estatales de ayuda a la tercera edad que estaban en vigencia. En la práctica, por supuesto, no hizo tal cosa, y la ayuda a la tercera edad es mucho mayor ahora que en la década del treinta. Simplemente se agregó a los programas existentes una estructura de seguridad social en constante crecimiento. En la práctica, finalmente, la promesa del presidente Nixon a los conservadores de que los beneficiarios del nuevo reparto que estuvieran en condiciones físicas serían obligados a trabajar es una farsa evidente. En primer lugar, tendrían que encontrar un trabajo “apropiado”, y la experiencia universal de las agencias estatales de empleo para los desocupados es que casi nunca se encuentran los empleos “apropiados”.[45]

Los diversos proyectos para lograr un ingreso anual garantizado no constituyen una solución genuina para los males universalmente conocidos del sistema del Estado Asistencialista; todo cuanto harán será profundizar más aun esos males. La única solución viable es la libertaria: la derogación del subsidio estatal que hará posible la libertad y la acción voluntaria de todas las personas, ricas y pobres por igual.


[1] El Statistical Abstract of the United States, en sus varias ediciones anuales, tiene los datos básicos para la nación. Para cifras locales y algunos análisis iniciales, véase Hazlitt, Henry. Man vs. the Welfare State. New Rochelle, N.Y., Arlington House, 1969, pp. 59-60.

[2] Véase Freeman, Roger A. “The Wayward Welfare State.” Modern Age (otoño de 1971), pp. 401-402. En un detallado estudio realizado estado por estado, los profesores Brehm y Saving estimaron que en 1951 el nivel de pagos de beneficencia en cada estado daba razón de más del 60 por ciento de los clientes del asistencialismo en ese estado; hacia fines de la década del 50, el porcentaje había aumentado a más de 80 por ciento. Brehm, C. T. y Saving, T. R. “The Demand for General Assistance Payments.” American Economic Review (diciembre de 1964), pp. 1002-1018.

[3] Comisión del Gobernador con respecto a los disturbios de Los Angeles. Violence in the City -An End or a Beginning? 2 de diciembre de 1965, p. 72; citado en Banfield, Edward C. The Unheavenly City. Boston, Little, Brown & Co., 1970, p. 288.

[4] Kristol, Irving. “Welfare: The best of intentions, the worst of results.” Atlantic Monthly (agosto de 1971), p. 47.

[5] Charity Organisation Society, 15th Annual Report, 1883, p. 54; citado en Charles Loch Mowat. The Charity Organisation Society, 1869-1913. Londres, Methuen & Co., 1961, p. 35.

[6] Charity Organisation Society, 2nd Annual Report, 1870, p. 5; citado en Mowat, ibíd., p. 36.

[7] Welfare Plan of the Church of Jesus Christ of Latter-Day Saints. The General Church Welfare Committee, 1960, p. 1.

[8] Ibíd., p. 4.

[9] Ibíd., p. 4.

[10] Ibíd., p. 5.

[11] Ibíd., p. 19.

[12] Ibíd., p. 22.

[13] Ibíd., p. 25.

[14] Ibíd., pp. 25, 46.

[15] Ibíd., pp. 46, 48.

[16] New York Times, 13 de abril de 1970.

[17] Brozan, Nadine, en New York Times, 14 de febrero de 1972.

[18] Rosenblatt, Daniel. “Barriers to Medical Care for the Urban Poor.” En: Shostak, A. y Gomberg, W. (eds.). New Perspectives on Poverty. Englewood Cliffs, N.J., Prentice-Hall, 1965, pp. 72-73; citado en Banfield, The Unheavenly City, pp. 286-87.

[19] Véase Banfield, op. cit., pp. 210-16, 303. Pueden hallarse comparaciones de mortalidad infantil en Anderson, O. W. “Infant Mortality and Social and Cultural Factors: Historical Trends and Current Patterns.” En: Jaco, E. G. (ed.). Patients, Physicians, and Illness. Nueva York, The Free Press, 1958, pp. 10-22; el estudio de las siete ciudades se encuentra en Woodbury, R. M. Causal Factors in Infant Mortality: A Statistical Study Based on Investigation in Eight Cities,U.S. Children’s Bureau Publication #142, Washington, D.C.: U.S. Government Printing Office, 1925, p. 157. Acerca de la expectativa de vida de irlandeses y judíos, véase Walsh, James J. “Irish Mortality in New York and Pennsylvania.” Studies: An Irish Quarterly Review (diciembre de 1921), p. 632. Sobre la necesidad de cambiar los valores y estilos de vida para reducir la mortalidad infantil, véase Willie, C. V. y Rothney, W. B. “Racial, Ethnic and Income Factors in the Epidemiology of Neonatal Mortality.” American Sociological Review (agosto de 1962), p. 526.

[20] Piore, Michael J. “Public and Private Responsibilities in On-the-Job Training of Disad­vantaged Workers.” M.I.T. Dept. of Economics Working Paper #23, junio de 1968. Citado en Banfield, op. cit., pp. 105, 285

[21] Doeringer, Peter B. Ghetto Labor Markets—Problems and Programs. Harvard Institute of Economic Research, Discussion Paper #33, junio de 1968, p. 9; citado en Banfield, op. cit., pp. 112, 285-86.

[22] Banfield, ibíd., p. 105. También p. 112.

[23] Gouldner, Alvin W. “The Secrets of Organizations.” En: The Social Welfare Forum,Proceedings of the National Conference on Social Welfare. Nueva York, Columbia Univer­sity Press, 1963, p. 175; citado en Banfield, op. cit., pp. 221-22, 305.

[24] Banfield, op. cit., p. 221.

[25] Mackay, Thomas. Methods of Social Reform. Londres, John Murray, 1896, p. 13.

[26] Ibíd., pp. 38-39

[27] Ibíd., pp. 259-60.

[28] Ibíd., pp. 268-69.

[29] Mowat, op. cit., pp. 1-2.

[30] James, Estelle. “Review of The Economics of Vocational Rehabilitation.” American Economic Review (junio de 1966), p. 642; véase también Brozen, Yale. “Welfare Without the Welfare State.” The Freeman (diciembre de 1966), pp. 50-51.

[31] “Poet and Agency at Odds Over His Day-Care Center.” New York Times (17 de abril de 1978), p. B2.

[32] Entre numerosos estudios, véase Brozen, Yale y Friedman, Milton. The Minimum Wage: Who Pays? Washington, D.C., Free Society Association, abril de 1966; también Peterson, John M. y Stewart, Charles T., Jr. Employment Effects of Minimum Wage Rates. Washington, D.C., American Enterprise Institute, agosto de 1969.

[33] Brozen,Yale. “Welfare Without the Welfare State”, pp. 48-49.

[34] Además de Brozen, op. cit., véase Brozen, Yale. “The Untruth of the Obvious”, The Freeman (junio de 1968), pp. 328-40. Véase también Brozen, Yale. “The Revival of Traditional Liberalism.” New Individualist Review (primavera de 1965), pp. 3-12; Peltzman, Sam. “CAB: Freedom from Competition.” New Individualist Review (primavera de 1963), pp. 16-23; Anderson, Martin. The Federal Bulldozer. Cambridge, MIT Press, 1964. Puede verse una introducción a la historia del precio del petróleo en Houthakker, Hendrik S. “No Use for Controls.” Barrons (8 de noviembre de 1971), pp. 7-8.

[35] Para más estimaciones, véase Pechman, Joseph A. “The Rich, the Poor, and the Taxes They Pay.” Public Interest (otoño de 1969), p. 33.

[36] Herriot, R.A. y Miller, H. P. “The Taxes We Pay.” The Conference Board Record (mayo de 1971), p. 40.

[37] Véase Chapman, William. “Study Shows Taxes Hit Poor.” New York Post (10 de febrero de 1971), p. 46; U.S. News (9 de diciembre de 1968); Manis, Rod. Poverty: A Libertarian View. Los Angeles, Rampart College, s/f); Brozen, Yale. “Welfare Without the Welfare State”, op. cit.

[38] Brozen. “Welfare Without the Welfare State”, p. 47.

[39] Harper, F.A. “The Greatest Economic Charity.” En: Sennholz, M., ed. On Freedom and Free Enterprise. Princeton, N.J., D. Van Nostrand, 1956, p. 106.

[40] Paterson, Isabel. The God of the Machine. Nueva York, G. P. Putnams Sons, 1943, pp. 248-50.

[41] Acerca de la desviación masiva de científicos e ingenieros hacia actividades gubernamentales durante los últimos años, véase Nieburg, H. L. In the Name of Science. Chicago, Quadrangle, 1966; sobre las ineficiencias y la mala asignación del complejo militar industrial, véase Melman, Seymour, ed. The War Economy of  the United States. Nueva York, St. Martins Press, 1971.

[42] Acerca de Matthew y de los casos de la Small Business Administration, véase Jacobs, Jane. The Economy of Cities. Nueva York, Random House, 1969, pp. 225-28.

[43] Información adaptada de un estudio inédito de Mellor, Earl F. “Public Goods and Ser­vices: Costs and Benefits. A Study of the Shaw-Cardozo Area of Washington, D.C.” (pre­sentado al Institute for Policy Studies, Washington, D.C., 31 de octubre de 1969).

[44] Brozen, “Welfare Without the Welfare State”, p. 52.

[45] Una brillante crítica teórica al ingreso anual garantizado, al impuesto negativo a la renta y a los esquemas de Nixon puede verse en Hazlitt. Man vs.Welfare State, pp. 62-100. Para una crítica empírica definitiva y actualizada de todos los planes y experimentos de ingreso anual garantizado, incluyendo el esquema de reforma del sistema asistencialista del presidente Carter, véase Anderson, Martin. Welfare: the Political Economy of Welfare Reform in the United States. Stanford, Calif., Hoover Institution, 1978.

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El Análisis Económico

Por Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano

Esencialmente, el análisis económico consiste en: (1) un entendimiento de las categorías de la acción y en un entendimiento del significado de un cambio en los valores, los costos, el conocimiento tecnológico, etc.; (2) una descripción de una situación en la cual las categorías asuman un significado concreto, donde personas determinadas sean identificadas como actores con objetos específicos como medios de acción, con objetivos determinados identificados como valores y cosas determinadas especificadas como costos; y (3) una deducción de las consecuencias que resulten del desempeño de alguna acción especificada en esta situación, o de las consecuencias que resultan para el actor si esta situación es cambiada de una forma específica. Y esta deducción tiene que producir conclusiones válidas a priori, siempre y cuando no haya un fallo en el mero proceso de deducción,(…) porque entonces su validez retornaría a la validez indisputable de las categorías de la acción”.

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El Alto Precio De Retrasar El Impago

El crédito es una herramienta maravillosa que puede ayudar a avanzar en la división del trabajo, aumentando así la productividad y la prosperidad. La concesión de crédito permite a los ahorradores extender su renta por el tiempo, como prefieran. Al tomar préstamos, los inversores pueden implantar planes de gasto productivo que serían incapaces de pagar utilizando sus propios recursos.

Lo efectos económicamente beneficiosos del crédito solo pueden producirse, sin embargo, si el sistema crediticio y monetario subyacente se basa sólidamente en principios de libre mercado. Y aquí hay un problema importante para las economías de hoy en día: el régimen crediticio y monetario que prevalece es irreconciliable con el sistema de libre mercado.

Actualmente, todas las divisas importantes del mundo (ya sea el dólar de EEUU, el euro, el yen japonés o el renminbi chino) representan papel no respaldado patrocinado por el gobierno o monedas “fiduciarias”. Estas monedas tienes tres características. Primero, los bancos centrales tienen un monopolio sobre la producción de dinero. Segundo, el dinero se crea mediante préstamo bancario (o “de la nada”), sin que los préstamos estén respaldados por ahorro real. Y tercero, el dinero que se desmaterializa puede expandirse en cualquier cantidad deseada políticamente. Un régimen de moneda fiduciaria sufre de una serie de defectos económicos y éticos de largo alcance. Es inflacionista, causa inevitablemente olas de especulación, provoca malas inversiones y ciclos de “auge y declive” y en general estimula una creación excesiva de deuda.

Y el dinero fiduciario favorece injustificablemente a unos pocos a costa de muchos: los primeros receptores del nuevo dinero se benefician a costa de los que reciben el nuevo dinero en un momento posterior (“Efecto Cantillon”). Un asunto merece atención particular: la carga de la deuda que se acumula con el tiempo en un régimen de moneda fiduciaria se convertirá en insostenible. La principal razón para esto es que la acción de crear crédito y dinero de la nada, acompañada por tipos de interés artificialmente suprimidos, estimula las malas inversiones: inversiones que no tiene el poder de ganancia como para pagar completamente el resultante aumento de la deuda.

Los gobiernos son especialmente culpables de acumular una excesiva carga de deuda, muy ayudados por bancos centrales proporcionando una oferta inagotable de crédito con costes artificialmente bajos. Los políticos financian con crédito las promesas electorales y los votantes asienten porque esperan beneficiarse del “cuerno de la abundancia” del gobierno. La clase dirigente y la clase de los dirigidos tienen bastantes esperanzas en poder diferir el pago a futuras generaciones para ponerlo en orden. Sin embargo llega un momento en el que los inversores privados ya no están dispuestos a refinanciar deuda vencida, y no digamos un mayor endeudamiento de bancos, grandes empresas y gobiernos. En esa situación, el auge del papel moneda está condenado al colapso: el aumento en la preocupación por los impagos de créditos es un enemigo mortal para el régimen de moneda fiduciaria. Y una vez se seca el flujo del crédito, el auge se convierte en declive. Esto es exactamente lo que estuvo a punto de ocurrir en muchas áreas de divisa fiduciaria en todo el mundo en 2008.

Un declive de moneda fiduciaria puede evolucionar fácilmente hacia una depresión a gran escala, lo que significa bancos en quiebra, empresas declarando suspensiones de pagos e incluso algunos gobiernos fracasando. La economía se contrae agudamente, causando un desempleo masivo. Esa evolución previsiblemente se interpretará como una dura prueba en lugar de un ajuste económico que resultaba inevitable por los estragos del previo auge de la moneda fiduciaria. Todos (los de la clase gobernante y los de la clase de los gobernados) previsiblemente querrán escapar del desastre. Amenazados con una extrema dureza económica y desesperación política, sus ojos se dirigirán al banco central que, ay, puede imprimir todo el dinero deseado políticamente para mantener la liquidez de los agobiados prestatarios, sobre todo bancos y gobiernos.

Poner en marcha la imprenta electrónica se percibirá como la política del mal menor, una reacción que pudo verse muchas veces a lo largo de la turbulenta historia del papel moneda sin respaldo. Desde el final de 2008, muchos bancos centrales han sostenido a flote con éxito a sus bancos comerciales proporcionándoles nuevos créditos a tipos de interés de prácticamente cero. Esta política significa realmente que los bancos creen aún más crédito y dinero fiduciario. Más crédito y dinero, proporcionados a tipos de interés históricamente bajos, se ven como un remedio de los problemas causados por una expansión del crédito y el dinero, proporcionados a tipos de interés bajos, para empezar. Difícilmente es un camino a seguir que inspire confianza.

Fue Ludwig von Mises el que entendió que un auge de moneda fiduciaria acabará, y realmente debe acabar, en un colapso del sistema económico. La única pregunta sin sería si ese resultado se verá precedido por una devaluación de la divisa o no: El auge no puede continuar indefinidamente. Hay dos alternativas. O los bancos continúan la expansión del crédito sin restricciones y por tanto causan aumentos de precios en constante acumulación y una orgía de especulación siempre creciente, que, como en todos los demás casos de inflación ilimitada, acaba con una “quiebra del auge” y en un colapso del sistema monetario y crediticio. O los bancos se detienen antes de llegar a este punto, renuncian voluntariamente a una mayor expansión del crédito y producen así la crisis. La depresión les sigue en ambos casos.[1]

Una política monetaria dedicada a evitar impagos crediticios por todos los medios significaría un escenario bastante duro: depresión precedida por inflación. Es un escenario bastante similar al que se produjo, por ejemplo, en la inflación de moneda fiduciaria en la Francia del siglo XVIII. Según Andrew Dickson White, Francia emitió papel moneda buscando un remedio para un mal comparativamente pequeño en un mal infinitamente más peligroso. Para curar una dolencia de carácter temporal, se administró un veneno corrosivo, que se comió lo vital de la prosperidad francesa. Progresó de acuerdo con una ley de la física social que podemos llamar la “ley de aceleración de las emisiones y la depreciación”. Era comparativamente fácil evitar la primera emisión; era mucho más difícil evitar la segunda; evitar la tercera y las posteriores era prácticamente imposible. Llevó a la ruina (…) a comercio y manufacturas, el interés comercial, el interés agrícola. Trajo sobre ellos la misma destrucción que produciría a un holandés abrir los diques del mar para regar su jardín en un verano seco. Acabó con la completa postración financiera, moral y política de Francia, una postración de la que solo pudo salir Napoleón.[2] [1]

[1] Ludwig von Mises. Interventionism: An Economic Analysis. Irvington-on-Hudson, N.Y.: Foundation for Economic Education, 1998. P. 40.

[2] Andrew Dickson White. Fiat Money Inflation in France, How It Came, What It Brought, and How It Ended. D. Appleton-Century Company Inc., Nueva York y Londres: D. Appleton-Century, 1933. S. 66. Publicado el 26 de febrero de 2014.

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe.

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El Tipo Natural De Interés Es Siempre Positivo Y No Puede Ser Negativo

Algunos economistas han venido argumentando que el “tipo de interés real de equilibrio” (es decir, el “tipo natural de interés” o el “tipo originario de interés”) se ha convertido en negativo, ya que un “estancamiento secular” ha causado supuestamente un “empacho de ahorro”.1

La idea es que los ahorros excedían la inversión y que hace falta un tipo real negativo de interés para alinear los ahorros con la inversión. Desde el punto de vista de la Escuela Austriaca, la noción de un “tipo real de interés de equilibrio negativo” no tiene ningún sentido en absoluto.2

Para demostrar esto, desarrollemos el caso paso a paso. Para empezar, hay que hacer una distinción entre dos clases de tipos de interés: está el tipo de interés del mercado y está el tipo originario de interés.

El tipo de interés del mercado es el resultado de la oferta y la demanda de ahorros en el mercado. Puede observarse, por ejemplo, en el mercado de depósitos, bonos o préstamos para distintos plazos y calidades de créditos.

El tipo originario de interés es una categoría de la acción humana, al decir que el hombre actúa valora los bienes disponibles en el presente más que los bienes disponibles en el futuro. En otras palabras: Los bienes futuros se comercian con un descuento en el precio en relación con los bienes presentes. Por ejemplo, 1$ disponible hoy es preferible a 1$ disponible dentro de un año.

Si 1$ a recibir en un año se valora en, digamos, 0,909$, el tipo originario de interés es el 10%. (1$ dividido por 0,909 menos 1 da 0,10 o 10%, por cierto). Un 10% es aquí el tipo originario de interés (sin contar con otras primas).

El “tipo originario de interés” refleja un diferencial de valor
El tipo originario de interés expresa un diferenciald e valor, que resulta de la llamada preferencia temporal.3 El término preferencia temporal denota que el hombre que actúa prefiere una satisfacción temprana de deseos a una satisfacción posterior de deseos.

La preferencia temporal es siempre y en todo caso positiva y lo mismo pasa con el tipo originario de interés. Esto es, ante todo, lo que nos diría el sentido común.

Si el tipo originario de interés estuviera casi en cero, esto significaría que se prefieren dos manzanas en, digamos, 1.000 años por encima de una manzana disponible hoy. Un tipo originario de interés verdaderamente cero implica que el horizonte de planificación o “periodo de provisión” del actor es infinitamente largo, lo que es otra forma de decir que nunca actuaría en absoluto, sino que continuamente atrasaría al futuro el logro de sus objetivos.

La idea de que la preferencia temporal y el tipo originario de interés puedan ser cero no solo suena absurda, sino que es una imposibilidad lógica: Una preferencia temporal positiva y un tipo originario de interés positivo están lógicamente implícitos en el irrefutablemente verdadero “axioma de la acción humana”.

La acción humana es un comportamiento con un propósito, lo que implica el uso de medios para alcanzar fines. La acción requiere tiempo (es imposible pensar otra cosa). Así, el tiempo es un medio indispensable y escaso para alcanzar fines. Como tal, debe economizarse, lo que implica necesariamente que una satisfacción anterior de deseos se prefiere a una satisfacción posterior de deseos.

Por tanto, por razones (praxeo)lógicas, la preferencia temporal el tipo originario de interés no pueden caer a cero, no digamos convertirse en negativo. Las implicaciones de un tipo negativo originario de interés no pueden ni siquiera concebirse por la mente humana: Un tipo cero originario de interés ya implica ninguna acción durante toda la eternidad.

Argumentos poco convincentes
Sin embargo, algunos argumentan que debido a las crecientes incertidumbres relacionadas con una mayor esperanza de vida, la gente podría preferir cada vez más un consumo futuro frente a un consumo presente y que esto podría empujar la preferencia temporal y el tipo originario de interés al territorio negativo.

No cabe duda de que las preferencias temporales de la gente pueden disminuir con el tiempo, lo que implica aumenta el ahorro de la renta actual mientras disminuye el consumo. Aunque la preferencia temporal y por tanto el tipo originario de interés puedan caer, por razones lógicas no pueden llegar a cero, ni mucho menos ser negativos.

Otro argumento se refiere al asunto de la “saturación” y funciona como sigue: Supongamos que tienes dos manzanas y te comes una. Tu hambre está ahora saciada, así que prefieres comer mañana la manzana restante a comerla hoy. ¿No prueba esto que la gente puede valorar bienes futuros más que bienes presentes, que la preferencia temporal y el tipo originario de interés pueden ser nativos?

No, no lo hace. El no consumo de la segunda manzana hoy puede explicarse fácilmente por el hecho de la utilidad marginal de comer la manzana es ahora menor que comerla mañana o al día siguiente, incluso si la utilidad marginal se descuenta por un tipo originario de interés positivo.

Dicho esto, el ejemplo anterior está mal construido.4 No ilustra el caso relevante, que es el caso en el que el hombre que actúa considera usos alternativos del mismo bien y por tanto no demuestra en absoluto que la preferencia temporal y por tanto el tipo originario de interés puedan ser negativos.

El fin de la economía de mercado
¿Cuál es la relación entre el tipo de interés del mercado y el tipo originario de interés? Por ejemplo, en el mercado del préstamo, el tipo de interés de los préstamos se ajusta al tipo originario de interés. Si, por ejemplo, el tipo originario de interés es del 2% y las primas de crédito e inflación son del 1% respectivamente, el tipo de interés del mercado sería un 4%.

Los tipos de interés del mercado pueden convertirse en negativos en términos reales. En un “mercado intervenido”, por ejemplo, el banco central puede empujar el tipo real de interés del mercado a territorio negativo. Sin embargo esto no representa ni puede representar un equilibrio, ya que la preferencia temporal y por tanto el tipo originario de interés no pueden convertirse en negativos.

Si un banco central realmente tuviera éxito en hacer que todos los tipos de interés del mercado fueran negativos en términos reales, el ahorro y la inversión darían un frenazo chirriante: como la preferencia temporal y el tipo originario de interés son siempre positivos, el “ahorro capitalista” (la acumulación de bienes pensados para mejorar el proceso de producción) llegaría a su fin. Se produciría un consumo de capital, enviando a la humanidad de vuelta a la pobreza. Sería el fin de la economía de mercado.

Podría ser interesante advertir en este contexto que, por ejemplo, los nacionalsocialistas en Alemania habían reclamado la abolición, la prohibición del tipo de interés. Ahora sabéis por qué: Sin un tipo (originario) de interés positivo, la economía de mercado dejará de funcionar.

El verdadero propósito de la política de tipos negativos de interés
Por alguna razón, quienes argumentan que el tipo originario de interés se ha convertido en negativo parecen olvidar que el tipo originario de interés es un fenómeno que no se limita a los mercados del crédito. Se encuentra en todos los mercados en los que bienes presentes se intercambian por bienes futuros.5

Por ejemplo, el tipo originario de interés prevalece en cada etapa de la producción indirecta que consume tiempo en la economía. El tipo originario de interés también existe en la bolsa, donde los inversores intercambian dinero presente por un derecho a un dinero futuro (que es el pago de dividendos de una empresa).

Si quisieran ser coherentes, los creyentes en un tipo originario de interés negativo tendrían que reclamar una política que no haga negativos los tipos de interés en términos reales en el mercado, pero también en los mercados de, digamos, las acciones y la vivienda.

Sin embargo, una política que defienda destruir los valores de las empresas y la riqueza en vivienda de la gente no sería demasiado bien aceptada por la gente y esos economistas que la recomienden no podrían esperar ser alabados.

La consecuencia de tipo negativo de interés en el mercado real debería ser ahora evidente: Es realmente una política pérfida para devaluar el valor real de la deuda pendiente y es una receta para crear caos en la economía.

Publicado originalmente el 21 de marzo de 2015. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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LA ÉTICA Y LA ECONOMÍA DE LA PROPIEDAD PRIVADA

Por Hans-Hermann Hoppe
Ludwig von Mises Institute Auburn, Alabama

Tomado de Mises Hispano

CONTENIDO

EL PROBLEMA DEL ORDEN SOCIAL……………………………​3
LA SOLUCIÓN:
PROPIEDAD PRIVADA Y APROPIACIÓN ORIGINAL……​5

CONFUSIONES Y CLARIFICACIONES…………………………​13
LA ECONOMÍA DE LA PROPIEDAD PRIVADA……………​17
EL PEDIGRÍ CLÁSICO………………………………………………….​20
LAS DESVIACIONES DE CHICAGO……………………………..​24

I

EL PROBLEMA DEL ORDEN SOCIAL
Viviendo solo en su isla, Robinson Crusoe puede hacer todo lo que le plazca. Para él, las preguntas sobre las reglas de conducta humana necesarias para la convivencia ordenada—cooperación social—simplemente no se presentan. Naturalmente, tales preguntas sólo aparecen cuando una segunda persona, Viernes, llega a la isla. Pero incluso, en ese contexto, tales reglas son en gran medida irrelevantes mientras no haya escasez. Supongamos que la isla es el Jardín del Edén, donde todos los bienes externos son superabundantes, es decir, “bienes libres” como el aire que respiramos; entonces, cualquier cosa que Crusoe haga con esos bienes no tendrá repercusión alguna sobre su aprovisionamiento, ni sobre el aprovisionamiento de Viernes (y viceversa). Por tanto, es imposible que puedan surgir conflictos entre Crusoe y Viernes respecto al uso de estos bienes. El conflicto solamente es posible cuando los bienes son escasos. Sólo entonces aparece la necesidad de formular reglas que hagan posible la cooperación social ordenada—libre de conflictos.

​En el Jardín del Edén sólo existen dos bienes escasos: el cuerpo físico de la persona y el espacio donde está dicho cuerpo. Crusoe y Viernes tienen cada uno un cuerpo y pueden pararse únicamente en un lugar a la vez. Por tanto, incluso en el Jardín del Edén pueden aparecer conflictos entre Crusoe y Viernes: ambos no pueden ocupar el mismo espacio simultáneamente sin entrar en conflicto físico entre ellos. Por eso, incluso en el Jardín del Edén tienen que existir reglas de conducta social ordenada—reglas respecto a la ubicación y el movimiento apropiado de los cuerpos humanos. Y fuera del Jardín del Edén, en el reino de la escasez, tienen que existir normas que regulen no sólo el uso de los cuerpos personales sino también de todo lo escaso, de tal modo que todos los conflictos posibles puedan ser evitados. Ese es el problema del orden social.

II

LA SOLUCIÓN:
PROPIEDAD PRIVADA Y APROPIACIÓN ORIGINAL

En la historia del pensamiento social y político se ha formulado una variedad de propuestas para solucionar el problema del orden social, y esta gama de propuestas, mutuamente inconsistentes, ha contribuido al hecho de que la búsqueda de una solución única y “correcta” haya sido considerada frecuentemente ilusoria. Pero como trataré de demostrar, una solución correcta existe. Por tanto, no hay razón para sucumbir al relativismo moral. La solución ha sido conocida por cientos de años, si no por más tiempo. En tiempos modernos tal solución antigua y sencilla fue formulada de forma clara y convincente por Murray N. Rothbard.

​Permítanme primero formular la solución—tanto para el caso especial del Jardín del Edén como para el caso general del mundo “real”—y luego explicar por qué esta solución, y no otra, es la correcta.

​En el Jardín del Edén, la solución viene dada por una sencilla regla que estipula que todos pueden mover y colocar su cuerpo donde les plazca, con la única condición de que ninguna otra persona ya esté ocupando ese mismo espacio. Y fuera del Jardín del Edén, en el reino de la escasez, la solución viene dada por esta regla: Cada persona es la dueño legítimo de su propio cuerpo físico, como también de los lugares y bienes naturales que ocupe y ponga en uso por medio de su cuerpo, con la condición que ninguna otra persona haya ya ocupado o utilizado los mismos lugares y bienes antes que él. Esta propiedad sobre lugares y bienes adquiridos mediante “apropiación original” implica el derecho de una persona a usar y transformar esos lugares y bienes de la forma que considere adecuada, con la condición de que no cambie por la fuerza la integridad física de los lugares y bienes apropiados originalmente por otra persona. En particular, cuando un lugar o bien ha sido apropiado—en palabras de John Locke, “mezclando el trabajo de uno” con el objeto—la propiedad de esos lugares y bienes sólo puede ser adquirida mediante la transferencia voluntaria—contractual—del título de propiedad del dueño anterior al nuevo dueño.

​A la luz del muy extendido relativismo moral, vale la pena precisar que esta idea de apropiación original y de propiedad privada como solución al problema del orden social está en completa correspondencia con nuestra “intuición” moral ¿No es simplemente absurdo decir que una persona no debería ser dueña de su cuerpo y de los lugares y bienes de los que originalmente—esto es, antes que cualquier otra persona—se apropia, usa y/o produce con su cuerpo? ¿Quién, si no él, debería ser el dueño? ¿No es también obvio que la mayoría de la gente—incluyendo niños y primitivos—actúa de acuerdo a estas reglas de forma ordinaria y normal?

La intuición moral, tan importante como es, no constituye prueba alguna. Sin embargo, sí existe prueba de la veracidad de nuestra intuición moral.

La prueba consta de dos partes. Por un lado, las consecuencias de negar la validez de la institución de la apropiación original y de la propiedad privada son claras: Si A no es dueña de su propio cuerpo, ni de los lugares y bienes originalmente apropiados y/o producidos con su cuerpo, así como de los bienes voluntariamente adquiridos por contrato, entonces sólo quedan dos alternativas: i) O bien otra persona B debe ser reconocida como dueña del cuerpo de A, y de los lugares y bienes apropiados, producidos o adquiridos por A; o ii) ambas personas (A y B) deben ser copropietarias.

En el primer caso, A estaría reducida al rango de esclavo y objeto de explotación de B, quien a su vez sería dueño del cuerpo de A, como también de los lugares y bienes apropiados, producidos y adquiridos por A. Pero A, en cambio, no sería recíprocamente dueña del cuerpo de B ni de los lugares y bienes apropiados, producidos y adquiridos por B. De ahí que, bajo esta regla, aparecen dos clases de personas categóricamente distintas—Untermenschen (criaturas sub-humanas) como A y Uebermenschen (superhombres) como B—a quienes “leyes” distintas se aplican. Por tanto, tal regla debe ser descartada como ética humana igualmente aplicable a todo individuo qua ser humano (animal racional). Desde el principio, tal regla no puede ser considerada como universalmente aceptable, y entonces, no puede aspirar a rango de ley, pues para que una regla alcance el grado de ley—regla justa—debe aplicar a todos por igual.

Alternativamente, en el segundo caso—copropiedad universal igualitaria—se cumple el requisito que la ley sea igual para todos. Sin embargo, esta alternativa sufre una deficiencia aún más severa, porque si fuese aplicada, toda la humanidad perecería. (Dado que toda ética humana debe permitir la supervivencia de la humanidad, esta alternativa debe también ser rechazada.) Toda acción de una persona requiere la utilización de medios escasos (por lo menos del cuerpo de la persona y del espacio donde se ubica), pero si todos los bienes fuesen co-poseídos, entonces a ninguna persona, en ningún momento ni lugar, le estaría permitido hacer algo a menos que previamente hubiese pedido el consentimiento de cada copropietario. Pero, ¿cómo podría alguien otorgar tal consentimiento sin ser dueño exclusivo de su propio cuerpo (incluyendo sus cuerdas vocales)? De hecho, necesitaría primero el consentimiento de otros para poder expresar el suyo, pero esos otros no podrían dar su consentimiento sin tener primero el suyo, y así sucesivamente.

Esta revisión sobre la imposibilidad praxeológica del “comunismo universal,” como Rothbard denominó a esta propuesta, me lleva inmediatamente a una forma alternativa de demostrar que la idea de apropiación original y propiedad privada es la única solución correcta al problema del orden social. Si las personas tienen o no derechos—y si los tienen ¿cuáles?—sólo puede determinarse en el curso de una argumentación (intercambio de proposiciones). Una justificación—prueba, conjetura, refutación—es una justificación argumentativa. Cualquiera que negase esta proposición entraría en contradicción performativa, porque su negación constituiría en sí misma un argumento. Incluso un relativista ético tiene que aceptar esta proposición primera, conocida como el apriori de argumentación.

De la aceptación innegable—del status axiomático—de este apriori de argumentación, surgen dos conclusiones igualmente necesarias. Primero, hay un caso donde no hay solución racional al problema del conflicto que aparece por la escasez. Supongamos en el escenario anterior de la isla de Crusoe, que Viernes no es un hombre sino un gorila. Obviamente, en la misma forma que Crusoe podría tener un conflicto con Viernes respecto a su cuerpo y espacio, podría también tenerlo con Viernes, el gorila, pues éste podría querer ocupar el mismo espacio que Crusoe. En este caso, si el gorila es el tipo de ente que conocemos como tal, no habría solución racional al conflicto. O el gorila aparta, aplasta, o devora a Crusoe—la solución del gorila—o Crusoe domestica, persigue, golpea, o mata al gorila—la solución de Crusoe. En esta situación uno de hecho podría hablar de relativismo moral. Sin embargo, sería más apropiado referirse a esta situación como aquella donde las preguntas sobre justicia y racionalidad simplemente no aparecen; es decir, sería considerada una situación extra-moral. La existencia de Viernes, el gorila, sería para Crusoe un problema técnico, no moral. Crusoe no tendría otra opción que aprender a controlar los movimientos del gorila como hubiese tenido que aprender a controlar los otros objetos inanimados de su entorno.

Por implicancia, sólo si ambas partes son capaces de iniciar una discusión con argumentos, se puede hablar de un problema moral y la cuestión de si existe o no solución al problema es relevante. Sólo si Viernes, sin importar su apariencia física, es capaz de argumentar (incluso si hubiera demostrado hacerlo una sola vez), puede ser considerado racional y tiene sentido el asunto de si existe solución correcta al problema del orden social. Nadie tiene que dar una respuesta a alguien que nunca ha formulado una pregunta, o más precisamente, a alguien que nunca ha expresado su punto de vista relativista en la forma de un argumento. En tal caso, ese “otro” no puede sino ser considerado y tratado como un animal o una planta, es decir, como una entidad extra-moral. Sólo si esa otra entidad puede hacer una pausa en su actividad (cualquiera que sea), detenerse, y decir “sí” o “no” a algo que uno ha dicho, le debemos una respuesta y podemos sostener que nuestra respuesta es la correcta para ambas partes implicadas en el conflicto.

Además, del apriori de argumentación se deduce que la validez de todo aquello que tiene que ser pre-supuesto en el curso de una argumentación como pre-condición lógica y praxeológica de la argumentación, no puede ser disputado argumentativamente sin caer en una contradicción interna (performativa).

Ahora, los intercambios proposicionales no están hechos de proposiciones que flotan libremente en el espacio, sino que constituyen una actividad humana específica. La argumentación entre Crusoe y Viernes requiere que ambos tengan, y se reconozcan mutuamente, control exclusivo de sus respectivos cuerpos (cerebro, cuerdas vocales, etc.), así como del espacio ocupado. Nadie puede proponer algo y esperar que la otra parte se convenza por si misma de la validez de tal proposición, o que la rechace y proponga algo más, a menos que de antemano pre-suponga el derecho suyo y del oponente al control exclusivo de sus respectivos cuerpos y espacios ocupados. De hecho, es precisamente este reconocimiento mutuo de la propiedad del proponente y del oponente a sus propios cuerpos y espacios ocupados, lo que constituye el characteristicum specificum de todas las disputas proposicionales: que mientras uno puede no estar de acuerdo respecto a la validez de una proposición específica, uno puede a pesar de eso estar de acuerdo en el hecho que uno está en desacuerdo. Además, ese derecho a la propiedad sobre el propio cuerpo y el espacio que ocupa debe ser considerado apriori (o indiscutiblemente) justificado tanto por el proponente como por el oponente. Cualquiera que reclamase la validez de una proposición frente a su oponente, tendría primero que haber presupuesto de antemano, el control exclusivo—suyo y del oponente—de sus respectivos cuerpos y espacios ocupados simplemente para poder decir “yo afirmo que tal y cual es verdad, y te reto a que demuestres que estoy equivocado.”

Además, sería igualmente imposible entrar en argumentación y apoyarse en la fuerza proposicional de los argumentos de uno, sino a uno no le fuese permitido poseer (control exclusivo) otros medios escasos (aparte del cuerpo y el espacio ocupado). Si uno no tuviese tal derecho, entonces todos pereceríamos inmediatamente y el problema de justificar las reglas—así como cualquier otro problema humano—simplemente no existiría. De ahí que, en virtud del hecho de estar vivos, los derechos de propiedad sobre otras cosas tienen que ser pre-supuestos también válidos. Nadie que esté vivo podría argumentar de modo distinto.

Si a una persona no le estuviese permitido la propiedad de bienes y espacios mediante un acto de apropiación original—esto es, estableciendo una conexión objetiva (intersubjetivamente determinable) entre él y un bien o espacio particular, antes que a cualquier otra persona—y si en vez de eso la propiedad fuese otorgada al que llega después, entonces a uno nunca le estaría permitido empezar a utilizar un bien a menos que previamente tuviese el consentimiento de la persona que llegó después. Pero ¿cómo puede alguien que llega después dar su consentimiento sobre las acciones del que llega primero? Además, el que llega después necesita a su vez, el consentimiento de los otros, y de los que llegan después, y así sucesivamente. Es decir, ni nosotros ni nuestros antepasados hubiésemos podido sobrevivir de haber seguido tal regla. Sin embargo, para que alguien—del pasado, presente o futuro—pueda debatir algo, la sobrevivencia debe ser posible; y para hacer esto, los derechos de propiedad no pueden ser concebidos como vagos en el tiempo, o indeterminados respecto al número de personas involucradas. En vez de eso, los derecho de propiedad tienen necesariamente que ser concebidos como originados por medio de acciones, en puntos específicos del tiempo y espacio, por individuos específicos. De otro modo, sería imposible para alguien decir algo en un determinado momento en el tiempo y espacio, y para alguien más poder responder. Entonces, el simple hecho de decir que la regla del primer-usuario-primer-dueño puede ser ignorada o que es injustificada implica una contradicción performativa, ya que el ser capaz de decir eso tiene que presuponer la existencia de uno como unidad independiente de toma de decisiones en un punto dado del tiempo y el espacio.

III

CONFUSIONES Y CLARIFICACIONES

Según este razonamiento, propiedad privada significa control exclusivo que una persona particular tiene sobre objetos y espacios físicos específicos. Del mismo modo, invasión de derechos de propiedad significa daño físico o disminución no deseada de objetos y espacios poseídos. En contraste, un punto de vista bastante extendido sostiene que, el detrimento o la disminución del valor (o precio) de la propiedad de alguien también constituyen una ofensa castigable.

En lo concerniente a la (in)compatibilidad de ambas posiciones, es fácil reconocer que casi toda acción de un individuo puede alterar el valor (precio) de la propiedad de otra persona. Por ejemplo, cuando el individuo A entra al mercado de trabajo o matrimonio, eso puede cambiar el valor del individuo B en esos mercados. Y cuando A cambia sus valoraciones relativas respecto a cerveza y pan, o si A decide convertirse él mismo en fabricante de cerveza o pan, eso cambia el valor de la propiedad de otros productores de cerveza y pan. Según la visión de que el detrimento del valor constituye una violación de derechos, A estaría cometiendo una ofensa castigable contra los productores de cerveza y los panaderos. Si A es culpable, entonces B, los cerveceros y los panaderos deben tener derecho a defenderse de las acciones de A, y esas acciones defensivas consisten en invasiones físicas contra A y sus propiedades. Si A es culpable, debe permitirse que B prohíba físicamente la entrada de A a los mercados de trabajo y matrimonio; debe permitirse a los cerveceros y panaderos impedir físicamente que A gaste su dinero como le plazca. Sin embargo, en este caso, el daño físico o el menoscabo de la propiedad de A no puede verse como una ofensa castigable, pues la invasión física y el menoscabo, siendo acciones defensivas, son legítimas. Al contrario, si el daño físico y el menoscabo constituyen una violación de derechos, entonces B, los cerveceros y los panaderos no tienen derecho a defenderse de las acciones de A, porque sus acciones—su entrada a los mercados de trabajo y matrimonio, su cambio de valoración o su entrada a la producción de cerveza o pan—no afectan la integridad corporal de B o la integridad física de la propiedad de los cerveceros o los panaderos. Si ellos se defienden físicamente, entonces el derecho a defenderse recae sobre A. En este segundo caso, sin embargo, no puede considerarse ofensa castigable que uno altere el valor de la propiedad de otros. Una tercera posibilidad no existe.

Ambas ideas sobre derechos de propiedad no son sólo incompatibles, sino que además, la visión alternativa de que uno puede ser el dueño del valor o del precio de bienes escasos es indefendible. Mientras una persona puede controlar que sus acciones no cambien las características físicas de la propiedad de otro, no puede controlar que sus acciones afecten el valor (o precio) de la propiedad de otro. El valor es determinado por otros individuos y sus evaluaciones. En consecuencia sería imposible saber de antemano si las acciones que uno planea son, o no, legítimas. La población entera tendría que ser interrogada para estar seguros que las acciones de uno no dañarán el valor de la propiedad de alguien más, y uno no podría empezar a actuar hasta que un consenso universal hubiese sido alcanzado. La humanidad perecería mucho antes que este postulado se hubiese satisfecho.

Más aún, la afirmación de que uno tiene derechos de propiedad sobre el valor de las cosas implica una contradicción, pues para reclamar la validez de esta proposición—aceptación universal—tendría que haberse asumido que está permitido actuar antes de llegar a un acuerdo. De otra forma, siempre sería imposible proponer algo. Sin embargo si a uno le está permitido enunciar una proposición—y nadie podría negar esta premisa sin caer en contradicción—esto es solamente posible debido a la existencia de fronteras físicas en la propiedad, esto es, límites que todos pueden reconocer y confirmar independientemente y en completa ignorancia de las evaluaciones subjetivas de otros.

Otro malentendido igualmente común sobre la idea de propiedad privada se refiere a la clasificación de las acciones como permisibles o no, basándose exclusivamente en sus efectos físicos, esto es, sin considerar que cada derecho de propiedad tiene una historia (génesis temporal).

Si A está dañando físicamente la propiedad de B (por ejemplo, contaminando el aire o haciendo ruido), la situación tiene que ser juzgada de forma diferente dependiendo de quién estableció primero su derecho de propiedad. Si la propiedad de A fue establecida primero, y si él ha llevado a cabo las actividades objetables antes del establecimiento de la propiedad de B, entonces A puede continuar con sus operaciones. A ha establecido un derecho de uso. Desde el principio B adquirió una propiedad sucia o ruidosa, y si quiere una propiedad limpia y tranquila, tiene que pagar a A por esa ventaja. Por otro lado, si la propiedad de B fue establecida primero, entonces A debe suspender sus actividades; y si no quiere hacer tal cosa, debe pagar a B por esta ventaja. Cualquier otro veredicto es imposible e indefendible, pues mientras una persona esté viva y despierta, no puede no actuar. El que llega primero no puede, aunque quiera, esperar al que llega después y el permiso de éste para empezar a actuar. Se le tiene que permitir actuar inmediatamente. Y si no existe otra propiedad, además de la de él (porque el que llega después aún no ha llegado), entonces el rango de acción de uno debe considerarse limitado sólo por las leyes de la naturaleza. El que llega después sólo puede desafiar la legitimidad del que llega primero si él es dueño de los bienes afectados por las acciones del que llegó primero. Sin embargo, eso implicaría que el segundo podría ser dueño de cosas no apropiadas, esto es, cosas que aún no ha descubierto, o de las que aún no se ha apropiado mediante acción física. Eso significaría que al que llegó primero no le estaría permitido convertirse en el primer usuario de una entidad física previamente no descubierta ni apropiada.

IV

LA ECONOMIA DE LA PROPIEDAD PRIVADA

La idea de propiedad privada no sólo concuerda con nuestra intuición moral y es la única solución al problema del orden social. La institución de la propiedad privada es también la base de la prosperidad económica y del “bienestar social”. Mientras la gente actúe de acuerdo a las reglas de la institución de la propiedad privada, el bienestar social será optimizado.

Todo acto de apropiación original mejora el bienestar del apropiador (por lo menos ex-ante); de otra forma, no se llevaría a cabo. Al mismo tiempo, nadie empeora su situación con esta acción. Cualquier otra persona pudo haberse apropiado de los mismos bienes y territorios si sólo los hubiera reconocido como escasos y, por tanto, valiosos. Sin embargo, como ningún otro individuo realizó tal apropiación, nadie puede haber sufrido una pérdida de bienestar por culpa de la apropiación original. Por lo tanto, el tal llamado criterio de Pareto (que es científicamente legítimo hablar de una mejora en el bienestar social, sólo si un cambio particular aumenta el bienestar individual de por lo menos una persona y no deja a ninguna otra en peor condición) se alcanza. Un acto de apropiación original cumple con este requerimiento. Mejora el bienestar de una persona, el apropiador, sin disminuir la riqueza física (propiedad) de nadie. Todos los demás tienen la misma cantidad de propiedad que tenían antes y el apropiador ha ganado propiedad nueva, previamente inexistente. Hasta aquí, un acto de apropiación original siempre aumenta el bienestar social.

Cualquier acción posterior con bienes o territorios apropiados originalmente mejora el bienestar social, porque sin importar lo que una persona haga con su propiedad, lo hace para aumentar su bienestar. Tal es el caso cuando una persona consume su propiedad igual que cuando produce nueva propiedad a partir de la “naturaleza.” Todo acto de producción es causado por el deseo del productor de transformar una entidad de menor valor en una de mayor valor.

Finalmente, todo intercambio (transferencia) voluntario de propiedad apropiada o producida, de un dueño a otro, incrementa el bienestar social. Un intercambio de propiedad es posible sólo si ambos dueños prefieren lo que adquieren más que lo que entregan y por tanto esperan un beneficio del intercambio. Las dos personas ganan bienestar en todo intercambio de propiedad, y la propiedad bajo el control de los demás permanece inalterada.

En claro contraste, cualquier desviación de la institución de la propiedad privada tiene que conducir a pérdidas en el bienestar social.

En el caso de la co-propiedad igual y universal—comunismo universal en vez de propiedad privada—el precio a pagar sería la muerte instantánea de la especie humana, porque la co-propiedad universal significa que a nadie le está permitido hacer algo o moverse a algún lado. Cada desviación del orden de propiedad privada representa un sistema de desigual dominación y hegemonía. Esto es, sería un orden en el cual a una persona o grupo—los gobernantes, explotadores o Uebermenschen—le estaría permitido adquirir propiedad en diferente forma que por apropiación original, producción o intercambio, mientras que otra persona o grupo—los gobernados, explotados o Untermenschen—lo tendrían prohibido. Aunque la hegemonía es posible, eso conllevaría a pérdidas en el bienestar social y conduciría a un empobrecimiento relativo.

Si a A le es permitido adquirir un bien o un territorio del que B se ha apropiado como está indicado por signos visibles, el bienestar de A se incrementa a costa de la correspondiente pérdida de bienestar de B. No se cumple el criterio de Pareto y el bienestar social es sub-óptimo. Lo mismo ocurre con otras formas de gobierno hegemónico. Si A prohíbe a B apropiarse originalmente de una parte de la naturaleza sin dueño hasta ese momento, si A puede adquirir bienes producidos por B sin el consentimiento de B, si A puede dictar lo que B tiene permitido hacer con sus bienes apropiados o producidos (aparte del requerimiento de que uno no tiene permiso para dañar o deteriorar la propiedad de otros), en cada caso hay un “ganador,” A, y un “perdedor,” B. En todo caso, A aumenta su provisión de propiedades a costa de la correspondiente pérdida de propiedades de B. En ningún caso se cumple el criterio de Pareto y siempre resulta un sub-óptimo nivel de bienestar social.

Más aún, hegemonía y explotación conllevan a niveles futuros de producción reducidos. Toda reglamentación que concede control, parcial o total, a no-apropiadores, no-productores y no-comerciantes, sobre bienes apropiados, producidos o comercializados, conduce necesariamente a una reducción de futuros actos de apropiación original, producción y comercio mutuamente beneficioso. Para la persona que las lleva a cabo, cada una de estas actividades está asociada a ciertos costos, y los costos de llevarlas a cabo aumentan bajo un sistema hegemónico, y los de no llevarlas a cabo disminuyen. El consumo presente y la diversión se hacen más atractivos comparados con la producción (consumo futuro), y el nivel de producción caerá por debajo del nivel que hubiese sido de otra forma. Para los gobernantes, el hecho de que ellos puedan aumentar su riqueza expropiando la propiedad apropiada, producida o adquirida contractualmente por otros, conduce al desperdicio de la propiedad a disposición. Como a ellos les está permitido suplementar su fortuna futura por medio de expropiación (impuestos), se acentúa la orientación hacia el presente y el consumo (alta preferencia temporal), y como hasta donde sabemos ellos no usan sus bienes “productivamente,” la probabilidad de malas asignaciones, malos cálculos y pérdidas económicas se incrementa sistemáticamente.

V

EL PEDIGRÍ CLÁSICO

Como se mencionó al principio, la ética y la economía de la propiedad privada presentadas arriba no reclaman originalidad. En vez de eso, es una expresión moderna de la tradición “clásica” que viene desde los tiempos de Aristóteles, la Ley Romana, Aquino, los últimos Escolásticos españoles, Grotius y Locke.

En contraste con la utopía comunista contenida en La República de Platón, Aristóteles nos entrega una lista muy completa de las ventajas de la propiedad privada en La Política. Primero, la propiedad privada es más productiva. “Lo que es común al mayor número de personas recibe la menor cantidad de cuidado. Los hombres ponen más atención a lo que es de su propiedad; ellos se preocupan menos por lo que es común; o le prestan atención según el grado en que esté cada uno individualmente interesado. Incluso cuando no hay otra causa para la desatención, los hombres están más inclinados a descuidar su deber cuando piensan que otro lo está atendiendo.”

Segundo, la propiedad privada previene conflictos y promueve la paz. Cuando la gente tiene separados sus dominios de interés, “no habrá la misma base para peleas, y el grado de interés se incrementará, porque cada hombre sentirá que se está dedicando a lo que es suyo.” “Sin duda es un hecho observable que aquellos que tienen propiedad común, y comparten su administración, están con más frecuencia en desacuerdo entre sí, que aquellos que tienen propiedades individuales.” Más aún, propiedad privada ha existido siempre y en todas partes, mientras que espontáneamente nunca han aparecido utopías comunistas. Finalmente, la propiedad privada promueve la benevolencia y la generosidad. Permite a uno portarse así con los amigos necesitados.

La ley Romana, desde las Doce Tablas hasta el Código de Teodosio y el Corpus Justiniano, reconocieron el derecho a la propiedad privada como casi absoluto. La propiedad surgía de la posesión indiscutida, derechos de uso establecidos por previa utilización, el propietario podía hacer con su propiedad lo que quisiera y se reconocía la libertad de contrato. También, la Ley Romana hacía distinción importante entre ley ‘nacional’ (Romana)—ius civile—y ley ‘internacional’—ius gentium.

La contribución cristiana a esta tradición clásica—representada por Santo Tomás de Aquino y los últimos Escolásticos españoles así como también los Protestantes Hugo Grotius y John Locke—tiene dos partes. Ambas, Grecia y Roma, eran civilizaciones que permitían la esclavitud. Aristóteles, característicamente, consideraba la esclavitud como una institución natural. Por contraste, la civilización occidental—cristiana, con algunas excepciones, ha sido esencialmente una sociedad de hombres libres. De acuerdo a esto, para Aquino y también para Locke, cada persona tenía derecho de propiedad sobre sí mismo (auto-propiedad). Aristóteles, y la civilización clásica generalmente, desdeñaban el trabajo, el comercio, y el hacer dinero. En contraste, de acuerdo al Antiguo Testamento, la Iglesia alababa las cualidades del trabajo y la laboriosidad. Para Aquino y para Locke, fue a través del trabajo, el uso, y el cultivo de tierras previamente no utilizadas, que la propiedad primera empezó a existir.

Esta teoría clásica de propiedad privada, basada en auto-propiedad, apropiación original (homesteading), y contratos (transferencia de títulos), continuó encontrando eminentes proponentes, como J. B. Say. Sin embargo, desde su alta influencia en el siglo XVIII hasta muy recientemente, con el avance del movimiento rothbardiano, la teoría clásica se ha deslizado hacia el olvido.

Por dos siglos, la economía y la ética (filosofía política) se han ido separando desde su origen común en la doctrina de ley natural hasta convertirse en tareas intelectuales aparentemente no relacionadas. La economía se convirtió una ciencia “positiva” libre de valores que preguntaba “¿qué medios son apropiados para alcanzar un fin dado(presupuesto)? La ética se convirtió en una ciencia “normativa” (si es que acaso podía ser considerada ciencia) que preguntaba “¿qué fines (y qué medios) está uno justificado a elegir?” Como resultado de esta separación, el concepto de propiedad progresivamente desapareció de ambas disciplinas. Para los economistas, propiedad sonaba muy normativo; para los filósofos políticos, propiedad era economía mundana.

En contraste, Rothbard explicó que términos económicos elementales como intercambio directo e indirecto, mercados y precios de mercado, agresión, crimen, falta civil, y fraude no pueden definirse o entenderse sin una teoría de propiedad. Ni tampoco es posible establecer los teoremas económicos que relacionan estos fenómenos, sin la noción implícita de propiedad privada. Una definición y teoría de propiedad tienen que preceder la definición y establecimiento de todos los otros términos y teoremas económicos.

La singular contribución de Rothbard, desde comienzos de 1960 hasta su muerte en 1995, fue el redescubrimiento de la propiedad y los derechos de propiedad como fundamento común de ambas, economía y filosofía política, y la reconstrucción sistemática y la integración conceptual de la moderna economía marginalista y la filosofía política de ley natural en una ciencia moral unificada: el libertarianismo.

VI

LAS DESVIACIONES DE CHICAGO

Al mismo tiempo que Rothbard restauraba el concepto de propiedad privada a su posición central en economía y reintegraba la economía y la ética, otros economistas y teóricos legales asociados con la Universidad de Chicago, como Ronald Coase, Harold Demsetz y Richard Posner estaban empezando también a redireccionar la atención profesional al tema de la propiedad y los derechos de propiedad.

Sin embargo, mientras para Rothbard la propiedad privada y la ética lógicamente precedían a la economía, para los otros la propiedad privada y la ética estaban subordinadas a la economía y a las consideraciones económicas. De acuerdo a Posner, cualquier cosa que incremente el bienestar social es justo.

La diferencia entre las dos posiciones puede ilustrarse considerando un caso que Coase plantea: Un ferrocarril corre al costado de una granja. El motor produce chispas que dañan la cosecha del granjero. ¿Qué se debe hacer?

Desde el punto de vista clásico, lo que se necesita establecer es quién estaba allí primero, ¿el granjero o el ferrocarril? Si el granjero estaba allí primero, entonces puede forzar al ferrocarril a detenerse, o pedir compensación. Si el ferrocarril estaba allí primero, entonces puede continuar produciendo chispas y el granjero tendría que pagar al ferrocarril si no quiere chispas.

Desde el punto de vista de Coase, la respuesta tiene dos partes. Primero y “positivamente” Coase sostiene que no importa como sean asignados los derechos de propiedad y la responsabilidad legal mientras sean asignados y mientras (de forma irreal) los costos de transacción sean cero.

Coase sostiene que es erróneo pensar en el granjero y el ferrocarril como “correcto” o “incorrecto” (responsable), o como “agresor” o “víctima”. “El asunto a menudo se piensa como uno en el que A inflige daño a B y lo que tiene que decidirse es, ¿Cómo deberíamos detener a A? Pero eso es incorrecto. Estamos tratando un problema de naturaleza recíproca. Evitar el daño a B sería infligir daño a A. La cuestión real que tiene que decidirse es, ¿Debería permitirse a A dañar a B, o que B haga daño a A? El problema es evitar el daño más serio.”

Más aún, dada la “igual” estatura moral de A y B, para la asignación de recursos económicos no importa a quien tenía primero los derechos de propiedad. Supongamos que el daño a la cosecha del granjero A es de $1,000, y el costo del aparato de captura de chispas (ACC) para el ferrocarril B es de $750. Si a B se le encuentra responsable del daño a la cosecha, B instalará un ACC o dejará de operar. Si a B se le encuentra no responsable, entonces A pagará una suma entre $750 y $1,000 a B para que instale un ACC. Ambas posibilidades dan como resultado la instalación de un ACC. Ahora supongamos que invertimos los números: El daño a la cosecha es de $750 y el costo del ACC es de $1,000. Si a B se le encuentra responsable, pagará $750 a A, pero no instalará el ACC. Y si B es encontrado no responsable, A no podrá pagar a B lo suficiente para instalar el ACC. De nuevo, ambos escenarios terminan con el mismo resultado; no habrá ACC. Por tanto, sin importar cómo estaban inicialmente asignados derechos de propiedad, según Coase, Demsetz y Posner, la asignación de factores de producción será la misma.

Segundo y “normativamente”—y para el único caso real de costos de transacción positivos—Coase, Demsetz y Posner piden a los tribunales que asignen los derechos de propiedad de las partes en conflicto, de tal forma que la “riqueza” o el “valor de producción” sean maximizados. Para el caso que acabamos de considerar eso significa que si el costo del ACC es menor que el daño a la cosecha, el tribunal debe ponerse del lado del granjero y declarar responsable al ferrocarril. Por otro lado, si el costo del ACC es mayor que los daños a la cosecha, entonces el tribunal de estar del lado del ferrocarril y declarar responsable al granjero. Posner da otro ejemplo. Una fábrica emite humo, y al hacerlo deteriora el valor de las propiedades residenciales. Si el valor de las propiedades se reducen en $3 millones y el costo de relocalización de la fábrica es de $2 millones, la planta debe ser considerada responsable y forzada a relocalizarse. Pero si invertimos los números—el valor de las propiedades se reduce en $2 millones y el costo de relocalización es $3 millones—la fábrica se puede quedar y podrá continuar emitiendo humo.

Ambas afirmaciones, positiva y normativa, de la escuela de ley y economía de Chicago deben ser rechazadas. Y para la afirmación de que no importa quién tenía inicialmente los derechos de propiedad, hay tres respuestas. Primero, como Coase ha tenido que admitir, ciertamente sí importa al granjero y al ferrocarril a quién se le asignan los derechos. Importa no sólo cómo se asignan los recursos sino también a quién pertenecen.

Segundo y más importante, para el valor de la producción social sí importa, fundamentalmente, cómo son asignados los derechos de propiedad. Los recursos asignados a negocios productivos no son simplemente dados. Ellos mismos son el resultado de actos previos de apropiación original y producción, y qué tanta apropiación y producción hay depende del incentivo de apropiadores y productores. Si los apropiadores y productores son los dueños absolutos de lo que se han apropiado y producido—esto es, si no son encontrados legalmente responsables frente a segundos o terceros por actos de apropiación y producción—entonces el nivel de riqueza será maximizado. Por otro lado, si a los apropiadores originales y a los productores se les encuentra legalmente responsables frente a los que llegan después, como está implicado en la doctrina de “reciprocidad de daño” de Coase, entonces el valor de la producción será más bajo de lo que en otro caso pudiese haber sido. Es decir, la doctrina del “no importa” es contra-productiva para la meta establecida de maximización de bienestar.

Tercero, la afirmación de Coase de que el uso de los recursos no será afectado por la asignación inicial de los derechos de propiedad no es generalmente cierta. De hecho, es fácil producir contra-ejemplos. Suponga que el granjero no pierde $1,000 en cosechas a causa de las chispas del ferrocarril, sino que pierde un jardín de flores que tiene un valor para él de $1,000 pero que no tiene valor alguno para alguien más. Si los tribunales asignan responsabilidad al ferrocarril, se instalará el ACC de $750. Si la corte no asigna responsabilidad al ferrocarril, el ACC no se instalará porque el granjero simplemente no tiene fondos suficientes para sobornar al ferrocarril para que lo instale. La asignación de recursos es diferente dependiendo de la asignación inicial de derechos de propiedad.

Similarmente, hay tres respuestas contra la afirmación normativa de la escuela de ley y economía de Chicago de que los tribunales deberían asignar derechos de propiedad de tal modo que se maximice el bienestar social. Primero, cualquier comparación de utilidad interpersonal es científicamente imposible, sin embargo los tribunales entran a hacer tales comparaciones sin sentido siempre que quieren hacer un análisis de costo-beneficio. Tales análisis de costo-beneficio son tan arbitrarios como las suposiciones en que se basan. Por ejemplo, asumen que los costos psíquicos pueden ser ignorados y que la utilidad marginal del dinero es constante e igual para todos.

Segundo, como muestran los ejemplos numéricos dados anteriormente, los tribunales asignan derechos de propiedad en forma diferente dependiendo de los datos cambiantes del mercado. Si el ACC es menos costoso que el daño a la cosecha, el granjero tiene el derecho, mientras que si el ACC es más costoso que el daño, el ferrocarril tiene el derecho. Es decir, diferentes circunstancias llevarán a una re-distribución de los títulos de propiedad. Nunca nadie podría estar seguro de su propiedad. La incertidumbre legal se haría permanente. Esto no parece ni justo ni económico; más aún, ¿quién en su sano juicio acudiría a una corte que ha anunciado que podría re-asignar títulos de propiedad existentes en el transcurso del tiempo, dependiendo de las cambiantes condiciones del mercado?

Finalmente, una ética debe tener no sólo permanencia y estabilidad frente a circunstancias cambiantes; una ética tiene que permitir a uno tomar una decisión entre “justo e injusto” antes de actuar, y debe referirse a algo que esté bajo el control del actor. Tal es el caso de la ética clásica de propiedad privada y su principio de primer-usuario-primer-dueño. De acuerdo a esta ética, actuar con justicia significa que una persona emplee sólo los recursos justamente adquiridos—recursos apropiados originalmente, producidos o adquiridos contractualmente de un dueño anterior—y que los emplee de tal forma que no dañe físicamente la propiedad de otros. Toda persona puede determinar de antemano si se cumple o no esta condición, y tiene control sobre si sus acciones dañarán físicamente la propiedad de otros. En claro contraste, la ética de maximización de bienestar falla en ambos casos. Nadie puede determinar ex-ante si sus acciones conducirán o no a la maximización del bienestar social. Si es que acaso eso se puede determinar, sólo puede hacerse después de los hechos. Nadie tiene tampoco control sobre si sus acciones maximizan o no el bienestar social. Eso depende de las acciones y evaluaciones de otros. Y una vez más, ¿quién en su sano juicio se sometería al dictamen de un tribunal que no le permitió saber de antemano cómo actuar correctamente, ni cómo evitar actuar injustamente, sino que emitirá un juicio después de los hechos?

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Del Acompañamiento Elgar
Para La Economía de la Propiedad Privada
Editado por Enrico Colombatto
Londres: Edward Elgar, 2004

Traducción original: Rodrigo Betancur
Revisión: Dante Bayona

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Como Luchar contra el Estado Moderno

Por Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano

Para acabar, la explicación detallada del significado de este estrategia revolucionaria de abajo arriba. Para esto, volvamos a mis anteriores comentarios acerca del uso defensivo de la democracia. Es decir, el uso de medios democráticos para libertarios no democráticos a favor de la propiedad privada. He llegado ya aquí a dos ideas preliminares.

Primero, de la imposibilidad de una estrategia de arriba abajo, se deduce que se debería emplear poca o ninguna energía, tiempo y dinero en disputas políticas nacionales, como las elecciones presidenciales. Y tampoco en disputas por el gobierno central, en particular, menos esfuerzos en carreras senatoriales que al Congreso, por ejemplo.
Segundo, de la idea del papel de los intelectuales en la conservación del sistema actual, la presente trama de protección, se deduce que igualmente se debería emplear poca o ninguna energía, tiempo y dinero tratando de reformar la educación o la universidad desde el interior. Por ejemplo, dotando de cátedras de libre empresa o propiedad privada dentro del sistema universitario establecido, solo se ayuda a dar legitimidad a la misma idea a la que intentamos oponernos. La educación oficial y las instituciones de investigación deben dejar de financiarse y secarse sistemáticamente. Y para hacerlo, todo apoyo a la obra intelectual, como tarea esencial de esta tarea general que afrontamos, debería por tanto darse a instituciones y centros decididos a hacer precisamente esto.

Las razones para ambos consejos son claras: Ni la población en su conjunto ni todos los educadores e intelectuales en concreto son ideológicamente completamente homogéneos. Y aunque sea imposible conseguir una mayoría para un programa decididamente antidemocrático a escala nacional, no parece que sea una dificultad insuperable obtener dicha mayoría en distritos suficientemente pequeños o para funciones locales o regionales dentro de la estructura general del gobierno democrático. De hecho, no parece haber nada irrealista en suponer que esas mayorías existan en miles de ubicaciones. Es decir, ubicaciones dispersas en todo el país, pero no dispersas por igual. (…)

¿Pero qué pasa entonces? Todo lo demás resulta casi automáticamente del objetivo final, que debe mantenerse permanentemente en mente, en todas las actividades: la restauración de abajo arriba de la propiedad privada y el derecho a la protección de la propiedad; el derecho de autodefensa, a excluir e incluir y a la libertad de contratación. Y la respuesta puede dividirse en dos partes.

Primero, qué hacer dentro de estos muy pequeños distritos, en los que pueda ganar un candidato a favor de la propiedad privada y de personalidad antimayoritaria. Y segundo, qué hacer con los niveles superiores del gobierno y especialmente con el gobierno federal central. Primero, como paso inicial, me refiero ahora a lo que debería hacerse a nivel local, cuál debería ser el asunto esencial del programa: debe intentar restringir el derecho de voto en impuestos locales, en particular en impuestos y regulaciones de la propiedad, a los dueños de propiedades e inmuebles. Solo debe permitirse votar a los dueños de propiedades y su voto no ha de ser igual, sino de acuerdo con el valor de la propiedad y la cantidad de impuestos pagados.

Además, todos los funcionarios (maestros, jueces, policías) y todos los receptores de ayudas sociales deben quedar excluidos de votar sobre asuntos de impuestos y regulaciones locales. Esta gente está pagada con impuestos no debería tener nada que decir respecto de los altos que sean estos. Con este programa, por supuesto, uno no puede ganar en todas partes: no puedes ganar en Washington DC con un programa como este. Pero me atrevo a decir que en muchos lugares esto puede conseguirse fácilmente. Estas ubicaciones tienen que ser suficientemente pequeñas y tienen que tener un buen número de gente decente.

Por consiguiente, los impuestos locales, así como el ingreso fiscal local disminuirán inevitablemente. Los valores de las propiedades y la mayoría de las rentas locales aumentarían, mientras que la cifra y los emolumentos de los funcionarios bajarían. Ahora, y este es el paso más decisivo, deben hacerse las siguientes cosas y tener siempre en mente que estoy hablando de distritos territoriales y pueblos muy pequeños.

En esta crisis de financiación pública que se produzca una vez que el derecho de voto se haya quitado a la masa, para salir de esta crisis, todos los activos públicos locales deben privatizarse. Debería hacerse un inventario de todos los edificios públicos, y al nivel local no es mucho (escuelas, bomberos, comisarías de policía, tribunales, carreteras, etc.) y luego distribuirlo a los propietarios locales de acuerdo con los impuestos pagados toda su vida (impuestos a la propiedad) que hayan abonado. Después de todo, esto es suyo, pagaron esas cosas. (…)

Sin aplicación local por parte de autoridades locales cumplidoras, la voluntad del gobierno central es poco más que aire caliente. Pero este apoyo y cooperación locales son precisamente lo que tiene que faltar. Es verdad que mientras el número de comunidades liberadas sea menor, las cosas pueden parecer algo peligrosas. Sin embargo, incluso durante esta fase inicial en la lucha de liberación, se puede mantener la confianza.

Parecería prudente durante esta fase evitar una confrontación directa con el gobierno central y no denunciar abiertamente su autoridad o incluso abjurar del país. Más bien parece recomendable realizar una política de resistencia pasiva y no cooperación. Simplemente se deja de ayudar a la aplicación de todas y cada una de las normas federales. Se supone la siguiente actitud: “Esas son tus normas y tú las aplicas. No puedo impedírtelo, pero tampoco te ayudaré, ya que mi único compromiso es con mis electores locales”. (…)

Publicado el 16 de agosto de 2013. El artículo original se encuentra aquí.
[Extraído de What Must Be Done, conferencia dada en 1997]

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En Defensa del Racionalismo a Ultranza.

Reflexiones sobre la “La Retórica de la Economía“ de Donald McCloskey

Hans-Hermann Hoppe

Revisión de “The Rhetoric of Economy“ de Donald McCloskey (Madison: University of Wisconsin Press, ® 1985 por la Junta de Regentes de la Universidad de Wisconsin).

Índice de contenido

1.El Relativismo de la Hermenéutica y la Retórica y las Reivindicaciones del Racionalismo            2

2.La Hermenéutica frente al Empiricismo ― El Racionalismo frente a ambos (Primera Parte)            11

3.La Hermenéutica frente al Empirismo ― El Racionalismo frente a ambos (Segunda Parte)            22

4.El Racionalismo y los Fundamentos de Economía

1                                          Revista de Economía Austriaca, Volumen 3

1. El Relativismo de la Hermenéutica y la Retórica y las Reivindicaciones del Racionalismo

Durante algún tiempo, el establishment dominante en el ámbito de la Filosofía se ha visto atacado por gentes como Paul Feyerabend, Richard Rorty, Hans G. Gadamer y Jacques Derrida. Una suerte de movimiento que ya ha conquistado a numerosos miembros de la profesión filosófica y que está ganando terreno, no sólo en disciplinas blandas como la Crítica Literaria y la Sociología, sino incluso en las duras como las Ciencias Naturales. Con la obra de Donald McCloskey “The Rhetoric of Economics“ (Madison: University of Wisconsin Press, 1985) este movimiento está dispuesto a invadir el terreno de laEconomía. Sin embargo, no es solamente un economista ortodoxo neoclásico de Chicago como McCloskey quien predica la nueva teoría; también G.L.S. Shackle y Ludwig Lachmann, autor que se sitúa en los márgenes de la Escuela Austriaca de Economía, y también los hermenéuticos de la George Mason University apoyan el nuevo credo.

Sin embargo, este credo no es completamente nuevo. Es la antigua melodía de escepticismo y nihilismo, de relativismo epistemológico y ético lo que se canta aquí con renovadas, modernas y variadas voces. Richard Rorty, uno de los campeones destacados de ese credo, la ha presentado con admirable franqueza en su “Philosophy and The Mirror of Nature (“La Filosofía y el Espejo de la Naturaleza“). 1 Quien se opone a este viejo movimiento, aunque renovado, es el Racionalismo y, en particular, la Epistemología como producto del Racionalismo. El Racionalismo, escribe Rorty:

Es un deseo de límites —un deseo de encontrar “cimientos” a los que aferrarse, estructuras más allá de las cuales uno no debe aventurarse, objetos que se impongan, representaciones, que no se puedan contradecir—. (pág. 315)

La noción dominante de la Epistemología es que para ser racional, para ser plenamente humanos, para hacer lo que debemos, tenemos que ser capaces de llegar a acuerdos con otros seres humanos. Construir una Epistemología es encontrar el mayor número de puntos en común con los demás. Suponer que se puede elaborar una Epistemología implica asumir que esa base común existe (pág. 326).

Sin embargo, Rorty afirma que no existe tal base común: por lo que el falso ídolo del Racionalismo debe caer y se debe adoptar una posición “relativista”, denominada Hermenéutica.

  1. Princeton, N.J.: Princeton University Press, 1979.

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La Hermenéutica ve las relaciones entre varios discursos como hebras de un posible diálogo o conversación, una conversación que no presupone la existencia de ninguna matriz que discipline a los que hablan, pero donde la esperanza de acuerdo nunca se pierde mientras la conversación dure. Esta esperanza no se orienta a descubrir los antecedentes de un preexistente terreno común, sino que es simplemente esperanza de acuerdo o, al menos, emocionante y fructífero desacuerdo. La Epistemología ve la esperanza de acuerdo como una señal de la existencia de puntos en común entre los interlocutores que, quizá sin su conocimiento, les une en una racionalidad común. Para la Hermenéutica, ser racional es estar dispuesto a ignorar la Epistemología —es creer que existe un conjunto especial de términos en los que todas las contribuciones a la conversación se deben expresar— y estar dispuesto a aceptar la jerga del interlocutor en lugar de traducirla a la propia. Para la Epistemología, ser racional es encontrar el conjunto adecuado de términos a los que traducir todas las contribuciones para que el acuerdo pueda llegar a ser posible. Para la Epistemología, la conversación es investigación implícita. Para la Hermenéutica, la investigación es una conversación rutinaria (pág. 318).

Lo que Rorty denomina Hermenéutica, McCloskey lo llama Retórica. En “La Retórica de la Economía“, intenta persuadirnos de que en Economía, al igual que en cualquier juego de lenguaje en el que participemos, la pretensión racionalista y epistemológica de proporcionar una base común que haga que sea posible el acuerdo-sobre-algo-objetivamente-cierto está fuera de lugar. La Economía también es mera retórica. Es otra contribución a la conversación de la humanidad, otro intento de mantener una rutina. No existe para descubrir la verdad sino por sí misma; no persigue convencer a nadie de nada sobre la base de criterios objetivos, porque no existen, simplemente su objetivo es ser persuasiva, persuadir por persuadir.

La Retórica es el arte de hablar. En términos más generales, consiste en el estudio de cómo se convence a la gente, (pág. 29)

La Retórica … es la caja de herramientas que sirve a la persuasión en su conjunto, que está a disposición de quienes quieren persuadir a otros, lo hagan bien o mal (Págs. 37-38).

[La Economía debe aprender las lecciones de la crítica literaria]. La crítica literaria no se limita a emitir juicios respecto de si una obra es buena o mala; en sus formas más recientes la cuestión difícilmente se plantea. Principalmente se preocupa de hacer ver a los lectores en qué medida poetas y novelistas consiguen los

  • 3             El Relativismo de la Hermenéutica y la Retórica y las Reivindicaciones del

Racionalismo

resultados que se proponen. Una crítica económica … no consiste en emitir un juicio sobre la economía. Es una forma de mostrar cómo consigue sus resultados. Aplica los mecanismos de la crítica literaria a los textos de Economía (pág. XIX)

[La categorías verdad y falsedad no tienen ningún papel en este esfuerzo. Los estudiosos] se dedican a otras cosas, pero son cosas que solamente tienen una relación incidental con la verdad. Lo hacen no porque son inferiores a los filósofos en su fibra moral, sino porque son seres humanos. La búsqueda de la verdad constituye una pobre teoría de la motivación humana y no como imperativo moral no funciona. Los científicos humanos persiguen la persuasión, la belleza, resolver la perplejidad, obtener datos que se les resisten, la sensación de un trabajo bien hecho y los honores y los ingresos profesionales … La idea misma de la Verdad —con mayúscula, algo que esté más allá de lo meramente persuasivo para todos los interesados— es una quinta rueda. … Si decidimos que la Teoría Cuantitativa del Dinero o la Teoría de la Productividad Marginal de la distribución son persuasivas, interesantes, útiles, razonables, atractivas, agradables, … no necesitamos saber que además son ciertas … [Hay] argumentos concretos, buenos o malos. Después de exponerlos, no hay razón para formular una última pregunta del tipo: “Bien pero ¿Es eso verdad?” Es lo que sea —persuasiva, interesante, útil y asísucesivamente… No hay ninguna razón para buscar una cualidad general denominada Verdad (pág. 46-47).

[La Economía, en particular, y la ciencia, en general, son como las artes;2 la Ley de la Demanda es convincente o persuasiva exactamente de la misma manera que un poema de Keats; 3 y del mismo modo, ya que no existe una fórmula metodológica para el avance de la expresión artística tampoco existe ninguno para el avance de la Economía. La Retórica cree que la ciencia avanza por medio de una saludable conversación, no mediante adhesión a una metodología … La vida no es tan sencilla como para que un economista pueda ser mejor en lo que hace por el mero hecho de haber leído un libro (pág. 174).

  • Ésta es también la tesis del libro de Paul Feyerabend, Wissenschaft als Kunst (Frankfurt/M.:

Suhrkamp, 1984).

  • Véase la entrevista con McCloskey in the Institute for Humane Studies Newsletter Institute Scholar, vol. 6, no. 1 (1986): 7.

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Lo cierto es que después de todo esto uno ha de contener la respiración. ¿Pero acaso no ha sido esta doctrina reiteradamente refutada por el Racionalismo por ser en sí misma contradictoria y, si se toma en serio, por carecer de sentido y ser fatalmente peligrosa? Libros como el de McCloskey pueden en efecto conseguir que la vida no sea ni mejor ni más fácil. Pero esto es así solamente en la medida en que uno siga su consejo; ¿Y no sería la vida, de hecho, peor si uno realmente lo siguiera?

Considérese lo siguiente: después de leer a Rorty y a McCloskey, ¿No sería acaso apropiado preguntar: “¿Qué pasa, entonces, con sus propias conclusiones?” Si no existe una verdad basada en un terreno común y objetivo, entonces, de toda la charla precedente no pueden con seguridad pretender extraer ninguna conclusión verdadera. De hecho, sería auto-destructivo hacer lo que parecen estar haciendo: negar que cualquier premisa pueda ser objetiva, mientras al mismo tiempo afirman lo contrario respecto de sus propios puntos de vista. De hacerlo, uno falsearía el contenido de su propia afirmación. Uno no puede aducir lo que uno niega. 4 Por lo tanto, para entender a Rorty y a McCloskey correctamente, primero hay que darse cuenta de que no pueden realmente estar diciendo lo que parecen estar diciendo. Tampoco puedo yo decir aquí nada que pretenda ser objetivo y cierto. No, su discurso, y el mío, solo pueden ser entendidos como mera aportación a su entretenimiento y al mío.

Pero entonces, ¿Por qué tenemos que escucharles? Después de todo, si la verdad como tal no existe y, en consecuencia, no hay distinción objetiva entre proposiciones que se proclaman verdaderas y cualesquiera otras, entonces, evidentemente, nos encontramos ante una situación en la que la permisividad intelectual lo impregna todo. 5 Si cada afirmación no es más que otra contribución a la conversación de la humanidad, cualquier cosa que se diga es potencialmente tan buena candidata para mi entretenimiento como cualquier otra. Pero ¿Por qué molestarse en escuchar esa charla permisiva en la que todo vale? McCloskey podría responder: “Porque tu conversación o la mía son convincentes“. Pero eso no cambiará mucho, suponiendo que cambie algo. Yaque de acuerdo con su doctrina, las categorías “persuasivo” y “no persuasivo” no son simplemente sinónimos de “verdadero” y “falso”. La cuestión carecería por completo de sentido si lo fueran. No, él nos está diciendo que algo es persuasivo, porque de hecho ha conseguido persuadir, porque ha dado lugar a un acuerdo. Ir más allá de esto y preguntar: “Vale, pero ¿Es correcto aquello de lo que he sido persuadido?” sería una pregunta por completo inadecuada. De

  • Sobre esta “Argumentación Apriorística”, véase a K.O. Apel, “Transformation der Philosophie“, vol. II (Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1973).
  • Conectado al movimiento hermenéutico, la expresión permisividad intelectual fue acuñada por Henry Veatch en su ensayo “Deconstruction in Philosophy: Has Rorty Made it the Denouement of Contemporary Analytical Philosophy? Review of Metaphysics, 39, December 1985.
  • 5                  El Relativismo de la Hermenéutica y la Retórica y las Reivindicaciones del

Racionalismo

hecho, con respecto a cualquiera de estas preguntas, tendría que decir que el problema mismo de determinar si algo, que nos ha convencido, estaba basado o no en un discruso correcto se tendría una vez más que decidir a la luz de lo convincente de esa persuasión; es por ello, que su rechazo de la idea de verdad objetiva es coherente; que la idea de acabar con lo que es mera charla y de asentarla sobre algo que no sea, de nuevo, hablar por hablar es falaz; y que la verdad no es pues otra cosa que la creencia subjetiva de que lo que uno cree es objetivamente cierto. 6 Pero si ésta es su posición, entonces su discurso, por persuasivo o no persuasivo que sea, de hecho, puede efectivamente no ser más que una mera diversión o entretenimiento. Tampoco se puede pretender que esta afirmación, con respecto a lo que significa hablar, sea una verdad objetiva; también la misma puede solamente servir para divertir o entretener.

Por ello parece que la primera pregunta que habría que hacer respecto a libros como el de McCloskey tendría que ser: “¿Nos resulta entretenido?“. Sin lugar a dudas más de un lector responderá que sí y McCloskey podría entonces pensar que efectivamente ha alcanzado lo que se proponía. Sin embargo, ¿Es verdad? ¿O el sentimiento del lector de estar disfrutando de un buen entretenimiento viene sólo motivado por el hecho de que malinterpretó lo que había leído y lo entendió como algo que pretendía ser cierto pero que, en efecto, quien lo escribió no buscaba que lo fuera? Y no tendría el lector, una vez concienciado de ello, que haber cambiado de opinión? En cuyo caso el discurso de McCloskey está claro que no encajaría en ninguna categoría diferente de la de un novelista o un poeta. Sin embargo, en lo concerniente a su prosa, y en competencia directa con cualquier novela o poema escritos para entretenernos, sostengo que el libro de McCloskey es meramente aburrido y que fracasa estrepitosamente en su propósito.

Pero ¿Puede su libro resultar un mal entretenimiento sin dejar de estar indispensablemente comprometido con la noción de un ámbito común que sirva de base a una verdad objetiva? El Racionalismo niega que sea posible. Afirma que el concepto de verdad, de la verdad objetiva, de la verdad basada en una realidad exterior a la del lenguaje mismo, es indispensable para

  • McCloskey pregunta: “¿No nos hace falta nada más, aparte del mero hecho social de que un argumento demuestre ser persuasivo?” No, replica, “el enfrentamiento verbal es una autorefutación. La persona que lo suscita

[es decir, quien plantea la cuestión anterior]

, con el acto mismo de tratar de convencer a alguien de que la mera persuasión no es suficiente, está apelando a un patrón o norma social, no epistemológica” (págs. 38-39). Irónicamente, sin embargo, esteargumento no prueba su tesis. Por el contrario, el argumento puede decirse que es persuasivo sólo porque una posición que se contradice a sí misma se considera como falsa, y no se considera falsa cuando ha dado lugar a un acuerdo. Pero si yo no aceptara el acuerdo, ¿No debería considerarse que el argumento es falso?

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cualquier conversación, que el lenguaje presupone racionalidad, y por lo tanto que es imposible librarse de la noción de verdad objetiva, para que uno pueda participar en cualquier uso del lenguaje. Porque ¿De qué otra forma podríamos averiguar si a alguien de verdad le divirtió algo o si le convenció, si entendió o no lo que fuera que se dijera para divertirle y convencerle? Y lo que es más, ¿Existe algo que tenga algún sentido y que sea por ello comprensible, en vez de ser meras palabras al viento? Está bastante claro que no podemos pretender saber nada de esto a menos que dispongamos de un lenguaje común provisto de conceptos comúnmente entendidos como “convencido” o “divertido” y de cualquier otro término que utilicemos en nuestra conversación. De hecho no podríamos pretender negar todo esto sin tener que presuponer otra serie de conceptos comúnmente entendidos. Y con la misma claridad, este ámbito o espacio común que debe presuponerse si queremos decir cualquier cosa que tenga sentido, no está solamente formado por sonidos que flotan libremente en el aire en armonía unos con otros. Por el contrario, es el denominador común formado por los conceptos que se utilizan y aplican cooperativamente en el transcurso de un asunto práctico, en una interacción. Y de nuevo, al hacer esta reivindicación, uno posiblemente no podría negar que esto sea así sin presuponer que uno podría efectivamente establecer cooperativamente cierta base común con respecto a la aplicación práctica de algunos términos.

El lenguaje, entonces, no es un medio etéreo desconectado de la realidad, sino que es en sí mismo una forma de acción. Brota de la cooperación práctica y así, por medio de la acción, está inseparablemente conectado a un mundo objetivo. Hablar de algo, tanto si es ficticio como real, implica inevitablemente una forma de cooperación y por lo tanto supone un terreno común de términos definidos y aplicados de manera objetiva.7 No en el sentido de que uno siempre tenga que estar de acuerdo con el contenido de lo que se diga o que uno tenga que entender todo lo dicho. Sino más bien, en el sentido de que mientras uno se reivindica para expresar algo que tenga algún sentido, debe suponer la existencia de algunos patrones comunes, aunque sólo sea para poder llegar a un acuerdo sobre sí, o no, y en qué sentido, uno está, en efecto, de acuerdo con los demás, y sí, o no, y en qué medida, uno efectivamente comprende lo que se ha dicho. Y esos patrones comunes tienen que ser asumidos como algo objetivo en cuanto que implican la aplicación de conceptos de la realidad. Decir pues que no existe una base común es contradictorio. El hecho mismo de que esta declaración pueda pretender tener algún sentido implica que existe ese terreno común. Implica que los términos pueden ser aplicados de manera objetiva y asentarse sobre una realidad común de acción como presupuesto práctico del lenguaje.

  • Sobre la inseparable conexión entre el lenguage y la acción, véase esp. Ludwig Wittgenstein, “Philosophische Untersuchungen, in Schriften“, vol. I (Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1963).
  • 7                El Relativismo de la Hermenéutica y la Retórica y las Reivindicaciones del

Racionalismo

Por lo tanto, si McCloskey tuviera razón y no hubiera en efecto ninguna verdad objetiva, ni siquiera podría pretender que su libro divirtiera o entretuviera a nadie. Sus escritos no tendrían sentido, serían indistinguibles del traqueteo de su máquina de escribir. Sería partidario de una aún mayor permisividad intelectual que la inicialmente prevista. No sólo tendría que abandonar la distinción entre proposiciones que proclaman ser verdaderas y proposiciones que simplemente quieren entretener, sino que su permisividad iría tan lejos como para no admitir ninguna distinción entre un discurso que tiene significado y un conjunto de sonidos ininteligibles. Porque uno ni siquiera puede aspirar a entretener con un discurso que, siendo comprensible, no contenga ninguna certeza, sin saber qué es objetivamente verdad y poder distinguir entre proposiciones que persiguen la verdad y aquellas afirmaciones (por ejemplo en una charla sobre un objeto fingido) que no implican ninguna pretensión en ese sentido.

Y hay más. Porque ¿Cómo pueden McCloskey o Rorty reconciliar su punto de vista sobre la ciencia como mera charla con la defensa que hacen de la ética en el discurso, en el habla? Una ética que McCloskey describe de la siguiente manera:

No mientas [pero ¿Cómo podríamos hacerlo, si no existe algo que sea verdad objetiva? Hans Herman Hoppe]; presta atención; no desprecies; coopera; no grites; deja que otras personas hablen; sé abierto de mente; explícate cuando se te pregunte; no recurras a la violencia y a la conspiración en ayuda de tus ideas, (pág. 24)

¿Por qué debemos seguir su consejo, prestar atención a lo que se dice y no recurrir a la violencia, sobre todo en vista del hecho de que lo que se defiende aquí es una forma de habla en la que vale todo y en la que todo lo que se diga es tan merecedor de atención como cualquier otra cosa? ¡ Desde luego no es evidente que uno deba prestar mucha atención al habla si solo en eso consiste! Por otra parte, sería francamente fatal seguir esa ética. Para que cualquier ética humana sea viable debe permitir que, evidentemente, la gente pueda hacer otras cosas además de hablar, aunque sólo sea para que un único superviviente pueda plantearse alguna cuestión ética; la charla-ética de McCloskey, sin embargo, nos da precisamente un tipo de consejo que es mortal, el de no dejar de hablar o no dejar de escuchar lo que otros digan. Además, el propio McCloskey y sus compañeros hermenéuticos tienen que admitir que de todos modos no pueden tener ninguna razón objetiva para proponer su ética. Porque si no hay patrones objetivos para la verdad, entonces se ha de cumplir también que las propuestas éticas de uno no

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pueden pretender estar objetivamente justificadas tampoco.8 ¿Pero qué hay de malo entonces en que todo esto no nos convenza y en que, en lugar de seguir escuchando a McCloskey y como él mismo prescribe, le propinemos de inmediato un golpe en la cabeza y no esperamos hasta que se muera de tanto hablar? Está claro que si McCloskey tuviera razón, nada podría decirse de ello que fuese objetivamente malo (De hecho, ¿No tendría uno que concluir que McCloskey ni siquiera podría decir que ha sucedido algo objetivo?). Él podría no considerar mi acto de agresión como una aportación al diálogo de la humanidad (aunque llegados a este punto ya sabemos que él ni siquiera podría pretender objetivamente saber … que eso es lo que pasó), pero si el diálogo-ético no pudiera por sí anclarse a algo objetivo ajeno al diálogo mismo, y si, en cambio, a uno entonces le resultase más convincente una ética de la agresión y decidiera terminar el diálogo de una vez por todas mediante un ataque preventivo, McCloskey tampoco podría encontrar nada objetivamente malo en ello.

Por lo tanto, los hermenéuticos y retóricos no solo predican permisividad intelectual sino también una total permisividad práctica —permisividadepistemológica y, como reverso de la misma moneda, relativismo ético— 9. Sin embargo, es imposible aceptar un relativismo como ése, porque es erróneo, en el sentido más objetivo por ser literalmente incompatible con nuestra naturaleza como actores. Del mismo modo que es imposible decir y querer decir que no hay tal cosa como una verdad objetiva sin que ello presuponga aplicar los términos con arreglo a criterios objetivos, también es efectivamente imposible defender el relativismo ético. Como para defender cualquier posición ética uno ha de poder comunicarse, no se le puede cerrar la boca y silenciar coactivamente, y, al contrario de lo que postulan los relativistas, para transmitirnos su posición ética, el mensajero tiene que presuponer que existen unos derechos absolutos objetivamente definidos. Más específicamente, debe presuponer que son válidas aquellas normas de acción

  • Sobre esto, véase también H. Veatch (nota 5), esp. pág. 319 f.
  • No es de ninguna manera un accidente, entonces, que podamos encontrar entre los hermenéuticos a partidarios de toda clase de ideologías políticas imaginables. El credo es compatible con el liberalismo y el anarquismo (McCloskey y Feyerabend), con el socialismo (Ricoeur y Foucault), y con el fascismo (Heidegger), así como con la mayoría de las posiciones intermedias. Gadamer —héroe especial de Don Lavoie y de los hermenéuticos de la George Mason University y uno de los “pensadores” más oscuro de todos, que se las arregla parallenar cientos de páginas sin decir nada y que deambula interminablemente sobre la interpretación sin llegar a interpretar ningún texto de una forma inteligible (prueba de ello, su obra maestra, “Wahrheit und Methode“, Tubinga. Mohr, 1960; traducido al Inglés, 1975)— avanzó con éxito en su carrera bajo el nazismo, el comunismo y la democracia liberal. Sobre su filosofía y su vida como una vívida ilustración del significado de la hermenéutica, véase el brillante ensayo de Jonathan Barnes,”A Kind of IntegrityLondon Review of Books, November 6, 1986; véase también David Gordon, “Hermeneutics vs. Austrian Economics” artículo ocasional (Ludwig von Mises Institute, Washington, D.C., 1986).

9 El Relativismo de la Hermenéutica y la Retórica y las Reivindicaciones delRacionalismo

cuya observancia convierte al habla en una forma especial de cooperación entre interlocutores que están separados físicamente, al tiempo que permiten también que todo el mundo pueda hacer otras cosas, además de participar en una interminable conversación; y su validez se debe entonces considerar como algo objetivo y absoluto en el sentido de que ningún ser humano viviente podría jamás contradecirlas. 10

  1. Sobre los fundamentos absolutos y apriorísticos de la Ética, véase Hans-Hermann Hoppe, “From the Economics of Laissez-Faire to the Ethics of Libertarianism” in Man, Economy and Liberty, Llewellyn H. Rockwell and Walter Block, eds., Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute, 1988; Hoppe, “Eigentum, Anarchie und Staat“, Opladen: Westdeutscher Verlag, 1986. El absolutismo ético está tan desprestigiado como el absolutismo metodológico. T.W. Hutchison (“The Politics and Philosophy of Economics“, New York: New York Press, 1981, esp. págs. 196-97) llega hasta a despreciar a cualquiera que adopte semejante posición al asimilarlo a un peligroso dictador en potencia —es revelador que nunca se tome la molestia de explicar cuales son los principios éticos o metodológicos cuyo anclaje apriorístico implica supuestamente tal amenaza—. En cambio, el pluralismo —ético y metodológico—es lo que la persona ilustrada puede profesar hoy. Solo ese pluralismo, se dice, permite tolerancia y libertad. (Véase a otro típico pluralista Bruce Caldwell, “Beyond Positivism“, London: Allen & Unwin, 1982, capítulo 13) ¿Hemos de enfatizar que esta doctrina es completamente falaz? Sin un fundamento apriorístico, el propio pluralismo no es más que otra infundada ideología y no hay ninguna razón para adoptarla en lugar de cualquier otra. Sólo si se pueden dar motivos a priori válidos para adoptar el pluralismo podría éste pretender salvaguardar la tolerancia y la libertad. Un pluralismo que fuese simplemente uno de valores plurales, en realidad las destruiría. Véase sobre esto en particular Henry Veatch, “Rational Man: A Modern Interpretation of Aristotelian Ethics“ (Bloomington: Indiana University Press, 1962), págs. 37-46. En contraste con nuestros pluralistas modernos Benito Mussolini comprendió todo esto bastante bien. Veatch lo cita en la pág. 41: “Del hecho de que todas las ideologías tienen el mismo valor … el moderno relativista infiere que todo el mundo tiene el derecho a crear su propia ideología y a intentar imponerla con toda la energía de la que sea capaz“.

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2. La Hermenéutica frente al Empiricismo ―

El Racionalismo frente a ambos (Primera Parte).

La tesis general de McCloskey y de Rorty, la que les dio notoriedad, es totalmente errónea. De hecho, McCloskey y Rorty sólo pueden decir y hacer lo que dicen porque es falso.

Sin duda queda mucho por decir sobre el Racionalismo, el antagonista secular del Relativismo. Sin embargo, las perennes afirmaciones del Racionalismo no se ven amenazadas por este moderno ataque relativista: la afirmación de que existe una base común sobre la que se pueden formular proposiciones objetivamente verdaderas; la afirmación de que existe una ética racional objetivamente fundada en la naturaleza humana por cuanto que los hombres actúan y hablan, son actores y conversadores; y, por último, la afirmación, que se apoya, en parte e indirectamente, en el argumento anterior y que aún no se ha desarrollado, según la cual mediante el conocimiento uno puede saber que ciertas proposiciones son objetivamente ciertas a priori (es decir, independientes de experiencias contingentes) porque se pueden derivar deductivamente de proposiciones básicas, axiomáticas, cuya verdad no puede ser negada de manera objetiva sin caer en una contradicción de orden práctico, es decir, sin que el acto mismo de negación implique admitir lo que supuestamente se niega (por lo que sería literalmente imposible negar la verdad de esas proposiciones) .11

Una vez despejada esta crítica fundamental, y si en aras a continuar con la discusión estamos dispuestos a pasar por alto que en realidad McCloskey no puede pretender hacer afirmación alguna, ¿Qué queda de sus conclusiones? No es del todo sorprendente, como se verá, que el fallo general del libro —su falta de rigor argumentativo— también se ponga de manifiesto aquí.

El punto de partida del argumento de McCloskey viene marcado por una concepción errónea del problema al que se enfrenta. Ya que con el fin de hacer avanzar su tesis de que los economistas deberían concebir su tarea como orientada a mantener viva una conversación entre ellos en la que nunca se diga verdad alguna (es decir, en la que se ha de suponer que nadie puede nunca tener a su disposición un argumento decisivo, capaz de detener la

  1. En defensa de la idea de proposiciones apriorísticas sintéticas, véase A. Pap, “Semantics and Necessary Truth“ (New Haven: Yale University Press, 1958); B. Blanshard, “Reason and Analysis (LaSalle, 111.: Open Court, 1964); P. Lorenzen, “Methodisches Denken“ (Frankfurt/M.: Suhrkamp 1968); P. Lorenzen, “Normative Logic and Ethics“ (Mannheim: Bibliographisches Institut, 1969); F. Kambartel, “Erfahrung und Struktur“ (Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1968); F. Kambartel and J. Mittelstrass, eds., “Zum normativen Fundamentder Wissenschaft“ (Frankfurt/M.: Athenaeum, 1973); Ludwig von Mises, “Human Action“ (Chicago: Henry Regnery, 1966); Murray N. Rothbard, “Man, Economy, and State“ (Los Angeles: Nash, 1971).

11 La Hermenéutica frente al Empiricismo ― El Racionalismo frente a ambos(Primera Parte).

conversación), McCloskey tendría que dirigir sus críticas a refutar la posición más extrema a la suya de entre todas ellas. Tendría que elegir como blanco las reivindicaciones del Racionalismo con respecto a los fundamentos epistemológicos y metodológicos de la Economía. Y aunque solamente sean una pequeña minoría entre los teóricos actuales de la Economía, no hay duda alguna de que existen esos racionalistas dogmáticos, doctrinarios, extremistas, absolutistas (o cualquier otra etiqueta despectiva que uno pueda elegir).12 Los principales representantes de esta forma de pensar son Ludwig von Mises y Murray N. Rothbard, quienes, dentro del marco general de la epistemología Kantiana, el primero, o Aristotélica, el segundo, conciben a la Economía como parte de una teoría pura de la acción y de la elección (Praxeología).13 Lionel Robbins avanza un punto de vista que es apenas un poco menos inflexible, en particular, en la primera edición de su “Nature and Significance of Economic Science“.14 Y en una posición muy diferente dentro del espectro político-ideológico Martin Hollis y Edward J. Nell, en su “Rational Economic Man“ proponen reivindicaciones archi-racionalistas similares respecto a la Lógica de la Economía.15 McCloskey tendría que atacarlos a todos, pues son los más radicales para detener la charla en seco ya que todos ellos, a pesar de algunas diferencias importantes, son completamente inflexibles al insistir en que la Economía no solamente puede producir y produce proposiciones que son objetivamente ciertas y que se pueden distinguir de las que no lo son, sino que, por otra parte, algunas proposiciones de la Economía se basan en axiomas incontestablemente ciertos o auténticas definiciones (en contraste con lo que son arbitrariedades o estipulaciones) y a las que por lo tanto se les puede dar una explicación apriorística. 16

12  Sobre las deficientes razones para el empleo de semejantes etiquetas, véase la nota 10. Recientemente su uso también se ha hecho cada vez más popular entre austriacos como Mario Rizzo y Don Lavoie para caracterizarse y distanciarse de la Escuela Mises-Rothbard dentro de la tradición austriaca.

  1. Ludwig von Mises, “Epistemological Problems of Economics“ (New York: New York University Press, 1981); Mises, “Human Action“, (Chicago: Henry Regenery, 1966); Mises, “Theory and History“ (Washington, D.C.: Ludwig von Mises Institute, 1985); Mises, “The Ultimate Foundation of Economic Science“ (Kansas City: Sheed Andrews and McMeel, 1978); Murray N. Rothbard, Man, Economy, and State“ (Los Angeles: Nash, 1971); Rothbard, “Individualism and the Philosophy of the Social Sciences“ (San Francisco: Cato Institute, 1979); Rothbard, “Praxeology: The Methodology of Austrian Economics” en Edwin Dolan, ed., “The Foundations of Modern Austrian Economics“ (Kansas City: Sheed & Ward, 1976).
  1. Londres: Macmillan, 1932.
  1. Cambridge, Inglaterra: Cambridge University Press, 1975.
  1. Lionel Robbins, al igual que anteriormente los austriacos Carl Menger y Eugen von Böhm-Bawerk, ciertamente no utiliza el término a priori, pero queda bastante claro que tanto por sus argumentos como por lo frecuente de sus aprobatorias referencias a Mises en realidad Robbins quiere dar justificación apriorística de las proposiciones y teoremas básicos de la Economía.

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Sin embargo, en ninguna parte de su libro ataca McCloskey a esos varios representantes de una metodología archi-racionalista de la Economía, ni tampoco ataca a cualquier otra persona que caiga en ese bando. En ninguna parte de su libro ataca, y menos aún refuta, la posición que es el polo opuesto de l aparece ea suya. Robbins, Rothbard, Hollis y Nell no se mencionan en el texto de McCloskey, ni aparecen en su bibliografía. Tampoco el nombre de Misesn la bibliografía, pero lo menciona dos veces en el texto en apoyo de algunas de sus propias conclusiones (págs. 15, 65). Sin embargo, no hay ninguna referencia a la posición racionalista extrema de Mises. La metodología austriaca solamente se cita de pasada y se describe de una manera que impactaría a cualquier persona que estuviera ligeramente familiarizada con dicha tradición intelectual ya que la vería solo como una mala e ingenua interpretación: “La metodología austriaca dice: la historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de las interacciones entre individuos egoístas. Utiliza la estadística con cautela, si es que lo hace en absoluto, porque son solo ficciones pasajeras. Rechaza las críticas que no se ajusten a los preceptos metodológicos austriacos” (pág. 25).17

En lugar de presentar batalla a quien es su lógico adversario directo, McCloskey opta por establecer su propia posición relativista atacando al Empirismo Positivista.

Sin embargo, derribar el Empirismo-positivista no es más que derribar a un hombre de paja, en la medida en que desde su caída, no queda absolutamente nada que sirva de apoyo a sus reivindicaciones. De hecho, todos los archi-racionalistas mencionados anteriormente han formulado

El carácter apriorístico de las proposiciones económicas se subrayó explícitamente también por Frank H. Knight en “What is true in Economy?“, en “History and Method of Economy“ (Chicago: University of Chicago Press, 1956).

Para quienes estén familiarizados con la tradición de la filosofía racionalista, casi no es necesario demostrar que la afirmación de haber producido una proposición a priori verdadera no implica una pretensión de infalibilidad. Nadie lo es y el Racionalismo nunca ha dicho nada en contra de ello. El Racionalismo se limita a aducir que el proceso de validar o falsificar una declaración que dice ser cierta, a priori, es categóricamente diferente de validar o falsificar lo que se conoce comúnmente como una proposición empírica. Sin embargo, como McCloskey parece pensar que el Racionalismo asume la infalibilidad y, por tanto, que el hecho (triunfalmente citado en las págs. 33-34) de que, hasta en una ciencia tan pura como las Matemáticas algunos hipotéticos argumentos impenetrables hayan resultado ser poco concluyentes después de todo, constituye la prueba de un defecto fundamental del Racionalismo, —suponiendo aquí a favor de McCloskey que algo como fallos fundamentales pueda existir en absoluto en ausencia de cualquier patrón realmente objetivo— esta cuestión debe aquí subrayarse. Las revisiones de argumentos matemáticos son en sí mismos a priori. Demuestran solamente que un argumento que anteriormente se consideraba un a priori verdadero, no lo es.

  1. Su descripción de la metodología de la Economía Marxista, en la misma página, no es mucho mejor.

13 La Hermenéutica frente al Empiricismo ― El Racionalismo frente a ambos(Primera Parte).

críticas mucho más duras contra el Empiricismo-Positivista y, al parecer, no piensan que por hacerlo se hayan comprometido con el Relativismo. Por el contrario, son de la opinión de que cualquier crítica del Empirismo Positivista, si ha de tener algún peso intelectual, tendría que reivindicar las mismas conclusiones a las que llega el Racionalismo. Con ello McCloskey, atendidos sus objetivos, simplemente dispara al blanco equivocado y, peor aún, no parece darse cuenta de ello, y éste es el principal fallo de toda su argumentación.

Sin embargo, por mucho que el Empirismo Positivista merezca ser intelectualmente destruido, McCloskey ni siquiera en eso tiene éxito. Comienza haciendo una descripción del Empirismo Positivista o del Modernismo Económico, que es el término que emplea para describir la aplicación de su Filosofía al campo de la Economía, y enumera sus preceptos principales: la predicción es lo que finalmente cuenta en la ciencia; (págs. 7-8); no hay verdad objetiva sin observación; las únicas observaciones cuantificables son las proporcionadas por datos objetivos; la introspección es subjetiva y no tiene valor; la ciencia es positiva y no se ocupa de cuestiones normativas; explicar positivamente algo equivale a someterlo a una ley general; y la validez de una ley general es siempre hipotética y su validez requiere ser permanentemente comprobada con los datos objetivos que se obtienen de la observación.

Hay poco que discutir con respecto a esta caracterización del Modernismo. Muy acertadamente, McCloskey también cita los exponentes más modernos e influyentes de este credo: el Círculo de Viena, la Filosofía Analítica y el Popperianismo en la Filosofía propiamente dicha 18, así como a figuras tan

  1. Karl R. Popper, con el fin de distinguir su falsificacionismo del verificacionismo del primer Círculo de Viena, prefiere etiquetar su filosofía como “Racionalismo Crítico”. Hacerlo así, sin embargo, de no resultar engañoso, induce mucho al error al igual que la práctica, común en Estados Unidos, de llamar “liberales” a los socialistas o socialdemócratas. Pues, de hecho, Popper está totalmente de acuerdo con los supuestos fundamentales del Empirismo (véase la siguiente discusión en el texto) y rechaza explícitamente las reivindicaciones tradicionales del Racionalismo, es decir, la de ser capaz de proporcionarnos a priori un verdadero conocimiento empírico en general y una ética objetivamente fundada, en particular. Véase, por ejemplo, su “Why Are the Calculi of Logic and Arithmetic Applicable to Reality“ (“¿Por qué son los cálculos de la lógica y aritmética aplicable a la realidad?“, en la obra de Karl R. Popper,“Conjectures and Refutations“ (Londres: Routledge and Kegan Paul, 1969), en la que avanza la tesis empirista tradicional según la cual “solamente hablamos de la realidad cuando estamos dispuestos a aceptar refutaciones“(pág. 212) y “rechaza” la idea de que las reglas de la Lógica yde la Aritmética sean leyes de la realidad, señalando que “si pones 2 + 2 conejos en una cesta, es posible que pronto encuentres 7 u 8 en él” (pág. 211). Para una correcta adscripción de lafilosofía de Popper en el marco general del Empirismo, véase la magistral exposición de un destacado filósofo analítico, W. Stegmueller, “Hauptstroemungen der Gegenwartsphilosophie“, vol. I (Stuttgart: Kroener, 1965), capítulos 9-10. De hecho, es justo decir que fue Popper quien

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representativas dentro de la profesión económica como T.W. Hutchison, Milton Friedman y Mark Blaug.19 Y McCloskey sin duda acierta también al identificar esta visión modernista del mundo con lo que se estima hoy ortodoxo en los libros de texto. No obstante, desde el principio, su comprensión del Empirismo-positivista es insuficiente en la medida en que fracasa al reconstruir los supuestos fundamentales del Modernismo (es decir, aquellos supuestos que subyacen en sus diversos preceptos). Es negligente al omitir asignarles un lugar específico en una estructura conceptual general, lógicamente unificada. No aclara que los diversos y específicos preceptos modernistas derivan fundamentalmente de la aceptación de un supuesto esencial. El supuesto, fundamental para el Empirismo moderno, es que el conocimiento en relación con la realidad, o el conocimiento empírico, debe ser verificable o al menos falsificable por la experiencia; que todo lo que se conoce por la experiencia podría haber sido de otra manera, o, dicho de otro modo, que no hay nada acerca de la realidad que se pueda reconocer como verdad a priori; que todas las verdades apriorísticas son simplemente declaraciones analíticas que carecen de contenido fáctico, pero que son verdaderas por convención, representando meramente información tautológica de las normas que rigen el uso y transformación de los signos; que todas las conclusiones que se alcanzan por el conocimiento, para tener sentido, para ser significativas, deben ser o empíricas o analíticas, pero nunca las dos a la vez; y, por lo tanto, que las declaraciones normativas, como no son ni empíricas ni analíticas, no pueden tener legítimamente ninguna pretensión de verdad, sino que deben considerarse más bien como mera expresión de emociones, que no dicen en realidad mucho más de lo que expresa un “Wow” o un “Grrrr“. 20 Y al no aclararlo, McCloskey se precipita hacia un postrero fracaso puesto que ni siquiera consigue derribar al Empirismo Positivista siendo éste el oponente que ha elegido. Su ataque es simplemente asistemático y por ello, necesariamente, no logra su objetivo.

contribuyó más que nadie a persuadir a la comunidad científica de la cosmovisión modernista, empirista-positivista. En particular, hay que destacar que es Popper es el responsable de que Hayek y Robbins se desviaran cada vez más de su posición metodológica original que era mucho más Misesiana. Véase a este respecto Lionel Robbins, “An Autobiography of an Economist“ (Londres: Macmillan, 1976); Friedrich A. Hayek, “The Theory of Complex Phenomena“, en Hayek, “Studies in Philosophy, Policitcs and Economics“ (Chicago:University of Chicago Press, 1964); Hayek, “The Pretence of Knowledge“, en Hayek, “New Studies in Philosophy, Politics, Economics and the History of Ideas“ (Chicago: University of Chicago Press, 1978), esp. pág. 31f. Véase también en Hayek “Einleitung” a Ludwig von Mises, “Erinnerungen“ (Stuttgart: Fischer, 1978), y su “Prólogo” a Ludwig von Mises, “Socialism“ (Indianapolis: Liberty Fund, 1981).

  1. Terence W. Hutchison, “The Significance and Basic Postulates of Economic Theory“ (London: MacMillan, 1938); Milton Friedman, “The Methodology of Positive Economics” in Friedman, Essays in Positive Economics (Chicago: University of Chicago Press, 1953); Mark Blaug, “The Methodology of Economics“ (Cambridge, England: Cambridge University Press, 1980).

15 La Hermenéutica frente al Empiricismo ― El Racionalismo frente a ambos(Primera Parte).

La primera crítica de McCloskey está bien dirigida. El autor demuestra que, contrariamente a las afirmaciones que hacen en particular Popper y su escuela, si uno sigue el consejo de la Filosofía Empirista-falsificacionista, acaba cayendo, en última instancia, en el escepticismo. Siempre que una hipotética ley se comprueba empíricamente y se descubre que es falsa, con una metodología empírica siempre es posible inmunizar la tesis que uno sostiene negando sin más las observaciones recalcitrantes y declarándolas ilusorias, reconociéndolas, pero atribuyendo sus reparos a errores de medición o alegando que ha intervenido alguna descontrolada variable imprevista que es culpable de la aparente falsificación de las observaciones. McCloskey observa:

La mayor parte de los desacuerdos científicos se producen porque alguien pasa por alto pruebas esenciales. Los economistas y otros científicos se quejarán de sus compañeros diciendo: “Su experimento no fue debidamente controlado“; “No ha resuelto el problema de identificación“; “Usted ha usado un modelo de equilibrio (competitivo, con una única ecuación) cuando un modelo de desequilibrio (monopolístico, de 500 ecuaciones) es relevante“… No hay ninguna “falsificación“. (pág. 14)

Y más adelante señala que desde la “Structure of Scientific Revolution“ (“Estructura de las Revoluciones Científicas“) 21 de Thomas Kuhn hemos descubierto que la verdadera Historia de las Ciencias Naturales no parece acercarse a nada que se asemeje a la ilusión popperiana que concibe a la ciencia como una empresa racional que avanza constantemente por medio de un proceso interminable de falsificación sucesiva. “Poco menos que la falsificación ha sido falsificada“ (pág. 15).

McCloskey también muestra cierta comprensión respecto de la Socio-Psicología de la metodología modernista: una Filosofía como el Empirismo, que comienza suponiendo que no hay nada en la realidad que pueda ser conocido con certeza, y en la que por lo tanto todo es posible, y que no dedica espacio alguno a consideraciones objetivas apriorísticas; una Epistemología que no nos impone ninguna restricción a la hora de elegir las variables que queremos medir y a la hora de determinar las relaciones entre ellas (excepto que la relación elegida se ajuste a los datos) puede ser aceptada por casi todo el mundo y casi todo el mundo con justicia puede sentir que si en eso consiste la ciencia, él puede ser tan buen científico como cualquiera. Cualquiera puede medir todo lo que se le ocurra que merece ser medido para después, con la ayuda de un ordenador, encajar algunas curvas o ecuaciones

20  Véase sobre esto la excelente exposición en Martin Hollis and Edward J. Nell (nota 15), “Introduction“.

21 Chicago: University of Chicago Press, 1970.

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en el material proporcionado por esos datos y finalmente cambiar o no las curvas o ecuaciones dependiendo de nuevo material y/o de nuevas hipótesis por errores de medición o por la influencia de variables descontroladas. El Empirismo es una metodología adecuada para quienes son intelectualmente deficientes, de ahí su popularidad. 22 Dice McCloskey:

Los estudiantes graduados en Ciencias Sociales ven en los cursos de Econometría, Sociometría o Psicometría un medio para llegar a ser economistas, sociólogos o psicólogos aplicados … El engaño es alimentado por la Democracia, lo que en parte explica su especial prevalencia en Estados Unidos. Cualquiera que tenga una inteligencia normal puede, tras asistir a uno de esos cursos, descifrar la producción del Paquete Estadístico para las Ciencias Sociales. Ya no es necesaria contar con una cultura elitista, no más subordinación a Herr Professor Doktor, 23 ya no hace falta estudiar y acumular conocimientos hasta llegar a la mediana edad (pág. 163).

Como es natural, ve en ello una fuerte crítica hacia la Epistemología moderna. Y, de hecho, podría bastar para que uno se persuada de que ha de dejar de creer en el Modernismo, lo que sin duda sería un cambio a mejor. Pero aunque fuese cierto ¿Constituye una prueba del fallo sistemático de la Filosofía Empirista-Positivista? ¿Y constituye ello una prueba en manos de un hermeneuta ?

En cuanto a esta última cuestión, hay que señalar que entender las afirmaciones que hace McCloskey sobre el Modernismo como una crítica de esta Filosofía tiene que impactarnos pues es algo que sencillamente es muy raro. Porque en su tratamiento del Empirismo Positivista, culpa claramente a esta Filosofía por consentir en los científicos una excesiva y omnipresente permisividad intelectual; por producir una ciencia que no va a ninguna parte sino que es un simple itinerar aleatorio de ideas a través del tiempo que solo pueden comprenderse a posteriori mediante la explicación histórica o sociológica; y por consiguiente por abrir las compuertas del mundo académico a la invasión protagonizada por unos bárbaros intelectuales. Sin embargo, McCloskey quiere reemplazar esa permisividad con otra que es todavía mayor. Quiere que participemos en una conversación interminable y sin las restricciones que impone cualquier disciplina intelectual. Por lo tanto, en vez de criticar al Empirismo Positivista ¿Por qué no lo abraza con entusiasmo al estar de hecho tan próximo a sus propios ideales relativistas? Si el Empirismo le parece ridículo a McCloskey, su razón para ello sólo puede ser que no es lo

  • Véase sobre esto las agudas observaciones de Mises, “Human Action“, pág. 872f., “Economics and the Universities“.
  • La nomenclatura correcta es “Herr Professor Doktor“.

17 La Hermenéutica frente al Empiricismo ― El Racionalismo frente a ambos(Primera Parte).

bastante ridículo, que el Empirismo es ridículo porque la Hermenéutica lo es aún más, y que el puro disparate sin sentido debe prevalecer sobre aquello que solo en parte carece de sentido.

Sin embargo, aparte de la propia posición de McCloskey, sus argumentos contra el Modernismo no tienen ningún valor. El empirista podría responder: “Bueno ¿Y qué?“. McCloskey ha demostrado que seguir los preceptos modernistas conduce a una peculiar forma de Relativismo. Es cierto que algunos empiristas, más notablemente Popper y su escuela, aún no lo reconocen.24 McCloskey de nuevo tiene razón al señalarlo. Pero entonces ha de admitir que eso mismo es lo que también han hecho los empiristas sin que les haya causado intelectualmente mucho pesar. ¿No fue Feyerabend quien primero y con más fuerza llevó el mensaje relativista al hogar del Popperianismo? 25 ¿Y no fue él mismo uno de los líderes de una escuela que no hizo más que llegar a las últimas y lógicas conclusiones del Popperianismo? 26 El Empirismo no puede explicar el proceso de desarrollo científico como una empresa racional. Es verdad. Pero no puede hacerlo porque el proceso no es racional. ¿Y qué hay de malo en eso? ¿Qué tiene de malo el Empirismo, una vez admitido su propio Relativismo?

McCloskey no da respuesta a estas preguntas. No avanza ningún argumento de principio capaz de probar que el Empirismo lleve en sí mismo la semilla de su auto-destrucción. Tampoco desafía al Empirismo en un frente mucho más evidente, el empírico. Parece obvio que la afirmación que hace el Empirismo de que por lo menos proporciona una Epistemología correcta de las Ciencias

  • Véase Imre Lakatos y Alan Musgrave, eds, “Criticism and the Growth of Knowledge“ (Cambridge, Inglaterra: Cambridge University Press, 1970). Los empíricos tales como Blaug (nota 19), pág. 17 ss., Argumentan que Popper en realidad se dio cuenta de la posibilidad de “estratagemas inmunizantes” que dejaban “resuelto” el problema con lo que se escapaba del relativismo y el escepticismo. Nada mas lejos de la verdad. Es cierto que Popper siempre ha sido consciente de la posibilidad de inmunizar las hipótesis de uno frente a la falsificación. (Véase su “ Logik der Forschung“, Tübingen:. Mohr, 1969, capítulo 4, secciones 19,20). Sin embargo, su respuesta ante una amenaza tan grave como ésa para su falsificacionismo difícilmente puede ser aceptada como solución. Como en realidad admite que no puede demostrar que ese “convencionalismo” esté equivocado. Para superarlo simplemente propone adoptar la convención metodológica de no comportarse como lo hacen los convencionalistas. Sin embargo, ¿Cómo puede ese convencionalismo metodológico (es decir, una metodología sin fundamento epistemológico) tener la pretensión de establecer la ciencia como una empresa racional y estimular el progreso científico? Para una evaluación del Popperianismo como ésa, véase A. Wellmer “Methodologie als Erkenntnistheorie“ (Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1967). De ahí la anterior clasificación del Popperianism como integrado en el relativismo y el escepticismo.
  • Véase Paul Feyerabend, “Against Method“ (London: New Left Books, 1975); Feyerabend, “Science in a Free Society“ (London: NLB, 1978).
  • Sobre la compleja relación entre Feyerabend y Popper, véase H.P. Duerr, ed., “Versuchungen. Aufsaetze zur Philosophie Feyerabends“, 2 vols. (Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1980).

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Naturales debe ser considerada, en vista de los hechos, como incorrecta. Cualquiera que pueda ser el verdadero estado de cosas con respecto a la Economía y a las Ciencias Sociales, en cuanto a las Ciencias Naturales parece difícil negar que su desarrollo fue mano a mano con un proceso sostenido y universalmente reconocido de avance y mejora tecnológica y que este hecho, el progreso tecnológico, difícilmente puede presentarse como acorde con el punto de vista empirista de la ciencia como una empresa relativista, no acumulativa. Parece entonces que el Empirismo ha sido empíricamente refutado como metodología adecuada para las Ciencias Naturales. 27

Sin embargo, semejante refutación, de ninguna manera apoya la posición del propio McCloskey. Porque la existencia de progreso tecnológico es un obstáculo tanto para el Empirismo como para el Relativismo de la hermenéutica.28 Sólo una metodología racionalista de las Ciencias Naturales podría ser responsable de tales avances. Sólo una metodología, que comienza reconociendo el hecho, inherente a nuestra naturaleza humana como actores y conversadores, de que el lenguaje en general y las teorías científicas, en particular, en última instancia se basan en una realidad común y objetiva de acción y cooperación, puede explicar por qué tal progreso es posible sin tener por ello que negar ciertas correcciones parciales de las representaciones relativistas de la Historia de las Ciencias Naturales que hacen Kuhn y Feyerabend.

La impresión relativista se debe al hecho de que Kuhn y Feyerabend, como es típico de los empíricos desde Locke y Hume, en última instancia entienden mal las teorías científicas a las que ven como meros sistemas de proposiciones verbales e ignoran sistemáticamente las bases de esas proposiciones, o de cualesquiera otras en una realidad de acción e interacción.

27  En sentido estricto, una refutación empírica como ésa no sería del todo decisiva y se requerirían otras razones a priori para echar abajo el Empirismo (sobre dichas razones, véase la exposición del texto siguiente). Al igual que los empiristas a su vez podrían cuestionar la validez de la descripción que uno hiciera de los hechos y en la que los presentara efectivamente como los propios del progreso tecnológico. Podrían, dada su propia estructura mental, negar que uno pueda conocer los hechos más simples, mucho menos los fenómenos complejos como el progreso tecnológico, que sean esto o lo otro, porque hasta la descripción de algo como un hecho, en última instancia, sería una hipótesis y, por tanto, la supuesta refutación empírica que uno hiciese no podría considerarse decisiva en ningún estricto sentido. Véase sobre el carácter hipotético de las proposiciones básicas de Karl Popper, “Logik der Forschung“ (Tübingen: Mohr, 1969), capítulo V y el apéndice X. Irónicamente, el carácter hipotético de las proposiciones básicas invalida la afirmación de Popper, que se halla en el centro de toda su filosofía falsificacionista, según la cual existe una relación asimétrica entre la verificación y la falsificación (es decir, que uno nunca puede verificar una hipótesis, pero puede falsificarla). Véase sobre el particular A. Papanicolau, “Analytische Erkenntnistherie“ (Viena, 1955).

  • Véase también Juergen Habermas, “Der Universalitaetsanspruch der Hermeneutik” in K.O. Apel et al., “Hermeneutik und Ideologierkritik“ (Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1976), esp. págs. 129-31.

19 La Hermenéutica frente al Empiricismo ― El Racionalismo frente a ambos(Primera Parte).

29 Solamente si uno concibe a las observaciones y teorías como algo completamente separado de la acción y la cooperación, no solo cualquier teoría se convierte en inmunizable, sino que cualesquiera dos teorías rivales cuyos términos respectivos no puedan reducirse a y definirse en términos de la otra deben entonces aparecer como completamente inconmensurables y sin que quepa elección racional posible. Si las afirmaciones son mera y exclusivamente expresiones verbales que vagan por el éter ¿Qué razón puede haber para que una afirmación cualquiera pueda jamás dar paso a otra? Cualquier afirmación puede perfectamente coexistir con cualquier otra sin verse jamás contradicha —a menos que simplemente decidamos lo contrario por cualquier razón arbitraria—. Esto es lo que Kuhn y Feyerabend demuestran. Pero ello no afecta a la refutabilidad de ninguna teoría y a la inconmensurabilidad de teorías rivales en el plano, que es por completo distinto, de la aplicación de esas teorías a la realidad de la acción, a la hora de utilizarlas como instrumentos de acción. En el plano de las meras palabras, las teorías pueden ser irrefutables e inconmensurables, pero en la práctica no pueden serlo nunca. De hecho, uno ni siquiera podría afirmar que cualquier teoría es irrefutable o que cualesquiera dos teorías son inconmensurables, y en qué sentido lo son, sin presuponer un marco categórico común que pueda servir de base para una evaluación o comparación. Y es esta refutabilidad práctica y conmensurabilidad de las teorías de las Ciencias Naturales lo que explica la posibilidad del progreso tecnológico —aunque considere el progreso tecnológico de forma muy diferente al intento fallido de Popper—.30

Popper quiere que desechemos cualquier teoría que los hechos contradigan, lo que, si fuera posible, nos dejaría prácticamente con las manos vacías y no nos llevaría a ninguna parte. Al reconocer la conexión indisoluble entre el conocimiento teórico (lenguaje) y las acciones, el Racionalismo consideraría a semejante falsificacionismo como completamente irracional, aunque fuera posible. No hay ninguna situación concebible en la que sería razonable desechar cualquier teoría —concebida como instrumento cognitivo de la acción— que se hubiese aplicado con éxito en una situación pasada pero no tuviera éxito en una nueva aplicación —a menos que uno ya cuente con una teoría más exitosa—. Y así pues, si inmunizar a una teoría de la experiencia es algo perfectamente racional desde el punto de vista de un actor. Es igual de racional que, en el campo de aplicación en el que dos teorías rivales se superponen, un actor considere inconmensurable a una cualquiera de esas dos teorías rivales t1 y t2 mientras exista una única aplicación en la que t1 tenga más éxito que t2 o viceversa. Solo cuando t1 puede aplicarse con tanto

  • Véase Hans-Hermann Hoppe, “Handeln und Erkennen“ (Bern: Lang, 1976).
  • Véase sobre esto W. Stegmueller, “Hauptstroemungen der Gegenwartsphilosophie“, vol. II (Stuttgart: Kroener, 1975), capítulo 5, esp. pág. 523ff.

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éxito como t2 a cada instancia a la que es aplicable t2 y aún presente otras aplicaciones adicionales a las de esta última teoría, puede ser racional desechar t2. Descartarla antes, a causa de infructuosas aplicaciones o porque t1 se pueda aplicar con más éxito a alguna o incluso a la mayoría de situaciones, desde la perspectiva del conocimiento de un actor no es progreso sino retroceso. E incluso si t2 se desecha racionalmente, el progreso no se logra falsificándola, puesto que t2 en realidad habría tenido algunas aplicaciones exitosas que es posible que nunca puedan ser anuladas (en el futuro). En vez de eso t1 expulsaría a t2 de forma tal que cualquier posterior adhesión a t2, aunque fuera por supuesto posible, lo sería solamente a costa de no ser capaz de hacer con éxito todo lo que un adherente de t1 podría hacer, quien podría hacer con éxito tanto y más que cualquier proponente de t2.

Por trivial que pueda parecer semejante explicación de la posibilidad de progreso (y de retroceso) en las Ciencias Naturales, es incompatible con el Empirismo. Al ignorar sistemáticamente el hecho de que las observaciones y teorías son las de un actor, hechas y construidas con el fin de tener éxito en sus acciones, el Empirismo se ha privado naturalmente del criterio mismo que sirve para probar y evaluar continuamente el conocimiento: el criterio de si, en un determinada situación dada, se tiene o no se tiene éxito a la hora de alcanzar un objetivo previamente fijado aplicando el conocimiento.31 Sin reconocer explícitamente que el criterio del éxito instrumental funciona universalmente, el Relativismo era inevitable. Sin embargo, tal relativismo sería una vez más literalmente imposible de adoptar, porque es incompatible con nuestra naturaleza de seres que dialogan, actúan y aprenden o conocen. El Relativismo ni siquiera podía pretender que tuviera sentido negar la operatividad de ese criterio, puesto que esa misma negación debería ser en sí misma una acción que presupusiera algún patrón objetivo de éxito. Por el contrario, en cada una de nuestras acciones, confirmamos la afirmación que hace el Racionalismo (en lo que respecta a las Ciencias Naturales) según la cual uno puede identificar objetivamente un rango de aplicaciones para determinado conocimiento y después realizar unas pruebas para ver si tiene éxito en ese rango y así comprobar si las teorías en competencia tienen que considerarse conmensurables en lo que respecta a ese rango de aplicaciones y éxito.

31  Véase también al respecto a Juergen Habermas, “Erkenntnis und Interesse“ (Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1968), esp. el capítulo II, secciones 5-6; y K.O. Apel, “Die Erkaeren: Verstehen Kontroverse in Transzendental-pragmatischer Sicht“ (Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1979), esp. pág. 284.

21 La Hermenéutica frente al Empirismo ― El Racionalismo frente a ambos(Segunda Parte)

3. La Hermenéutica frente al Empirismo ―

El Racionalismo frente a ambos (Segunda Parte)

La primera crítica de McCloskey al Empirismo constituye pues un completo fracaso. Tampoco su segunda ronda de críticas tiene más éxito. En la primera, McCloskey está en desacuerdo con el énfasis que los modernistas ponen en la predicción como piedra angular de la Ciencia. A pesar de que no niega la posibilidad de predicción en las Ciencias Naturales, pone en duda que esa importancia sea abrumadora. Sin embargo, según McCloskey, la predicción en Economía es imposible.“Como dijo Ludwig von Mises: predecir el futuro económico ‘está más allá del poder de cualquier hombre mortal’ “ (Pág. 15).

Para defender esta tesis, supondríamos que lo que debería hacer es establecer dos premisas diferenciadas pero relacionadas. En primer lugar estaría la premisa de que el programa del monismo metodológico —el programa de un Einheitswissenschaft— es defectuoso por lo que tendría que adoptar el dualismo metodológico. De lo contrario no tiene sentido decir que las predicciones son posibles en un campo de investigación, pero imposibles en otro. La segunda premisa sería que, sobre la base de dicha posición dualista, se puede demostrar por qué las predicciones son posibles en un campo pero no en otro. Pero McCloskey no hace nada de esto. Se le escapa por completo que su posición respecto del Modernismo le obliga a atacar al Empirismo por su monismo; su postura monista hace realmente imposible al Empirismo explicar cómo se pueden concebir como posibles las predicciones —cuando supuestamente constituyen el corazón mismo del programa empirista—. Y las predicciones serían imposibles de explicar precisamente por la misma razón que el Empirismo no podía admitir la posibilidad del progreso en el campo de las Ciencias Naturales; mientras que una posición dualista (que McCloskey estaría obligado a aceptar en caso de que quisiera contradecir sistemáticamente al Modernismo) sería incompatible con la Hermenéutica — que es en sí misma una posición monista, aunque de una especie diferente a la del Empirismo— y, de nuevo, solamente se puede conciliar con una metodología racionalista, que es la única que puede explicar lo que constituye el sueño empirista: que se pueda hacer predicciones.

El Empirismo es monismo de observación, lo que significa que todo nuestro conocimiento empírico deriva de observaciones y consiste en interrelacionar estas observaciones; y, además, que las observaciones, así como las relaciones entre ellas, tienen la condición permanente de ser tan solo hipotéticamente verdaderas. Este es el caso en Economía como en cualquier otro campo que esté interesado en el conocimiento empírico, por lo que el problema de la

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predicción debe ser el mismo en todas los ámbitos. McCloskey no responde a este reto sistemático. No presenta una concluyente refutación de ese monismo señalando que cuando uno sostiene lo que el Empirismo defiende, está, de hecho, falsificando el contenido de lo que afirma. Para decir lo que dice, el Empirismo debe efectivamente presuponer que, aparte de las observaciones, existen objetos que tienen significados —palabras vinculadas a la realidad por medio de la cooperación— que, junto con las relaciones que guardan entre ellos, se tienen que comprender más que observar. De ahí la necesidad del dualismo metodológico. 32

Tampoco McCloskey se da cuenta de la incompatibilidad del monismo de observación con la noción de predicción. La idea de predicción y causalidad (es decir, que existen causas que son constantes, que operan de forma invariable en el tiempo y que le permiten a uno proyectar en el futuro las observaciones anteriores sobre la relación entre las variables) es algo que (al igual que el Empirismo, de lo que ya Hume se dio cuenta) no tiene base observacional y por lo tanto no se puede decir que esté justificado (en el contexto empirista). Uno no puede observar cual es el nexo de unión entre las observaciones, excepto que de alguna manera están relacionadas de manera contingente en el tiempo. E incluso si uno lo pudiera observar, esa observación tampoco demostraría que la conexión observada fuera invariante en el tiempo. En sentido estricto, en el marco del monismo observacional, ni siquiera tiene sentido situar las observaciones en un tiempo objetivo. 33 Por el contrario, las relaciones observadas son las que existen entre los datos en el orden temporal en el que un observador las esté observando (claramente algo muy diferente de nuestro concepto de ser capaz de distinguir entre un verdadero orden y secuencia de observaciones causalmente eficaces y el mero orden temporal en el que las observaciones se hacen). Por lo tanto, en sentido estricto, de acuerdo con el Empirismo, las predicciones son epistemológicamente imposibles. Es irracional querer predecir, debido a que la posibilidad misma de predicción no se puede establecer de manera racional. Y esa es entonces también la razón última del escepticismo del Empirismo respecto a la posibilidad del progreso científico. Porque si uno no puede defender racionalmente la idea misma de la causalidad, ¿Cómo se puede esperar nada de la ciencia, sino un conjunto de enunciados observacionales inconmensurables? El progreso, tal como se entiende comúnmente, es el avance del conocimiento predictivo. Pero sin duda algo así

  • Véase al respecto también a K.O. Apel, Die Entfaltung der Sprachanalytischen Philosophic und das Problem der Geisteswissenschaften, en Apel, “Transformation der Philosophie“, vol. II(Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1973); Apel (note 31).
  • Véase al respecto también a Hans-Hermann Hoppe (nota 29), capítulo 3 y esp. págs. 62-65; también Immanuel Kant, Kritik der reinen Vernunft, en Kant, “Werke“, vol. II, W. Weischedel, ed., (Wiesbaden: Insel, 1956), esp. pág. 226ff.

23 La Hermenéutica frente al Empirismo ― El Racionalismo frente a ambos(Segunda Parte)

no puede ser posible si la propia predicción no se puede establecer como posible. 34

McCloskey tampoco afronta el reto de explicar cómo da cuenta la Hermenéutica del dualismo y de la posibilidad misma de predicción (aunque sólo sea en las Ciencias Naturales). Tampoco lo podría haber conseguido aunque se lo hubiera propuesto. Porque un argumento como el dualismo establecería que ciertas proposiciones se puede decir que son objetivamente ciertas, de hecho lo serían a priori —y esto entraría en contradicción con el mensaje relativista de la hermenéutica—. Sin embargo, por su posición monista, la Hermenéutica, al igual que el Empirismo, tampoco puede admitir la causalidad. Como monismo observacional que es, al Empirismo le gustaría reducir todo nuestro conocimiento empírico a observaciones y a observaciones de relaciones contingentes entre las observaciones, y, en cambio, en última instancia se ve obligado a abandonar la idea de causas operativas invariables en el tiempo. A la Hermenéutica le gustaría que todo quedara reducido a una charla-monista; a un hablar desconectado de cuanto pueda ser real y extraño a la conversación en sí misma considerada; a

34  Vale la pena subrayar aquí que estas observaciones sobre las conclusiones escépticas, relativistas del Empirismo en cuanto a la posibilidad de predicción también se aplican plenamente al Popperianism. Popper, con gran seguridad en sí mismo, afirma haber resuelto —a través de la adopción de su metodología falsificacionista— el problema de Hume de la inducción y por lo tanto haber restablecido la ciencia como una empresa racional (véase en particular Karl R. Popper, “Objective Knowledge“, Oxford, Inglaterra: Oxford University Press, 1972, pág 85ff). Por desgracia, esto no es más que una ilusión. Porque ¿Cómo puede ser posible relacionar dos o más experiencias de observación, incluso si se refieren a relaciones entre las cosas que se perciben como iguales o parecidas, como que una falsifica (o confirma) a la otra, en lugar de simplemente registrarlas como una experiencia aquí y una experiencia allá, ya sea la una repetición o no de la otra, y dejarlo así (es decir, considerándolas como lógicamente inconmensurables) a menos que uno presuponga la existencia de causas que operan de forma invariante en el tiempo? Sólo asumiendo que existen causas que operan de forma invariante en el tiempo podría suponerse que hay alguna razón lógica que obliga a considerarlas como conmensurables y se podría aceptar que la una falsifica o confirma a la otra. Sin embargo, Popper, al igual que todos los empiristas, niega que se pueda hacer una defensa a priori de ninguno de esos presupuestos (no hay según él cosas tales como proposiciones acerca de la realidad que sean a priori verdaderas, como el principio de causalidad que para él es una mera hipótesis). Sin embargo, claramente, si la posibilidad de causas que operan constantemente como tales es sólo una hipótesis, entonces difícilmente se puede sostener, como hace Popper, que cualquier hipótesis de predicción en particular pueda nunca ser falsificada o confirmada. Para entonces la falsificación (o confirmación) tendría que ser considerada como hipotética: cualquier hipótesis predictiva sólo se sometería a pruebas cuya condición como prueba fuera ella misma hipotética. Y por lo tanto uno se encontraría de nuevo en medio de un fangoso escepticismo. Solamente se podría verificar cualquier hipótesis causal particular si el principio de causalidad, como tal, se pudiera establecer incondicionalmente como verdadero, y solo así podría el resultado de una prueba proporcionar una base racional para decidir si se debe o no mantener una hipótesis dada.

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secuencias de la conversación colgadas en el aire sin ningún marco objetivo que las restringa en absoluto. Por esta razón, la hermenéutica no puede dar cuenta de la causalidad. En ausencia de cualquier patrón común y objetivo, toda conversación es simplemente inconmensurable y no puede existir ninguna conexión objetiva en cualquier diálogo, aparte del mero orden temporal de la charla.

Tanto el dualismo como la causalidad sólo pueden explicarse por el Racionalismo. El Racionalismo empieza por comprender que el Empirismo se refuta a sí mismo, ya que en realidad no puede afirmar su propia posición sin admitir implícitamente que, además de las observaciones y las relaciones contingentes de observaciones, deben también existir otras cosas y relaciones significativas (es decir, palabras sostenidas mediante la acción y que adquieren significado en el transcurso de dicha acción). Del mismo modo, el Racionalismo rechaza a la Hermenéutica porque se refuta a sí misma, porque una charla-monista tampoco se puede mantener sin admitir implícitamente su falsedad ya que tendría que presuponer la existencia misma de acciones guiadas por observaciones, aunque sólo fuera con el fin de mantener la charla —falsificando con ello la pretensión de que la charla nunca pueda estar restringida por nada objetivo—. Y el racionalismo concluye entonces que la clave del problema de la causalidad debe estar en el reconocimiento del hecho (ignorado tanto por el Empirismo como por la Hermenéutica) de que las observaciones, al igual que las palabras, se ven limitadas por la acción, y que esto no se puede establecer ni por la observación ni por la vana conversación, sino que debe entenderse gracias a nuestro conocimiento de la acción como presupuesto práctico de cualquier observación o charla, como un hecho a priori cierto de la naturaleza humana.

Es a partir de un conocimiento a priori de la acción que puede derivarse la idea de la causalidad. 35 La causalidad no es una categoría de observación. Es una categoría de acción cuyo conocimiento como una característica a priori de la realidad tiene sus raíces en nuestra propia comprensión de nuestra naturaleza como actores. Sólo porque somos actores y nuestras experiencias son las de individuos que actúan, pueden concebirse las observaciones como algo que ocurre de forma objetiva antes o después y como algo relacionado por causas que operan invariablemente en el tiempo.36 Nadie que no supiese lo que significa actuar podría jamás experimentar eventos que ocurren en tiempo real y con arreglo a una secuencia causal invariante. Y nunca se podría decir que el conocimiento que uno tiene del sentido de la acción y de la

  • Véase sobre esto la idea (Kantiana) de F. Kambartel en “Erfahrung und Struktur“ (note 11), capítulo 3, especialmente págs. 122f, 127,144; Hans-Hermann Hoppe (nota 29), capítulo 4, especialmente pág. 98.
  • Véase sobre esto Ludwig von Mises, “Human Action“ (nota 13), capítulo 1.5; Carl Menger, “Grundsaetze der Volkswirtschaftslehre“ (Viena: Braumueller, 1871), págs. 3, 7ff.

25 La Hermenéutica frente al Empirismo ― El Racionalismo frente a ambos(Segunda Parte)

causalidad derivan de pruebas de observación contingente, ya que el mismo hecho de experimentar presupone ya la acción y observaciones causalmente interpretadas. Cada acción es y debe ser entendida como una interferencia con el mundo observacional, realizada con la intención de desviar el curso “natural” de los eventos con el fin de producir (es decir, causar o llegar a ser) un estado de cosas diferente, preferido —de hacer que sucedan cosas que de lo contrario no ocurrirían— y por lo tanto presupone los conceptos de eventos situados en el tiempo objetivo y de causas que operan invariantes en el tiempo. Un actor puede equivocarse con respecto a sus particulares asunciones sobre qué previas interferencias produjeron qué resultados después, por lo que su no interferencia en realidad podría no llegar a tener éxito. Pero tenga o no éxito, cualquier acción, haya o no cambiado en vista de su éxito o fracaso, presupone la existencia de acontecimientos en el tiempo que están constantemente conectados, incluso cuando no hay ningún motivo especial para que un evento en particular pueda nunca preverse de antemano por cualquier actor en un momento cualquiera. De hecho, el intento de refutar que los eventos de observación se rigen por causas que funcionan de forma invariante en el tiempo requeriría que uno demostrase que un acontecimiento determinado no se puede observar o producir sobre la base de alguna interferencia anterior. Sin embargo, tratar de refutar esto de nuevo presupondría necesariamente que la ocurrencia o no ocurrencia del fenómeno bajo escrutinio, de hecho, se podría realizar adoptando las medidas apropiadas y que el fenómeno debería por lo tanto estar presumiblemente integrado en una red de causas que operasen constantemente. Por lo tanto, el Racionalismo llega a la conclusión de que la validez del principio de causalidad no puede ser falsificada porque se tome cualquier acción, ya que cualquier acción tendría que presuponerla. 37

  • Aunque con bastante frecuencia se menciona como un contra-ejemplo empírico, hay que señalar que la física cuántica, o más precisamente, la indeterminación de Heisenberg o principio de la física cuántica, correctamente interpretado, está de acuerdo con esto. Lo que se ha dicho anteriormente no excluye —y ésta es precisamente la situación en la física cuántica— que para producir experimentalmente un resultado, dos o más actos de medición deben llevarse a cabo y como dos acciones separadas sólo pueden llevarse a cabo secuencialmente, el resultado del último acto de medición podría cambiar los resultados del anterior, de modo que si se demostrase que esto es inevitable, los resultados en cuestión sólo podrían predecirse estadísticamente y una explicación determinista resultaría imposible. Pero incluso en este caso, cada acto separado de medición presupone la validez del principio de constancia —de lo contrario, ninguno de los dos se habría realizado—; y también la secuencia de hechos presupone que causas que operen constantemente, ya que de lo contrario sería simplemente imposible repetir dos experimentos en el campo de la física cuántica y mantener al mismo tiempo que ése sea el caso. Por otra parte, la experiencia de la física cuántica está por completo en línea con la conclusión anterior con respecto a la caracterización de la causalidad como un fenómeno producido por una acción y como una característica necesaria (que sabemos que es válida a priori) de la realidad. Si las causas sólo

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McCloskey no se percata de nada de esto. Y así no es de extrañar que los argumentos en apoyo de su afirmación en cuanto a la imposibilidad de predicción en Economía estén también fuera de lugar. Aunque en sí mismos los argumentos sean correctos, simplemente no constituyen el teorema de la imposibilidad que se necesita.

Lo que McCloskey ofrece como prueba, que por cierto dice ser “más precisa” que otras ideas anteriores relacionadas con los Austriacos (pág. 90) , es la siguiente reflexión: “Si los economistas pudiesen [predecir] mejor que los hombres de negocios, los economistas serían ricos. No lo son” (pág. 93). Por lotanto, no hay que confiar en las personas que dicen tener información sobre eventos económicos futuros. Porque si realmente tuvieran ese conocimiento, ¿Por qué ellos no se hacen ricos, en vez de decirnos cómo (pág. 16)? Si somos realistas, debemos considerar que los analistas económicos suministran información que, en general, no tiene valor económico en la medida que no nos dice nada más acerca de futuros acontecimientos económicos que lo quela gente interesada, en promedio, cree y espera que, de todos modos, suceda y ya lo han descontado en sus acciones presentes ( pág. 93 f.).

Bien, de acuerdo. Sin embargo, una presentación mucho más sucinta que ésta ya se puede encontrar en Mises.

No hay reglas gracias a las que se pueda ser calcular la duración del siguiente auge o depresión. E incluso si esas normas estuvieran disponibles no serían de ninguna utilidad para los empresarios. Lo que el hombre de negocios individualmente necesita con el fin de evitar pérdidas es conocer cuando o en qué fecha o momento se producirá el punto de inflexión, en un momento en el que otros empresarios todavía crean que el crash está más lejos lo lo que es realmente el caso … El juicio empresarial no se puede comprar en el mercado. La idea empresarial que funciona y da beneficios es precisamente la idea que no se le ocurrió a la mayoría. No es la previsión correcta, como tal, lo que rinde beneficios, sino la previsión que es mejor que la de los demás. 38

pueden de hecho medirse e identificarse de forma secuencial, a través de acciones que tienen repercusiones la una sobre la otra, entonces solo pueden, en principio, ser causas cuya constante aplicación es de un tipo probabilístico —y esto, sin duda, puede de nuevo saberse que es a priori verdad—. Luego la física cuántica sólo revela que casos como éste no son meramente concebibles, sino que de hecho existen. Véase sobre esto a F. Kambartel, “Erfahrung und Struktur“ (nota 11), pág. 138ff.; También P. Mittelstaedt, “Philosophische Probleme der odernen Physik“ (Mannheim: Instituto Bibliográfico, 1968).

38 “Human Action“ (note 13), págs. 870-71.

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Sin embargo, esto, como sabe Mises pero no McCloskey, no prueba la imposibilidad de hacer predicciones causales en Economía. 39 Todo lo que demuestra es que los beneficios diferenciales sólo pueden surgir de diferencias de conocimiento. La cuestión es, sin embargo, si ese conocimiento—independientemente de si se distribuye de manera desigual, y por lo tanto permite la posibilidad de ganancias y pérdidas diferenciadas o igualmente distribuidas, en cuyo caso tiende a representar tan solo una tasa uniforme de rentabilidad para los pronosticadores— es tal que podría expresarse en una fórmula de predicción que pudiera legítimamente hacer uso de la hipótesis de las causas invariantes en el tiempo y que por lo tanto pudiera concebirse como una fórmula sistemática comprobable y mejorable.

Seguramente McCloskey no quiere negar la posibilidad de predicción en Economía. Hacemos constantemente esas predicciones. Por otra parte, mientras que los analistas económicos no pueden por lo general hacerse ricos y, evidentemente, no pueden saber más que el resto de nosotros, algunos de ellos lo son, y sin duda hay algunos empresarios que son ricos. Evidentemente, las personas no sólo pueden pronosticar, sino que pueden pronosticar correctamente y con éxito. El teorema de la imposibilidad no se puede entender en el sentido de demostrar que no se puedan hacer en absoluto predicciones (con éxito) en el campo de la Economía, sino solamente que en él hay cierto tipo de predicciones que son imposibles y que sí que son en cambio posibles en otros ámbitos. Sin embargo, el argumento no prueba esto. Ya que no tenemos dificultades para aplicar la idea del conocimiento predictivo diferencial y de los rendimientos diferenciados al campo de las Ciencias Naturales y seguir viéndolas como un área que está paulatinamente progresando y que está produciendo fórmulas de predicción que son cada vez mejores. Un pronosticador en el ámbito de las Ciencias Naturales puede saber más que otro, e incluso mantenerse por delante de la competencia de forma permanente, pero esto no implica que su ventaja comparativa no sea tal que no pueda expresarse, en todo momento, en términos de una fórmula que utilice constantes predictivas y sea susceptible de mejora sistemática por medio de sucesivos testeos. ¿Por qué, entonces, debe ser esto diferente en el ámbito de la predicción económica? ¿Por qué no puede el hombre de negocios que se ha hecho rico haber adquirido su posición de la misma forma que el relativamente más éxitoso pronosticador en las Ciencias Naturales?

Esto es lo que el teorema de la imposibilidad debe contestar. Sobre esto, sin embargo, McCloskey guarda silencio. Tampoco puede dar a ello respuesta un hermeneuta. Porque un teorema de la imposibilidad sería precisamente el

  • Mises correctamente pone el acento en que el argumento decisivo contra las predicciones causales en Economía debe ser la ausencia de “relaciones constantes“ en el campo del conocimiento y la acción humanas. Véase, por ejemplo, “Human Action“ (nota 13), pág. 55f.

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tipo de argumento capaz de parar en seco la conversación y que McCloskey dice que no existe. La demostración de que la predicción económica es categóricamente diferente de las que se hacen en las Ciencias Naturales no haría más que confirmar las reivindicaciones del Racionalismo. Semejante demostración no tendría consecuencias relativistas con respecto a las predicciones económicas como puede parecer en un primer momento —a sostener que un pronosticador económico no puede cometer ningún error sistemático y que por tanto el fracaso o acierto de cualquier pronóstico económico sería entonces enteramente consecuencia de la mala o buena suerte—. En su lugar, incluso si se demostrase que efectivamente existe un elemento suerte que es imposible de erradicar en el campo de la previsión económica, y que hiciera que el progreso, tal y como ocurre con la predicción tecnológica, fuese imposible en el campo de la Economía, esa prueba tendría simultáneamente que establecer la existencia de proposiciones económicas que serían apriorísticamente ciertas, que después restringirían sistemáticamente la gama de posibles predicciones sobre eventos económicos futuros, y que abrirían la posibilidad de predicciones sistemáticamente erróneas por estar apriorísticamente en desacuerdo con conocimientos válidos tan fundamentales.

Y, en efecto, argumenta el Racionalismo, las predicciones económicas que hicieran uso de la hipótesis de las causas invariantes en el tiempo deben por ello considerarse como sistemáticamente equivocadas. 40 Mientras que cada acción presupone causalidad, ningún actor puede concebir que sus acciones sean siempre predecibles sobre la base de causas que operen constantemente. La causalidad únicamente es concebible fuera del campo de la acción humana y las predicciones económicas, como predicciones relativas a acciones futuras, son imposibles. Esto se deduce del propio Modernismo, que McCloskey critica, lo que, dicho sea de paso, prueba una vez mas que su tesis es contradictoria. El Empirismo afirma que las acciones, al igual que cualquier otro fenómeno, pueden y deben ser explicadas por medio de hipótesis causales que pueden ser confirmadas o falsificadas mediante la experiencia. Ahora bien, si este fuera el caso, el Empirismo se vería obligado a asumir —en contra de su propia doctrina de que no cabe el conocimiento apriorístico de la realidad— que respecto de las acciones sí que existen causas que intervienen de forma invariante en el tiempo. Uno no sabría a priori qué evento particular puede ser la causa de una acción particular. La experiencia tendría que revelar esto. Pero a fin de proceder en la forma en que el Empirismo quiere que se proceda (es decir, relacionando diferentes experiencias relativas a secuencias de eventos para confirmarlos o ver si son

  • Véase Hans-Hermann Hoppe, “Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung“ (Opladen: Westdeutscher Verlag, 1983); Hoppe, “Is Research Based on Causal Scientific Principles Possible in the Social Sciences“, Ratio, XXV, no. 1, 1983.

29 La Hermenéutica frente al Empirismo ― El Racionalismo frente a ambos(Segunda Parte)

falsos y, si lo son, responder entonces con una reformulación de la hipótesis causal), se ha de presuponer que las causas, como tales, operan continuamente en el tiempo (sin ese presupuesto, las diferentes experiencias serían simplemente independientes, observaciones inconmensurables). 41 Sin embargo, si esto fuera cierto y en efecto las acciones pudieran concebirse como gobernadas por causas operativas invariantes en el tiempo, ¿Cómo explicar a los explicadores (es decir, a las personas que llevan a cabo el mismísimo proceso de creación de hipótesis, de verificación y de falsificación)? Evidentemente, con el fin de asimilar la confirmación o la falsificación de experiencias —para reemplazar antiguas hipótesis con nuevas— se ha de suponer que uno es capaz de aprender. Sin embargo, si uno es capaz de aprender de la experiencia, entonces uno puede no saber en algún momento lo que sabrá en un momento posterior y cómo actuará sobre la base de este conocimiento posterior. Por el contrario, uno sólo puede reconstruir las causas de sus acciones después de sucedido el evento, puesto que uno solamente puede explicar el conocimiento que posee tras haberlo adquirido. Por lo tanto, la metodología empírica aplicada al campo del conocimiento y la acción, que tiene al conocimiento como su ingrediente necesario, es simplemente contradictoria —un absurdo lógico—. 42

Por otra parte, es claramente contradictorio sostener que uno pueda algún día predecir su propio conocimiento y sus propias acciones basándose en causas antecedentes que operen constantemente. Argumentar esto no solo es absurdo, porque implica que uno puede saber ahora lo que sabrá en el futuro; también es contradictorio, porque hacerlo equivale a reconocer que hay algo, que aún no se entiende, que aún se tiene que aprender y examinar para ver si sus pretensiones de validez son aceptables, cuyos resultados hasta ese momento son desconocidos con respecto al resultado que se ha de seguir de ello (ya sea para nuestro futuro conocimiento o para el nuestro y el de otros sobre el conocimiento de los demás).

Así pues, como McCloskey afirma, aunque no lo prueba, las explicaciones causales empíricas sobre el conocimiento y la acción son de hecho imposibles. Quien pretenda, como los economistas empíricos invariablemente hacen, que es capaz de predecir el futuro del conocimiento y las acciones sobre la base de

  • Sobre esto, véase la nota 34.
  • Resulta interesante que esta prueba fuera por primera vez formulada por Popper en el prefacio de su “The Poverty of Historicism“ (London: Routledge & Kegan Paul, 1957). Sin embargo, Popper no se da cuenta de que semejante prueba en realidad invalida la idea del monismo metodológico y demuestra la inaplicabilidad de su filosofía falsificacionista en el campo del conocimiento y la acción humanas. Véase sobre esto a Hans-Hermann Hoppe, “Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung“ (note 40), págs 44-49; K.O. Apel, “Die Erklaeren: Verstehen Kontroverse“ (note 31), págs. 44-46, nota 19.

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variables antecedentes que operan constantemente, está sencillamente diciendo cosas que no tienen ningún sentido. No hay tales constantes en el campo de la acción humana, como Mises insistía una y otra vez. La predicción económica no es y nunca puede ser una ciencia, pero siempre será un arte imposible de enseñar de forma sistemática. Sin embargo, y voy a volver a esto en breve, esto no quiere decir que estas previsiones no estén en modo alguno restringidas. Si bien ninguna acción en particular se puede jamás predecir científicamente, todas y cada una de las predicciones sobre futuras acciones y sus consecuencias se ven limitadas por nuestro conocimiento apriorístico de las acciones como tales.

4. El Racionalismo y los Fundamentos de la Economía.

En la segunda parte de su crítica al Empirismo-positivista, los hermenéuticos fallan al igual que fallaron en la primera. Y de nuevo, es el Racionalismo Filosófico —crítico por igual con la Hermenéutica y con el Empirismo— el que se reivindica. Sin embargo, McCloskey señala que hay una cuestión adicional que es digna de mención en cuanto nos recuerda que la Hermenéutica moderna es una consecuencia de la disciplina de la interpretación de la Biblia. 43 En línea con esta orientación tradicionalista, la defensa de la Hermenéutica en última instancia se reduce a una apelación acrítica y a una aceptación de la autoridad. McCloskey nos pide que abracemos el nuevo viejo credo porque ciertas autoridades nos dicen que lo hagamos. En su opinión, el Empirismo no está equivocado como tal —de hecho, hubo un tiempo en que seguir el consejo empirista era algo bastante correcto. Pero eso fue cuando todas las autoridades filosóficas se habían vendido al Empirismo. Desde entonces el Empirismo no goza del favor de los monarcas de la Filosofía y sólo los profesionales de la ciencia todavía se aferran a él, sin darse cuenta de que la moda ha cambiado. Ya es hora, pues, que cambiamos y sigamos a los nuevos pioneros de la moda. Escribe McCloskey: “El argumento que Hutchison, Samuelson, Friedman, Machlup y sus seguidores dieron para adoptar su metafísica era un argumento de autoridad que en aquel momento era correcto, es decir, que eso era lo que los filósofos decían. La fe en la Filosofía fue un error táctico, porque estaba cambiando mientras hablaban” (pág. 12). Y lo mismo valepara la matematización de la Economía. Hubo un tiempo en que se consideró como algo positivo; ahora ya no. Los vientos de la moda cambian y es mejor que estemos atentos a ellos. “Los economistas antes de dar acogida a las Matemáticas cayeron de cabeza … en confusiones que unas pocas Matemáticas habrían despejado“. Imaginaros que

43 Véase sobre esto a H. Albert, “Traktat ueber kritische Vernunft“ (Tubingen: Mohr, 1969), especialmente el capítulo 5.V, VI.

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no podían tener claro, por ejemplo, la diferencia entre el movimiento de toda una curva y el movimiento a lo largo de una curva… Pero ahora, tanto tiempo después de la victoria, uno se podría preguntar si la fé que la sustentó tiene aún una función social. Uno se podría preguntar si la estridente chachara científica en Economía, que en su momento fue útil al aportar claridad y rigor a dicho campo, ha dejado de ser útil”. (Págs. 3-5)

Seguramente, esto está de nuevo a la altura de las formas genuinamente relativistas. Pero, como hemos visto, no hay en el mundo ninguna razón para aceptar tal Relativismo. El Relativismo es una posición que se contradice a sí misma. Y al igual que es imposible defender el Relativismo Hermenéutico como la metodología actual, es imposible defender el Empirismo Positivista de ayer. El Empirismo Positivista, también, es una doctrina que se contradice a sí misma, y no sólo por su monismo observacional, el cual no se puede afirmar sin admitir implícitamente su falsedad y sin aceptar una dualidad de fenómenos, observables y significativos, que se han de comprender gracias a nuestro conocimiento de la acción y de la cooperación. La distinción fundamental del Empirismo entre proposiciones analíticas, empíricas y normativas es igualmente indefendible. ¿Cuál es entonces la situación de la proposición misma que introduce esta distinción? Suponiendo que el razonamiento empírico es correcto, tiene que ser una proposición analítica o una proposición empírica o debe ser una expresión de emociones. Si se entiende como analítica, entonces, de acuerdo con su propia doctrina es meramente una expresión verbal, que no nos dice nada sobre la realidad, sino que solamente es definición de un sonido o de un símbolo por medio de otro por lo que uno simplemente tendría que limitarse a contestar: “¿Y qué?” La misma respuesta sería apropiada, si, en cambio, la proposición básica empirista se considerase empírica. Porque si esto fuera así, no solo se tendría que admitir que las proposiciones bien podrían estar equivocadas. Lo que es más decisivo es que, como proposición empírica, a lo más que podría aspirar es a establecer un hecho histórico por lo que sería totalmente irrelevante a los efectos de determinar si sería imposible que llegara jamás a producir: proposiciones apriorísticamente ciertas, que no fueran analíticas, o proposiciones normativas, que no fuesen emociones. Y, por último, si se supone que la línea empirista de razonamiento constituye un argumento emocional, entonces, conforme a sus propias conclusiones, carece cognitivamente de sentido y uno no tendría que prestarle más atención que al ladrido de un perro. Luego, tenemos que llegar a la conclusión de que el Empirismo Positivista es un completo fracaso. Si fuese correcto, su premisa básica ni siquiera podría considerarse como una proposición cognitivamente significativa; y si se pudiera considerar como tal y el Empirismo hubiera en efecto formulado la proposición que todos pensamos, entonces quedaría

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demostrado que la distinción analítica-empírica-normativa es falsa porque lo sería la mismísima proposición que la introduce. 44

¿Cómo es entonces posible que se haya considerado correcto seguir una doctrina falsa? Concebir a la Economía, o más precisamente a las acciones, como hace el Empirismo, y en consecuencia tratar a los fenómenos económicos como variables observables, medibles y manejables mediante el razonamiento matemático, siempre debe haber sido un error. Y la aparición del Positivismo en el campo de la Economía nunca podía añadir claridad, sino que desde el principio ayudó a introducir cada vez más falsedades en ese campo.

Hay un conocimiento empírico que es válido a priori. Y ese conocimiento nos informa que nunca ha sido correcto representar las relaciones entre los fenómenos económicos en términos de ecuaciones que tengan como presupuesto constantes empíricas causales, porque concebir las acciones como causadas por variables antecedentes y como predecibles sobre la base de variables antecedentes es algo contradictorio. Es más, el propio conocimiento apriorístico nos revela que es en todo momento incorrecto concebir a las variables económicas como magnitudes observables. Por el contrario, todas las categorías de acción deben ser entendidas solamente como interpretaciones subjetivas de los acontecimientos observables existentes. El hecho de que el conocimiento y la charla son las de un actor y que vengan limitados por nuestra naturaleza como actores es algo que no se puede observar, sino que más bien es algo que se ha de comprender. Tampoco es sencillo observar la causalidad o el tiempo objetivo, pero el

44 Mises escribe:

“La esencia del positivismo lógico es negar el valor cognitivo de un conocimiento apriorístico señalando que todas las proposiciones apriorísticas son meramente analíticas. No proporcionan nueva información, sino que son meramente verbales y tautológicas … Sólo la experiencia puede llevar a proposiciones sintéticas. Hay una obvia objeción contra esta doctrina, a saber, que esta proposición —que quien esto escribe piensa que es falsa— es en sí misma una proposición sintética a priori, ya que manifiestamente no puede ser establecida por la experiencia“ (“The Ultimate Foundation of Economic Science“ [nota 13], pág. 5).

Es notable observar que los empiristas reaccionan con total impotencia ante los argumentos de ese tipo que defienden proposiciones apriorísticas sintéticas. Como atestigua, por ejemplo, Mark Blaug, “The Methodology of Economics“ (nota 19), págs. 91-93, en el que se enzarza en un ataque de desprestigio total contra Mises (“los últimos escritos de Mises … sobre los fundamentos de la ciencia económica son tan irritantes e idiosincráticos que no deja de maravillarnos que alguien los haya tomado en serio“, pág. 93) sin presentar ni un soloargumento y sin darse cuenta de lo extraña que resulta su confianza en sí mismo y que el carácter apodíctico con la que presenta sus pronunciamientos metodológicos anti-apriorísticos contrasta con el falsificacionismo que profesa. La misma discrepancia entre, por un lado, una completa falta de argumentos y, por otra soberbia, apodíctica, también caracterizan el “tratamiento” que dispensa a la obra de Hollis y Nell “Rational Economic Man“ (nota 15) en las págs. 123-26.

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conocimiento que tenemos de ellos está basado en nuestro conocimiento previo de lo que es la acción. Y lo mismo sucede con respecto al resto de las categorías económicas, como sobre todo Mises ha demostrado. No hay valores que puedan ser observados, sino que solo gracias a nuestro conocimiento previo de la acción podemos asignar valor a las cosas. De hecho, lo que llamamos acciones tampoco son algo observable sino algo que se ha de de entender. No se puede observar que con cada acción un actor persiga un objetivo y que, cualquiera que sea éste, el hecho de que un actor lo persiga revela que está asignándole un valor relativamente mayor que a cualquier otro en el que pudiera haber estado pensando al iniciar su acción. Además, tampoco se puede observar que para conseguir su objetivo más valorado un actor deba interferir (o decidir no interferir) en un momento previo en el tiempo para producir algún resultado después, ni que esas interferencias invariablemente impliquen el empleo de ciertos medios escasos (al menos los del cuerpo de los actores, el del espacio que ocupan y el del tiempo empleado en la interferencia). Es observable (1) que estos medios también deben tener valor para un actor —un valor derivado del objetivo que persiguen — porque el actor debe pensar que su empleo es necesario con el fin de lograr efectivamente el objetivo y (2) que las acciones sólo pueden ser realizadas de forma secuencial, siempre que impliquen la realización de una elección (es decir, tomando el curso de acción que en algún momento dado en el tiempo promete el resultado más valorado por el actor y que al mismo tiempo excluye proseguir otros objetivos, menos valorados). No se puede observar que, como consecuencia de tener que elegir y dar preferencia a un objetivo sobre otro — de no ser capaz de realizar todos los objetivos simultáneamente— cada acción implique incurrir en costes (es decir, renunciar al valor asignado al objetivo alternativo de más valor que no se puede realizar o cuya realización debe ser pospuesta porque los medios necesarios para conseguirlo están destinados a producir otro aún más altamente valorado). Y, por último, no es observable que en este punto de partida, se tenga que considerar que todos los objetivos de la acción (1) valen más para el actor que sus costos y (2) que sean capaces de producir un beneficio (es decir, un resultado cuyo valor se ha clasificado más alto que el de las oportunidades perdidas), y que, sin embargo, toda acción está también siempre abierta a la posibilidad de una pérdida cuando un actor descubre, en retrospectiva, que el resultado realmente alcanzado — contrariamente a sus previas expectativas— de hecho tiene un valor inferior al que habría obtenido con la alternativa a la que renunció.

Todas estas categorías (valores, fines, medios, la elecciones, preferencias, costes, pérdidas y ganancias, tiempo y causalidad) están implícitas en el concepto de acción. Para que uno sea capaz de interpretar las experiencias inherentes a esas categorías se requiere que uno ya sepa lo que significa actuar. Nadie que no sea un actor podría jamás llegar a entenderlas, ya que

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no vienen “dadas”, listas para ser experimentadas, sino que es la experiencia del actor la que construye y da sentido a esos términos. Luego, tratar a tales conceptos, como hace el Empirismo Positivista, como cosas que se extienden en el espacio y que son susceptibles de mediciones cuantificables es errar por completo el objetivo. Independientemente de lo que uno pueda explicar siguiendo los consejos empiristas, no tiene nada que ver con explicar las acciones y experiencias inherentes a las categorías de acción. Estas categorías son inevitablemente subjetivas. Y sin embargo, representan conocimientos empíricos en la medida en que son organizaciones conceptuales de eventos y sucesos reales. Son definiciones que no son meramente verbales; son definiciones reales de cosas reales y observaciones reales.45 Además, no solo son conocimiento empírico; contrariamente a todas las aspiraciones relativistas, incorporan un conocimiento empírico a priori válido. Porque está claro que sería imposible refutar su validez empírica, ya que hacerlo sería a su vez una acción dirigida a un objetivo, que requiere medios, con exclusión de otras líneas de actuación, que incurre en costos y somete al actor a la posibilidad de alcanzar o no el objetivo deseado y así de obtener una ganancia o sufrir una pérdida. La posesión de ese conocimiento no se puede negar, y la validez de estos conceptos no puede ser falsificada por ninguna experiencia contingente, puesto que disputar o falsificar algo presupone ya su propia existencia. De hecho, una situación en la que estas categorías de acción dejaran de tener una existencia real nunca podría llegar a observarse, puesto que hacer una observación equivale en sí a una acción.

El razonamiento económico tiene su fundamento en este conocimiento apriorístico del significado de la acción.46 Se ocupa de fenómenos que, aunque

  • Los empíricos, por supuesto, dirían que esas definiciones son tautologías. Sin embargo, debe quedar perfectamente claro que la precedente definición de la acción es de naturaleza categóricamente diferente a una definición de soltero como “persona no casada”. Mientras que esta última es de hecho una estipulación verbal completamente arbitraria, las proposiciones que definen la acción definitivamente no lo son. De hecho, mientras que uno puede definir cualquier cosa que a uno le plazca, no se puede dejar de hacer las distinciones conceptuales entre fines y medios y así sucesivamente ya que “definir algo en términos de otra cosa” sería a su vez una acción. Es por tanto contradictorio negar, como hace el Empirismo Positivista, la existencia de “definiciones reales”. Hollis y Nell (nota 15) observan “Las definiciones honestas son, desde un punto de vista empírico, de dos clases, léxicas y estipulativas” (pág. 177). Pero “cuando se trata de justificar [este] punto de vista, presumiblemente, se nos ofrece una definición de la definición. Cualquiera que sea la categoría de definiciones en la que se incardine una definición, no tenemos que aceptarla como carente de todo valor epistemológico. En efecto, no sería ni siquiera una potencial tesis epistemológica, a menos que no fuese ni léxica ni estipulativa. El enfoque [entonces] es a la vez inconveniente y se refuta a sí mismo. Una opinión contraria que cuenta con una larga tradición es que hay definiciones “reales”, que capturan la esencia de la cosa definida“. (pág. 178). Véase también B. Blanshard (nota 11),pág. 268f.
  • Hollis y Nell (nota 15, pág. 243) sostienen que el concepto primario sobre el que la Economía, concebida como una ciencia apriorística, descansa no es ninguna “acción” sino en “la

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objetivamente existentes, no pueden ser medidos físicamente, sino que deben ser entendidos como eventos conceptualmente distintos. Y trata de fenómenos que no se pueden predecir a partir de causas que operen constantemente; y nuestro conocimiento predictivo acerca de tales fenómenos, en consecuencia, no se puede decir que esté limitado por leyes empíricas contingentes (es decir, leyes que uno tendría que descubrir mediante experiencias posteriores). En su lugar, se trata de objetos y eventos que se ven limitados por la existencia de unas leyes y restricciones válidas, lógicas o praxeológicas a priori (es decir, leyes cuya validez es totalmente independiente de cualquier tipo de experiencia a posteriori). El razonamiento económico consiste en (1) una comprensión de las categorías de la acción y del significado de un cambio en los valores, preferencias, conocimientos, medios, costes, beneficios o pérdidas y demás (2) en una descripción de una situación en la que estas categorías asumen un significado específico y en la que individuos concretos son descritos como actores, que tienen unos concretos objetivos, medios, beneficios y costes y (3) una deducción lógica de las consecuencias que resultan de la introducción de alguna acción especifica en esta situación o de las consecuencias que se derivan para un actor si esta situación cambia de una manera específica. Siempre que no haya ningún fallo en el proceso de deducción, las conclusiones a las que se llega con ese razonamiento son válidas a priori debido a que su validez, en última instancia, se remonta al axioma indiscutible de la acción. Si la situación y los cambios introducidos en la misma son ficticios o supuestos, entonces, las conclusiones son ciertas a priori solamente en un mundo que sea posible. Si, por otra parte, la situación y los cambios se pueden identificar como reales, percibidos y conceptualizados como tales por actores reales, entonces, las conclusiones son proposiciones a priori verdaderas sobre el mundo como realmente es. Y tales conclusiones realistas, que son la principal preocupación de los economistas, actúan como limitaciones lógicas sobre nuestras predicciones actuales de los acontecimientos económicos del futuro. No garantizan predicciones correctas —incluso si los presupuestos empíricos son de hecho

reproducción del sistema económico“. Dándose cuenta del desacuerdo que existe entre losaprioristas, Caldwell (nota 10, pág. 131 y ss.) llega a la curiosa conclusión de que algo debe estar mal con el apriorismo y a abogar después por rechazar cualquier compromiso con el Pluralismo (véase la nota 10). Sin embargo, tal razonamiento es tan concluyente (o, mejor dicho, no concluyente) como inferir del hecho de que existan discrepancias entre las personas, en cuanto a la validez de ciertas proposiciones empíricas, que no hay hechos empíricos y, por tanto, que ninguna ciencia empírica es posible. De hecho, la conclusión de Caldwell es aún más curiosa, dado que en la controversia en cuestión, la solución es clara como la luz del día: sea lo que sea que un “sistema” económico pueda ser, puede ciertamente no existir o no ser susceptible de ser reproducido de no haber agentes que actúen. Es más, decir que la “reproducción del sistema” es el concepto primario para el análisis económico es claramente contradictorio —a menos que fuese simplemente sinónimo de decir que en eso consiste la acción— porque para decirlo se necesita de un actor que efectivamente así lo diga.

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correctos y las deducciones son impecables— porque en la realidad, pueden estar ocurriendo simultáneamente todo tipo de cambios en la situación o después del cambio introducido explícitamente en los datos de la dualidad [acción-mundo]. Y a pesar de que también afectan a la forma de las cosas que están por llegar (y cancelar, aumentar, disminuir, acelerar o ralentizar los efectos derivados de otras fuentes), esos cambios concurrentes nunca se pueden, en principio, predecir o mantener constantes experimentalmente, porque concebir el conocimiento subjetivo (en el que cada cambio tiene un impacto en la acción) como predecible sobre la base de variables antecedentes y como susceptible de permanecer constante es algo totalmente absurdo. El experimentador que de este modo quisiera mantenerlo constante, de hecho, tendría que presuponer que su conocimiento, específicamente su conocimiento con respecto al resultado del experimento, no se podría asumir que fuese constante en el tiempo. Sin embargo, aunque no pueden hacer que cualquier específico evento económico futuro se dé por seguro o sea incluso predecible sobre la base de una fórmula, semejantes conclusiones apriorísticas, no obstante, restringen sistemáticamente el rango de predicciones posiblemente correctas. Las predicciones que no se ajustan a ese conocimiento estarían sistemáticamente viciadas y conducirían a un aumento sistemático en el número de errores de las previsiones —no en el sentido de que quien haga sus predicciones sobre los eventos económicos futuros basándose en el razonamiento praxeológico correcto tenga necesariamente que hacerlas mejor que alguien que las obtenga a partir de deducciones lógicas erróneas y cadenas de razonamiento viciados, sino en el sentido de que a largo plazo, certeris paribus, obtendría en promedio mejores resultados —.

Con respecto a cualquier pronóstico específico, es muy posible fallar a pesar de haber identificado correctamente un cambio de la situación que se describe en términos de las categorías apriorísticas de la acción y de haber analizado correctamente las consecuencias praxeológicas de dicho cambio, porque uno puede equivocarse a la hora de identificar algún otro cambio concurrente. También es posible que, habiéndose descrito correctamente el cambio experimentado en una determinada situación, se obtenga un pronóstico correcto a pesar de ser praxeológicamente incorrectas las consecuencias extraídas de ese cambio, porque otros eventos simultáneos podrían contrarrestar la errónea evaluación de sus efectos. Sin embargo, si se asume que, en promedio, los pronosticadores con o sin un sólido conocimiento de las leyes y las constantes praxeológicas están ambos igual de bien equipados para anticipar los distintos cambios concurrentes en la dualidad [acción-mundo] y de dar cuenta de ellos en sus predicciones, entonces, el grupo de pronosticadores que haga sus predicciones

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reconociendo esas leyes y ajustándose a las mismas tendrá más éxito que quienes no lo hagan.

Al igual que todos los teoremas económicos, la ley de la demanda (que genera considerable malestar tanto a los empíricos como a los hermenéuticos por la posición central apodíctica que asumen en Economía) constituye a priori una verdadera restricción en cuanto a las consecuencias de ciertas acciones. El Empirismo nos dice que hemos de entenderla como una hipótesis en principio falsificable sobre las consecuencias de los cambios en los precios. Sin embargo, si lo aceptamos y sometemos a esa ley a pruebas empíricas, es frecuente descubrir que un incremento de precios, por ejemplo, va de la mano con un aumento de la cantidad demandada o que una disminución del precio se ve acompañada de una disminución de la demanda. La ley se cumple a veces y para algunos bienes, pero en otras ocasiones, respecto de los mismos o de otros bienes, no se cumple. ¿Cómo, pues, concluye el Empirismo, pueden los economistas asignar a esta ley la posición axiomática que ocupa en la Teoría Económica y construir una red compleja de ideas basadas en ella? Hacer eso, debe parecer a ojos de un empírico, que no es sino mala Metafísica que ha de ser expulsada cuanto antes de la disciplina para devolver a la Economía a la senda correcta. 47

La Hermenéutica no tiene más éxito a la hora de justificar la ley de la demanda. McCloskey se da cuenta de que la defensa empirista de la ley es débil en el mejor de los casos. Sin embargo, él cree que es aceptable aferrarse a ella, ya que —a pesar de su Empirismo profeso, la mayoría de los economistas, de hecho, lo hacen— porque la ley de la demanda es supuestamente convincente a la luz de otras pruebas hermenéutica (págs. 58-60). Las supuestas evidencias que la sustentan provienen de la ” introspección“, de “experimentos mentales” y de historias de casos ilustrativos; está el hecho convincente de que los “empresarios” creen en la ley al igual que “muchos sabios economistas“; la “simetría de la ley” hace que sea estéticamente atractiva;una “simple definición ” le da fuerza; y “por encima de todo, existe analogía. Que la ley de la demanda es cierta para el helado y las películas, cosa que nadie se atrevería a negar, hace que sea también más convincente para la gasolina” (pág.60). Nada de esto, sin embargo, puede hacer que la ley de la demanda esté mejor fundada ni le proporciona la autoridad que de hecho ejerce. Es indudable que la introspección es la fuente de nuestro conocimiento de la ley de la demanda. Esta particular ley, como la Lógica o las Matemáticas, no se basa en observaciones. Sin embargo, la introspección como tal, o los experimentos mentales, no pueden establecer la ley de la demanda más y mejor de lo que pueden hacerlo las pruebas que resultan de la observación.

  • Sobre la posición de los empíricos respecto de la ley de la demanda, véase Mark Blaug (nota 19), capítulo 6.

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También la evidencia introspectiva es experiencia contingente. Aquí y ahora, alguien llega a esa idea y más tarde, en otro lugar, otra persona llega a la misma o a diferente conclusión. Como el propio McCloskey afirma, “si uno está bien familiarizado con la Economía“, tanto la introspección como losexperimentos mentales hacen que la ley parezca muy convincente (Pág. 59). Pero, mutatis mutandis, entonces, si uno no está tan familiarizado con ella, la introspección podría hacer que la ley fuese mucho menos atractiva. En cuyo caso, sin embargo, la introspección, como tal, es difícil que pueda prestarle ningún apoyo sistemático. De hecho, apelar a la evidencia introspectiva de los economistas implica plantear una cuestión de principio ya que, en primer lugar, tendría que explicar por qué tiene uno que aceptar esa familiarización con lo económico o semejante lavado de cerebro. Igualmente, el registro histórico de casos o las convicciones de ciertos empresarios o de algunos sabios economistas no prueban nada. Los criterios estéticos y las meras definiciones, tampoco, tienen ningún valor epistemológico. Y las conclusiones per analogiam sólo son concluyentes si la propia analogía puede decirse quees correcta —aparte del hecho de que ciertamente no sería imposible que alguien dijera que la ley de la demanda suena poco convincente hasta para los helados y las películas—.48 Por lo tanto, la Hermenéutica no ofrece nada sustantivo para reivindicar nuestra creencia en la ley de la demanda.

Y sin embargo, la ley de la demanda es objetivamente cierta a pesar de no estar basada en experiencias contingentes externas o internas. Su fundamento radica más bien en nuestra comprensión introspectiva de la acción como presupuesto práctico de nuestras experiencias externas e internas y en el reconocimiento del hecho de que esa comprensión debe ser considerada epistemológicamente como previa a cualquier acto contingente de comprensión en cuanto no sería posible que fuese falsificada por aquél. El hecho de que para intercambiar sucesivas unidades de un bien A por unidades sucesivas de un bien B, la relación de canje entre A y B ha de disminuir es algo que se desprende de la ley de la utilidad marginal: conforme la oferta de A disminuye y la utilidad marginal de una unidad de A aumenta la oferta de B aumenta y la utilidad marginal de las unidades de B disminuye, y por lo tanto sucesivas unidades de A serán canjeables por unidades sucesivas de B sólo si contrarrestando estos cambios divergentes en la valoración de A y B que siguen a cada intercambio, B se vuelve sucesivamente más barata en términos de A. Y como fundamento de la ley de la demanda, esta ley de la utilidad marginal resulta directamente de la innegable proposición de que todos los actores prefieren siempre lo que les satisface más a lo que les

48  Más aún, ¿Porqué no habría de ser también válido ese argumento entendido en sentido contrario? Si empíricamente la ley de la demanda no parece funcionar para algunos bienes, ¿Por qué no ponerla en cuestión por analogía en aquellos casos en los que sí que funciona? (Debo este argumento a David Gordon).

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satisface menos.49 Como entonces cualquier incremento en una unidad adicional que se produzca en la oferta de un bien homogéneo (es decir, de un bien cuyas unidades se considera que son intercambiables y tienen la misma capacidad de servir o utilidad) solamente puede emplearse como medio para conseguir un objetivo considerado de menor valor (o para eliminar un malestar que se considera menos urgente) que el objetivo menos valioso satisfecho por una unidad de ese bien si su oferta fuera una unidad inferior. 50 Y como requiere cualquier ley apriorística y, nuevamente con independencia de cualesquiera experiencias contingentes, esta ley también delimita con precisión su rango de aplicación y explica qué posibles ocurrencias no pueden considerarse excepciones o eventos que la falsifiquen. Por un lado, la validez de la ley de la utilidad marginal decreciente no está afectada en absoluto por el hecho de que la utilidad de la unidad marginal de un bien pueda aumentar y disminuir con el tiempo. Si, por ejemplo, se hallara un uso desconocido hasta ahora para una unidad de algún bien que se estimara más valioso que el uso actual de menor urgencia de una unidad de este bien, la utilidad derivada de su empleo marginal sería mayor ahora que antes. Más a pesar de ese aumento de la utilidad marginal, no se trata de algo así como una ley de la utilidad marginal creciente. Porque no sólo haría que el actor, cuyo suministro del bien en cuestión se mantuviera sin cambios y que se diese cuenta de semejantes nuevos usos, tuviera que renunciar a satisfacer un deseo que antes había colmado para satisfacer otro; sino que haría que renunciase al menos urgente. Más aún, si con este nuevo estado de cosas en cuanto al conocimiento de un actor sobre posibles usos para las unidades de algún bien dado, su suministro aumentase en una unidad adicional, su utilidad marginal disminuiría ya que la emplearía precisamente en satisfacer ese

  • Sobre esto véase Ludwig von Mises, “Human Action“ (note 13), pág. 124.
  • Robert Nozick (“On Austrian Methodology” en Synthese, 36, 1977) cree que los austriacos son incoherentes (1) al sostener que las acciones muestran invariablemente preferencias (y nunca indiferencia) y (2) al emplear la idea de la “homogeneidad” y el de la “idéntica utilidad” de los bienes en su Ley de la Utilidad Marginal (pág. 37 ff). Sin embargo, semejante acusación solo sería correcta si la “preferencia” y la “indiferencia” fueran ambas consideradas como categorías del mismo tipo. Esto ha sido correctamente señalado por Walter Block (“On Robert Nozick’s ‘On Austrian Methodology‘,” Inquiry, 23, 1980), quien insiste en que la “indiferencia” no es, a diferencia de la “preferencia”, una categoría praxeológica. Aún así, su clasificación de la indiferencia en cambio como una “categoría psicológica” (pág. 424) también es incorrecta. De hecho, la “igualdad” es una categoría epistemológica: los humanos son actores y conocedores; solo actúan porque conocen y solo conocen cuando actúan. Que algo es igual (o diferente) de otra cosa lo sabemos por nuestra condición de actores que conocen (Efectivamente, la “igualdad’ es una categoría epistemológica universal en la medida en que uno no podría decir nada, por ejemplo respecto de las acciones, sin el concepto de que algo es una instancia de un tipo particular de cosa). Ese algo que sabemos que es igual, nunca puede ser realmente tratado con indiferencia ya que conocemos porque actuamos. La Ley de la Utilidad Marginal Decreciente es entonces una ley referida a seres que conocen y actúan.

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deseo a cuya satisfacción había antes renunciado por su relativamente menor urgencia.

Tampoco es una excepción a la ley de la utilidad marginal decreciente que un aumento en la oferta de un bien de n a n+1 unidades pueda conducir a un aumento de la utilidad asignada a una unidad de ese bien si esa mayor oferta, considerada y evaluada en su conjunto, puede emplearse para la satisfacción de una necesidad considerada más valiosa que el valor asignado a toda la satisfacción que se podría conseguir si las unidades de la oferta fuesen cada una empleada por separado para los distintos objetivos que se podrían lograr por medio de una unidad individual de ese bien. 51 Sin embargo, en ese supuesto, el aumento de la oferta no sería unidades de oferta de la misma utilidad, ya que las unidades sencillamente ya no se evaluarían por separado. Sino que lo que más bien pasaría es que con el aumento de la oferta de n a (n + 1) se crearía una nueva y distinta unidad de un bien de mayor tamaño que se evaluaría como tal, y la ley de la utilidad marginal decreciente se aplicaría después a ese bien de la misma forma que se aplica a un bien de menor tamaño en cuanto que la primera unidad de este bien de tamaño n + 1 se dedicaría de nuevo a satisfacer el uso más urgente al que un bien de este tamaño podría destinarse, la segunda unidad suministrada de dicho bien de mayor tamaño se emplearía para el segundo objetivo más importante que deben cumplir los bienes de ese tamaño, y así sucesivamente.

La ley de la demanda entonces, en cuanto basada en este teorema válido a priori, nunca ha hecho la predicción absoluta de que se comprará una menor cantidad de un bien si su precio sube. Más bien establece que ése será el caso, sólo ceteris paribus, es decir si con el tiempo no se produce un aumento en la demanda del bien en cuestión y si el aumento de su oferta no afecta a un bien cuyas unidades sean de mayor tamaño y, mutatis mutandis, la demanda de dinero no disminuye ni su menor oferta tampoco afecta a unidades monetarias de menor tamaño y evaluadas separadamente.52 Como es

  • Véase Ludwig von Mises, “Human Action“ (nota 13), pág. 125; M.N. Rothbard, “Man, Economy, and State“ (nota 13), pág. 268 ff.
  • Los empíricos se quejarán de que una formulación de la ley como ésa la convertirá en tautológica e infalsificable. Ambas acusaciones son falsas. Claramente, el descubrimiento de un nuevo uso, más altamente valorado para, por ejemplo, una unidad de un bien dado, es decir, el evento “aumento de la demanda” y el evento “se paga un precio más alto por ello” son dos eventos conceptualmente distintos y relacionar lógicamente este tipo de eventos es, pues, una cosa categóricamente diferente a estipular que “soltero significa no casado” (véase también la nota 45). Por otra parte, que el uso de cláusulas ceteris paribus en economía implica una estrategia de inmunización sería cierto únicamente si las proposiciones económicas se refirieran efectivamente a leyes causales empíricas contingentes. En Ciencias Naturales, donde, por ejemplo, las leyes sí que tienen ese estatus, semejante queja sería apropiada —y sin embargo en ese ámbito, curiosamente, uno casi nunca se encuentra con cláusulas ceteris paribus—. En Ciencias Naturales, las hipótesis predictivas que siguen la estructura “si … entonces” son en realidad tratadas como aplicables siempre que se da la

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imposible disponer de una fórmula que le permita a uno predecir si tales cambios se producen simultáneamente con un aumento dado de los precio (al ser tales cambios dependientes del futuro estado de conocimiento de la gente y ser el conocimiento futuro, en principio, impredecible al estar basado en causas que operan constantemente) entonces, ese conocimiento apriorístico tiene una utilidad bastante limitada a los efectos de predecir el futuro económico de uno. Sin embargo actúa como una limitación lógica sobre las predicciones en la medida en que, de entre todos los pronosticadores que preven correctamente que semejante cambio concurrente tendrá lugar, solamente el que reconozca la ley de la demanda hará efectivamente una predicción correcta, mientras que el que mantenga convicciones que estén en desacuerdo con esa ley fallará. Tal es la lógica de las predicciones económicas y la función del razonamiento praxeológico.

El Empirismo recomienda la Ley de la demanda porque supuestamente luce bien —aunque ni podamos verlo, ni supere una demostración empírica—. La Hermenéutica, por el contrario, la recomienda porque supuestamente suena bien —aunque a algunos les suena mal—. Y sin algún criterio objetivo y

condición del ‘si’ sin que importe cual sea ésta. Y solo es por eso que tales hipótesis se pueden validar (solo hay una manera de probar las hipótesis que versan sobre relaciones causales empíricas y contingentes: en y mediante su aplicación a los hechos). Si, por el contrario, uno exigiera que para aplicar una hipótesis o para reiterar un supuesto de aplicación de la misma se ha de contar con una completa descripción del mundo existente en el momento de su aplicación o que todo sea igual en la segunda aplicación que en la primera (más allá de la igualdad de condiciones establecida explícitamente en la cláusula si-entonces), la hipótesis se haría inaplicable y por lo tanto estaría vacía por la razón práctica de que semejante demanda implicaría literalmente describir todo el universo y por la razón teórica que nadie en cualquier punto en el tiempo podría posiblemente saber cuales son todas las variables que componen ese universo (ya que esta cuestión sigue abierta a nuevos descubrimientos). La situación es completamente diferente en Economía, y es muy curioso que ésto no se haya puesto de manifiesto —considerado el hecho de que el uso de las cláusulas ceteris paribus en las ciencias empíricas haría que dichas ciencias fueran inútiles cuando, sin embargo, lo cierto es que dichas cláusulas se emplean constantemente en Economía—. ¿Por qué, entonces, no considerar seriamente la idea de que la Economía podría ser una ciencia totalmente diferente? De hecho, como ya hemos visto, es así. Las proposiciones económicas se pueden validar de forma independiente de cualquier aplicación fáctica al venir implícitas (o no) en el axioma indiscutible de la acción y en ciertas situaciones y cambios de situación que se describen en términos de las categorías de la acción. Sin embargo, entonces, las cláusulas ceteris paribus son totalmente inofensivas. De hecho, su uso simplemente sirve para recordarnos que las consecuencias que se obtienen sólo se dan si la situación es, en efecto, como se describe (y no es, según la lógica praxeológica, diferente), y que en todas las aplicaciones reales de los teoremas económicos (es decir, cada vez que la situación analizada pueda ser identificada como real) no es posible mantener el ceteris experimentalmente constante (ya que “mantener constante”, en principio, sólo se puede hacer lógicamente por medio del pensamiento-experimentación). Sobre esto véase también Hans-Hermann Hoppe, “Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung“ (nota 40), pág. 78-81.

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extralingüístico de distinguir entre lo bueno o lo malo, es imposible decir nada más en defensa de la ley de la demanda excepto que hubo alguien que dijo que era buena.

Los Austriacos, como ya debería estar claro a estas alturas, no tienen razón alguna para tomarse muy en serio ni a los viejos Empiristas ni a los nuevos Hermenéuticos. En cambio, deberían tomarse más en serio que nunca la posición del Racionalismo a ultranza y de la Praxeología tal como hizo por encima de todo el “doctrinario” Mises, por muy pasada de moda que esa posición pueda ahora padecer.

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Comentarios de Hoppe sobre James Buchanan y Gordon Tullock

Por Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano

Desde Locke, los liberales han intentado resolver su contradicción interna improvisando constituciones, contratos o acuerdos «tácitos», «implícitos» o «de concepto». Pero estos intentos, característicamente tortuosos y confusos, tan sólo han contribuido a una misma y única conclusión inevitable: la imposibilidad de justificar el gobierno a partir de contratos explícitos entre propietarios particulares.

Sobre la visión lockeana del «consentimiento» véanse sus Dos ensayos sobre el Gobierno civil, libro Il, § 119-21. Reconociendo que el gobierno no está basado en el consentimiento «expreso», señala que «la dificultad estriba en qué es lo que se considera un consentimiento tácito y hasta dónde llega el compromiso que se adquiere de esta manera, en el caso de que no lo haya expresado. Respecto a esto, sostengo que cualquier hombre que tenga alguna posesión o usufructo de alguna parte de los dominios de cualquier gobierno, da por ello su consentimiento tácito y está obligado a la obediencia de las leyes de ese gobierno como uno más, mientras dure el disfrute de esa propiedad. Y esto es así, tanto si se trata de una propiedad suya para siempre y para sus herederos, o si sólo está en ella por una semana, o si se trata de alguien que está viajando libremente por los caminos: y, en efecto, eso afecta a cualquiera que se encuentre dentro de los territorios de ese gobierno». Locke, op. cit., p. 290.

En efecto, según Locke, una vez que el gobierno se ha constituido, su existencia es aceptada «tácitamente» por los ciudadanos desde el momento en que estos siguen viviendo en «su» territorio. Resulta indiferente, por tanto, si expresaron con antelación que aceptaban su imperio o no, y cual ha sido el proceder subsecuente del gobierno. Todo gobierno tiene, pues, el consentimiento unánime de quienes habitan en su jurisdicción y sólo la emigración —la «salida»— cuenta como un «no» y una retractación del consentimiento según Locke (§ 121).

Una tentativa moderna en esta misma línea, menos convincente (si no más absurda), puede verse en James M. Buchanan y Gordon Tullock, El cálculo del consenso. También James M, Buchanan, The Limits of Liberty: Between Anarchy and Leviathan. Chicago, University of Chicago Press, 1975 [trad. española: Los límites de la libertad: entre la Anarquía y el Leviatán. México, Premiá, 1981]. Igual que Locke, Buchanan y Tullock reconocen que ningún gobierno, en ningún lugar del mundo, está fundado en un consentimiento expreso o en algún tipo de contrato explícito. Pero no tiene importancia, nos aseguran, pues no por ello dejan los gobiernos de estar basados en el consentimiento unánime. Incluso si existen desacuerdos y personas que dicen «no» al gobierno, este detalle no podría ocultar que existe un acuerdo basal y más profundo, un consenso unánimemente compartido en el plano de la «elección constitucional» y de las decisiones verdaderamente sustantivas. Sin embargo, este acuerdo subyacente sobre las «reglas de juego», nos dicen Buchanan y Tullock, no es un acuerdo actual —de hecho, ninguna constitución ha sido nunca expresamente aceptada por todas y cada una de las personas concernidas—. Más bien, se trata de lo que ellos denominan un acuerdo «de concepto» y una unanimidad «de concepto».

Al convertir un «no» real en un «sí» conceptual, Buchanan y Tullock definen al Estado como una institución voluntaria, comparable a las empresas comerciales privadas: «tanto el mercado como el Estado son mecanismos a través de los cuales la cooperación se organiza y se hace posible. Los hombres cooperan a través del intercambio de bienes y servicios en mercados organizados, y tal cooperación implica beneficios recíprocos. El individuo entra en una relación de intercambio, en la cual él persigue su propio interés proporcionando algún producto o servicio que constituye un beneficio directo para el individuo que se encuentra al otro lado de la transacción. Básicamente, la acción política o colectiva desde el punto de vista individualista del Estado es bastante semejante. Dos o más individuos encuentran mutuamente ventajoso unir sus fuerzas para lograr ciertos objetivos comunes. En realidad, ellos “intercambian” inputs con la seguridad de un output comúnmente compartido». J.M. Buchanan y G. Tullock, El cálculo del consenso, p. 44.

Del mismo modo, Buchanan pretende haber descubierto una justificación para el status quo, cualquiera que este sea. «Las instituciones del status quo» siempre expresan la «existencia de un contrato social implícito», «aunque nunca hubiese habido un contrato original, aunque los miembros actuales de la comunidad no se sintiesen ni moral ni éticamente obligados a adherirse a los términos en que está definido el status quo, o aunque semejante contrato … hubiese sido violado muchas veces … El status quo define lo que está vigente. Por tanto, con independencia de su historia, hay que considerarlo como si estuviese legitimado contractualmente». J.M. Buchanan, The Limits of Liberty, pp. 96, 84-85.

Afortunadamente, a pesar de la implacable propaganda difundida por los profesores de las escuelas creadas y controladas por el gobierno —del tipo «democracia significa autogobierno»— y por reconocidos intelectuales premiados con el Nobel como James Buchanan y su Escuela de la «elección pública» —«los gobiernos son, como las empresas, instituciones voluntarias» (véase James M. Buchanan y Gordon Tullock, El cálculo del consenso. Trad. Javier Salinas Sánchez. Barcelona, Planeta-De Agostini, 1993, p. 44)—, la Academia y el público conservan todavía el sentido común y no se dejan llevar por esta crítica.

Extraído de “Democracia, el dios que fracasó”

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Causas Suficientes y Necesarias de la Revolucion Industrial

Por Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano

Primero unas palabras sobre aspectos teóricos. Para la teoría económica la pregunta de cómo incrementar la riqueza y enriquecerse tiene una respuesta directa: tiene tres componentes. Se puede hacer rico: a) mediante la acumulación de capital, esto es, la construcción de bienes intermedios, productores o de capital, que pueden producir más bienes de consumo por unidad de tiempo de lo que puede producirse sin ellos, o bienes que no pueden ser producidos en absoluto sin ellos o bienes que no pueden producirse en absoluto con sólo tierra o trabajo; teniendo que ver también la acumulación de capital con una baja preferencia temporal. Y b), la segunda parte de la teoría, es que se puede incrementar la riqueza mediante la participación y la integración en la división del trabajo y c) a través del control de la población, esto es, manteniendo la óptima talla de población.

Ahora, no comentaré sobre los primeros componentes, ya que son bastante familiares, pero son necesarios algunos comentarios sobre el tercer componente. Que la riqueza depende del tamaño de la población se deriva de la ley de los rendimientos decrecientes y de la ley malthusiana de la población, que Ludwig von Mises llamó una ley indisputable, calificándola entre los más grandes logros del pensamiento. La ley de rendimientos decrecientes establece que para toda combinación de dos o más factores de producción existe una combinación óptima, tal que cualquier desviación de esta combinación óptima implica una pérdida material o pérdidas de eficiencia. Aplicado a los dos factores de producción originales, esto es, tierra y trabajo, tierra siendo los bienes dados por la naturaleza, la ley implica que si yo fuera a incrementar la cantidad de trabajo, esto es, el tamaño de la población, mientras que la cantidad de tierra y la tecnología disponible permanecieran fijas, eventualmente se llegaría a un punto en el que la producción física por cantidad de trabajo se maximizaría. Este punto marca el tamaño óptimo de población. Si no hay tierra adicional disponible, y la tecnología es fijada en un nivel dado, entonces cualquier incremento en la población más allá del tamaño óptimo llevaría a un decaimiento progresivo de los ingresos per cápita.

Ahora quiero decir unas cosas sobre historia económica. Quiero echar un vistazo a lo que parece ser el dato más fundamental de la historia económica humana, y lo haré con la ayuda de dos tablas. La primera, arriba, es tomada de Farewell to Alms, de Gregory Clark, que muestra que, durante la mayoría de la historia humana, hasta un momento alrededor de 1800, los ingresos reales per cápita no crecieron. En breve, esta tesis dice que los estándares de vida promedio en la Inglaterra del siglo XVIII, por ejemplo, no eran superiores a aquellos de la antigua Babilonia. La segunda tabla es tomada de Atlas of World Population History, de Colin McEvedy y Richard Jones, y ésta tabla complementa la primera, y muestra el crecimiento poblacional desde alrededor de 12.000 a. C. hasta el presente, cerca a 2000 d.C. También muestra un quiebre significativo que ocurrió durante finales del siglo XVIII y el siglo XIX. Hasta entonces, hasta ese punto, el tamaño de la población creció apenas lentamente, y desde entonces el crecimiento poblacional se ha aumentado de manera muy aguda. En combinación, las dos tablas capturan la importancia histórica mundial de la así llamada Revolución industrial, que ocurrió hace unos doscientos años, así como la importancia, y en particular la duración, de la así llamada etapa malthusiana del desarrollo humano.

Durante la etapa malthusiana, el tamaño de la población continuamente presionaba contra los medios de subsistencia. De hecho, la población podía crecer más que todo porque se hacía posesión de más tierra, y también en parte porque había mejor tecnología incorporada en mejores bienes de producción y una ampliada e intensificada división del trabajo. Pero todos estos avances económicos fueron siempre superados rápidamente por una población creciente que, de nuevo, acaparaba los medios de subsistencia disponibles, y llevaba a una superpoblación y al surgimiento de lo que Mises llamó especímenes supernumerarios, para los cuales no había lugar en la división del trabajo, y que, consecuentemente, tenían que esquivarse debido a una falta de sostenimiento.

Hoy, en las sociedades occidentales modernas, no existen tales especímenes supernumerarios, pero durante la mayoría de la historia humana éste era de hecho el caso, y es de hecho el caso en muchas partes del así llamado tercer mundo. Había aumentos y reducciones en los ingresos reales durante la edad malthusiana, debido a varios eventos externos, y existían diferencias pronunciadas en ingresos individuales y regionales, pero en ninguna parte había una tendencia continua al aumento de ingresos reales por persona, la cual hemos llegado a tomar por sentada desde entonces.

Durante toda esa época, la ley de hierro de los salarios se mantuvo reinante. Ingresos y salarios se mantuvieron bajos casi al nivel de subsistencia debido a la existencia de un número sustancial de especímenes supernumerarios. Ahora, vamos a la explicación. ¿Cuál es la causa de la alargada época malthusiana, y de la sólo así surgida Revolución industrial? La respuesta común entre economistas y en particular entre economistas libertarios es: debieron de haber impedimentos institucionales, en particular, una insuficiente protección de derechos de propiedad privada, que previnieron un desarrollo más rápido, y estos impedimentos fueron removidos sólo recientemente, esto es, a partir de alrededor de 1800. Esta es esencialmente también la explicación de Mises, y, por cierto, también la de Rothbard. Quiero argumentar que esta explicación está equivocada, y presentar, al menos, los esbozos de una explicación alternativa.

Muy obviamente, la explicación común está equivocada porque, por decirlo bruscamente, simplemente no hubo un cambio revolucionario institucional en lo que se refiere a la seguridad de la propiedad privada que haya precedido o acompañado la Revolución industrial. Los derechos de propiedad habían sido bien protegidos en muchos países, en muchas ocasiones, entre los cazadores-recolectores, así como en sociedades establecidas, y por lo que sabemos, por ejemplo, los derechos de propiedad en la Inglaterra de 1200 y en mucho de la Europa feudal estaban mejor protegidos de lo que ahora lo están en la Inglaterra actual o en la Europa actual. Esto es, todo incentivo institucional favorable a la acumulación de capital y a la división del trabajo ya había sido dado hace mucho, y no obstante, en ningún lugar hasta más o menos 1800 la humanidad tuvo éxito para liberarse de la trampa malthusiana.

Hoy, tomamos por sentado que es solamente nuestra falta de voluntad para consumir menos y para ahorrar más lo que impone límites al crecimiento económico. No obstante éste fenómeno es de hecho bastante nuevo. Durante la mayoría de la historia humana, los ahorros fueron frenados por falta de ideas sobre cómo invertirlos productivamente. Esto es, sobre cómo convertir ahorros sencillos o el almacenamiento de bienes en ahorros productivos, esto es, la producción de bienes de producción. Para Crusoe, por ejemplo, no era suficiente tener una baja preferencia temporal y ahorrar. Crusoe también tuvo que concebir la idea de una red, por ejemplo, y tuvo que haber sabido cómo hacerla desde cero. Si nadie es capaz de hacer esto, o de imitar lo que alguien más ha inventado antes, incluso los más seguros derechos de propiedad simplemente no harían diferencia alguna. Todo incentivo necesita un receptor para poder funcionar, y si a un receptor le falta sensibilidad o es insuficientemente sensible no importa que hayan diferentes estructuras de incentivos. Por ello, la institución de protección de la propiedad puede ser considerada como sólo una condición necesaria pero no suficiente para el crecimiento económico, esto es, para el crecimiento de los ingresos per cápita.

Así pues, algún otro factor empírico que no figura en la teoría económica pura debe explicar la duración de la etapa malthusiana y cómo salimos de ella. Y éste factor ausente es la variable histórica de la inteligencia humana. El hombre es físicamente débil y muy mal equipado para lidiar con la naturaleza bruta. Era ventajoso para él el desarrollar su inteligencia, esto es, su conocimiento de las relaciones de causa y efecto, y para ser exitoso, como cazador-recolector, e incluso más como agricultor (y hay que tener presente que hasta alrededor de 1800 el 90% de la población trabajaba en la agricultura) se necesitaba cierta inteligencia. No toda persona era igualmente inteligente, sin embargo, y una mayor inteligencia se traducía en un mayor éxito económico, y un mayor éxito económico se traducía, a su vez, en un mayor éxito reproductivo, esto es, llevaba a producir un número mayor de descendientes sobrevivientes. Sobre la existencia de estas dos relaciones, esto es, la inteligencia lleva al éxito, y un mayor éxito lleva a un éxito reproductivo, hay una gran cantidad de evidencia empírica.[1]

Ahora, aún más, esta tendencia a seleccionar la mayor inteligencia sería particularmente pronunciada bajo condiciones externas severas. Si el ambiente humano no cambia, es constante y suave, como en los trópicos donde no existen estaciones, por ejemplo, donde un día es igual al otro año tras año, una inteligencia alta o excepcional representa una ventaja menor que en un ambiente inhóspito con variaciones estacionales altamente fluctuantes. Cuanto más desafiante es el ambiente tanto más ocupa la inteligencia un lugar especial como un requisito de éxito económico y, consecuentemente, reproductivo. Por ello, el crecimiento de la inteligencia humana sería más pronunciado en regiones más severas, y esto es, históricamente por supuesto, en regiones más septentrionales de asentamientos humanos.

Ahora, esta explicación teórica es acorde con los datos históricos. La teoría explica por qué se tardó tanto en escapar de la trampa malthusiana y cómo ello fue siquiera posible y no nos mantuvimos en condiciones malthusianas por siempre. La humanidad simplemente no era lo bastante inteligente como para lograr los incrementos en productividad que podían continuamente sobrepasar el crecimiento poblacional. Un cierto umbral de inteligencia promedio y excepcional tenía que ser alcanzado antes para que esto fuera posible, y tomó tiempo, hasta alrededor de 1800, engendrar tal nivel de inteligencia. Adicionalmente, la teoría explica por qué la Revolución industrial se originó y tomó agarre inmediatamente en algunas regiones, generalmente septentrionales, pero no en otras, y por qué siempre han existido diferencias de ingresos regionales persistentes, y por qué estás diferencias han podido incrementarse más que reducirse desde la época de la Revolución industrial.

Varias implicaciones se derivan de esto. Primero, la teoría que esbocé aquí conduce a una crítica fundamental al igualitarismo que reina generalmente en las ciencias sociales, pero también en varios libertarios. Es cierto que los economistas permiten las diferencias humanas, por ejemplo, en la forma de diferente productividad del trabajo, pero éstas diferencias son interpretadas generalmente como un resultado de diferentes condiciones externas, esto es, de diferencias en la dotación o en la instrucción. Sólo rara vez son admitidas las características internas, biológicas, ancladas, como posibles fuentes de las diferencias humanas; e incluso si los economistas admiten lo obvio, esto es, que las diferencias humanas tienen también fuentes internas, biológicas, como Mises lo admite, generalmente aún así ignoran que éstas diferencias son ellas mismas a su vez el resultado de un largo proceso de selección natural que favorece características y disposiciones humanas, físicas y mentales, que son determinantes del éxito económico y, más o menos, altamente relacionado positivamente con el éxito económico, del éxito reproductivo. Esto es, aún se pasa bastante por alto que nosotros, el hombre moderno, somos una especie muy diferente de nuestros predecesores de cientos o incluso miles de años atrás.

Segundo, una vez que se tiene presente que la Revolución industrial fue primero y ante todo el resultado del crecimiento evolutivo de la inteligencia humana, más que la mera anulación de barreras institucionales al crecimiento, el rol del Estado puede reconocerse como fundamentalmente diferente bajo condiciones malthusianas y posmalthusianas. Bajo condiciones malthusianas, el estado no importa mucho, por lo menos en lo que se refiere a efectos macro. Un estado más explotador simplemente llevará a una cantidad de población más reducida, como lo haría una peste, pero no afecta los ingresos per cápita. De hecho, al reducir la densidad de población, los ingresos per cápita pueden incluso aumentarse como sucedió, por ejemplo, durante la Peste Negra a mediados del siglo XIV; y, al contrario, un Estado bueno y menos explotador permitirá un crecimiento en el número de personas, pero los ingresos per cápita pueden no aumentarse o incluso reducirse porque se reduce la tierra per cápita.

Ahora, todo esto cambia con la Revolución industrial, porque si los avances en productividad constantemente sobrepasan los crecimientos poblacionales y permiten un constante incremento en los ingresos per cápita, entonces una institución explotadora tal como el Estado puede crecer continuamente sin rebajar el ingreso per cápita ni reducir la cantidad poblacional. El Estado se convierte así en el estorbo permanente de la economía y de los ingresos per cápita.

Y la tercera implicación que quiero mencionar es: mientras que en una época malthusiana reinan los efectos positivos eugenésicos, esto es, los exitosos económicamente producen más descendencia, y la estirpe de la población es de este modo, por así decirlo, mejorada gradualmente, bajo condiciones postmalthusianas la existencia y el crecimiento del Estado produce un efecto disgenésico de dos caras, especialmente bajo condiciones de bienestar democrático. En primer lugar, los discapacitados económicos, por así decirlo, como los principales clientes del Estado de bienestar, producen más descendencia, y los exitosos económicamente producen menos; y segundo, el crecimiento constante de un Estado parásito, que puede ser posible por una economía creciente que le subyace, sistemáticamente afecta los requisitos para el éxito. El éxito económico se vuelve incrementalmente dependiente de la política y del talento político, esto es, el talento para usar el Estado para enriquecerse uno mismo a expensas de otros, y, en cualquier caso, la estirpe de la población se vuelve incrementalmente peor, por lo menos en lo que se refiere a prosperidad y crecimiento económico, en vez de mejor, como era el caso bajo condiciones malthusianas.

Gracias.

[1] Se puede ver, por ejemplo, un estudio en el que se muestra que las mujeres tienen mejores orgasmos cuando tienen relaciones con hombres más ricos. http://www.larazon.es/noticia/la-frecuencia-de-orgasmos-en-la-mujer-incrementa-segun-los-ingresos-de-su-pareja (N. del. T.).

Conferencia pronunciada el 12 de marzo de 2010, en el Ludwig von Mises Institute, Auburn, Alabama

La conferencia original se puede escuchar aquí

Transcripción y traducción de Jaime Luis Zapata

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Auge y Caída de la Ciudad

Mises Diario: Miercoles 23 de Noviembre de 2005

por Hans-Hermann Hoppe

Casi todos los entornos urbanos en el mundo están plagados de conflictos entre grupos, tanto es así que los comentaristas políticos pueden hablar de votos y candidatos, generalmente en términos de composición demográfica e impacto del voto. No es sólo en Baghad donde la gente lucha por las palancas del poder. Más bien, cada elección enciende el “voto religioso”, el “voto negro”, el “voto de los negocios”, el “voto de la mujer”, etc. Este es un triste comentario sobre la ciudad moderna, fundada en la Edad Media como un lugar de paz y de comercio y la cual vino a ser el fundamento mismo de la civilización.

¿Por qué existen estos conflictos y porqué la ciudad – el centro cultural de la civilización, caracterizada por la paz y la prosperidad – los atrae? Los marxistas dicen que ese conflicto urbano tiene sus raíces en la guerra entre el capital y el trabajo, los racistas dicen que su raíz se encuentra en la explotación de una raza por otra, y las feministas lo ven como el resultado de la lucha perpetua por el sexo. La religión evidentemente juega su papel también, tal como lo demuestra el caso de Irak.

Y, sin embargo ninguno de estos factores habla de la causa fundamental del conflicto urbano.

Como respuesta ofrezco esta reflexión, tomada de mi libro Democracia: El Dios que falló: es el Estado, y ninguna otra institución o fuerza social, la entidad que convierte la pacífica civilización urbana en una zona de guerra:

Ludwig von Mises explicaba la evolución de la sociedad – de la cooperación humana bajo la división del trabajo – como el resultado combinado de dos factores. Estos factores son, en primer lugar, las diferencias existentes entre los hombres (trabajo) y las desigualdades en la distribución geográfica de los factores de producción brindados por la naturaleza (tierra), y en segundo lugar, el reconocimiento del hecho de que la labor efectuada bajo la división del trabajo es más productiva que el trabajo realizado en aislamiento autosuficiente. Escribe:

Siempre y cuando la labor bajo la división del trabajo sea más productiva que el trabajo aislado, y siempre y cuando el hombre sea capaz de darse cuenta de este hecho, la acción humana por si misma tiende hacia la cooperación y la asociación, el hombre se convierte en un ser social, no al sacrificar su propios intereses en aras de una mítica Moloch, la sociedad, sino al perseguir el mejoramiento de su propio bienestar. La experiencia enseña que esta condición – la mayor productividad lograda bajo la división del trabajo – está presente porque su causa – la desigualdad innata de los hombres y la desigualdad en la distribución geográfica de los factores naturales de producción – es real. Por lo tanto estamos en condiciones de comprender el curso de la evolución social. [1]

Es importante destacar varios puntos interesantes a fin de lograr un entendimiento apropiado de esta idea fundamental de Mises sobre la naturaleza de la sociedad – puntos que también nos ayudarán a llegar a algunas conclusiones preliminares sobre los roles del sexo y la raza en la evolución social.

En primer lugar, es importante reconocer que las desigualdades con respecto al trabajo o la tierra son una condición necesaria pero de ninguna manera una condición suficiente para el surgimiento de la cooperación humana. Si todos los seres humanos fueran idénticos y todo el mundo estuviera equipado con idénticos recursos naturales, todo el mundo produciría la misma calidad y cantidad de bienes, y por tanto la idea de intercambio y cooperación nunca entraría en la mente de alguien.

Sin embargo, la existencia de desigualdades no es suficiente para lograr la cooperación. También hay diferencias en el reino animal – en particular la diferencia de sexo (género) entre los miembros de la misma especie animal, así como la diferencia entre las distintas especies y subespecies (razas), pero no hay tal cosa como la cooperación entre los animales .

Sin duda, están las abejas y las hormigas que se conocen como “sociedades de animales”. Sin embargo, forman sociedades sólo en sentido metafórico [2]. La cooperación entre las abejas y las hormigas se efectúa exclusivamente por factores biológicos – por instintos innatos. No pueden no cooperar como lo hacen, y sin ciertos cambios fundamentales en su estructura biológica, la división del trabajo entre ellos no está en peligro de romperse. En claro contraste, la cooperación entre los seres humanos es el resultado de acciones individuales con propósito, dirigidas concientemente a la consecución de sus fines personales. Como resultado, la división del trabajo entre los hombres está constantemente amenazada con la posibilidad de desintegración.

En el reino animal, entonces, de la diferencia entre los sexos sólo puede decirse que es un factor de atracción – para la reproducción y la proliferación -, mientras que podemos referirnos a las diferencias entre especies y subespecies como un factor de repulsión, de separación, o aún de fatal antagonismo, de evasión, de lucha y aniquilación.

Por otra parte, en el reino animal no tiene sentido describir el comportamiento resultante de la atracción sexual como consensual (el amor) o sin consentimiento (violación), ni tampoco tiene sentido hablar de la relación entre miembros de diferentes especies o subespecies como uno de hostilidad y odio o de delincuente y víctima. En el reino animal sólo existe la interacción, que no es ni comportamiento cooperativo (social) ni comportamiento criminal (antisocial). Como dice Mises:

Hay interacción – influencia recíproca – entre todas las partes del universo: entre el lobo y la oveja que devora; entre el germen y el hombre que mata, entre la piedra que cae y aquello sobre lo que cae. La sociedad por el contrario, implica siempre hombres que actúan en cooperación con otros hombres a fin de permitir a todos los participantes alcanzar sus propios fines [3].

Si la cooperación humana ha de evolucionar, además de las desigualdades en tierra y mano de obra, debe cumplirse con un segundo requisito. Los hombres – al menos dos de ellos – deben ser capaces de reconocer la mayor productividad de una división del trabajo basada en el reconocimiento mutuo de la propiedad privada (del control exclusivo de cada uno sobre su propio cuerpo y sus posesiones físicas) al compararla con la obtenida, o bien con el aislamiento auto-suficiente, o bien con la agresión, depredación, y dominación.

Es decir, debe haber un mínimo de inteligencia o racionalidad, y los hombres – al menos dos de ellos – debe tener la suficiente fuerza moral para entender este concepto y estar dispuestos a renunciar a la gratificación inmediata por una aún mayor satisfacción en el futuro. Sino fuera por la inteligencia y la voluntad consciente, escribe Mises, los hombres hubieran permanecido por siempre como enemigos mortales entre sí, rivales irreconciliables en sus esfuerzos por asegurar una parte de la escasa oferta de medios de sustento que ofrece la naturaleza. Cada hombre se habría visto obligado a ver a todos los demás hombres como enemigos; el ansia por la satisfacción de sus apetitos le habría llevado a un conflicto implacable con todos sus vecinos. Bajo tal estado de cosas no se hubieran podido desarrollar sentimientos de compasión, solidaridad o simpatía [4].

Hay miembros de la especie humana que son capaces de entender el concepto, pero que carecen de la fuerza moral para actuar en consecuencia. Tales personas bien pueden ser, bestias inofensivas que viven aparte, separadas de la sociedad humana, o simplemente son delincuentes. Hay personas que a sabiendas actúan equivocadamente y que además de tener que ser domesticadas, o incluso físicamente derrotadas, deben ser castigadas en proporción a la gravedad de su crimen para hacerles comprender la naturaleza de sus malas acciones y es de esperarse que con ello aprendan una lección para el futuro. La cooperación humana (la sociedad) puede prevalecer y avanzar siempre y cuando el hombre sea capaz de dominar, domesticar, apropiar, y cultivar su entorno físico y animalístico, y siempre que consiga reprimir el delito, reduciéndolo a una rareza, por medio de auto-defensa, protección de la propiedad, y castigo [5].

Una vez se cumplen estos requisitos, sin embargo, y mientras el hombre, motivado por el conocimiento de la mayor productividad física de la división del trabajo basada en la propiedad privada, se dedica a intercambios mutuamente beneficiosos, las fuerzas “naturales” de atracción que surgen de las diferencias entre los sexos y las fuerzas “naturales” de repulsión o enemistad derivadas de las diferencias entre, e incluso dentro de, las razas, puede ser transformadas en verdaderas relaciones “sociales”. La atracción sexual, de cópula, puede transformarse en relaciones consensuales, en lazos de unión mutua, en hogares, familias, amor y afecto [6]. (Lo demuestra la enorme productividad del hogar familiar que, como ninguna otra institución, ha demostrado ser más duradera o capaz de producir tales emociones). Y la repulsión inter e intra-racial puede transformarse de sentimientos de enemistad u hostilidad a preferencia por la cooperación (comercial) entre sí.

La cooperación humana – la división del trabajo – sobre la base de la integración familia-hogar y en hogares separados, en pueblos, tribus, naciones, razas, etc., donde las naturales atracciones y repulsiones biológicas del hombre, a favor y en contra, del uno y del otro, se transforman en un sistema de reconocimiento mutuo  de asignación de espacio geográfico (de aproximación física e integración o de separación y segregación, y de contacto directo o indirecto, intercambio y comercio), conduce a mejores niveles de vida, a una población creciente, a la extensificación e intensificación de la división del trabajo, y a crecientes diversidad y diferenciación [6].

Como resultado de este desarrollo y de un aumento cada vez más rápido de mercancías y deseos que pueden ser adquiridos y satisfechos sólo de manera indirecta, surgirán los comerciantes profesionales, los mercaderes y los centros de comercio. Los comerciantes y las ciudades funcionan como mediadores de los intercambios indirectos entre familias separadas territorialmente y asociaciones comunales y se convierten así en el lugar y foco sociológico y geográfico de asociación inter-tribal o interracial.

Será dentro de la clase de los comerciantes en la cual son relativamente más comunes los matrimonios mixtos entre razas, etnias o tribus, y como la mayoría de las personas, de ambos grupos de referencia, por lo general desaprueban este tipo de alianzas, son los miembros más ricos de la clase comerciante quienes pueden permitirse tales extravagancias. Sin embargo, incluso miembros de las familias más ricas de los comerciantes serán muy circunspectos en tales menesteres. Con el fin de no poner en peligro su propia posición como comerciante, se debe tener mucho cuidado para que todo matrimonio mixto sea un matrimonio entre “iguales” [7].

En consecuencia, será en las grandes ciudades como centros de intercambio y comercio internacional, donde una variedad de parejas y sus descendientes residen habitualmente, donde los miembros de diferentes etnias, tribus, razas, incluso si no se casan, todavía entran regularmente en contacto personal directo entre sí (de hecho, que lo hagan así es requerido para que, al regresar a casa, los respectivos miembros de tribu, no tengan que tratar directamente con extraños más o menos desagradables), y donde surgirá el más elaborado, y altamente desarrollado, sistema de integración y segregación, física y funcional [8]. También será en las grandes ciudades donde, como reflejo subjetivo de este complejo sistema de asignación funcional de espacios, los ciudadanos desarrollarán las más refinadas formas de conducta profesional y personal, de etiqueta, y de estilo. Es la ciudad la que engendra civismo y vida civilizada.

Para mantener la ley y el orden dentro de una ciudad grande, con su intrincado patrón de integración y separación, físico y funcional, hará su aparición una gran variedad de jurisdicciones, jueces, árbitros y agentes del orden, además de agencias de auto-defensa y protección privada. Habrá en la ciudad lo que uno podría llamar gobernabilidad, pero no habrá ningún gobierno (estado) [9].

Para que un gobierno surja es necesario que uno de esos jueces o árbitros consiga establecerse a sí mismo como un monopolio. Es decir, debe ser capaz de insistir en que ningún ciudadano puede elegir a otro sino a él, como juez o árbitro de última instancia, y debe suprimir con éxito la aparición de cualquier otro juez o árbitro que trate de asumir el mismo papel (en competencia contra él).

Más interesante que la cuestión de que es un gobierno, sin embargo, son las siguientes preguntas: ¿Cómo es posible que un juez pueda adquirir el monopolio del poder, dado que otros jueces se opondrán naturalmente, a cualquier tentativa en ese sentido; y que específicamente hace que sea posible, y que implica, establecer un monopolio de ley y orden en una ciudad grande, es decir, sobre un territorio poblado por una mezcla de etnias, tribus y razas?

En primer lugar, casi por definición se deduce que con el establecimiento de un gobierno en la ciudad aumentarán las tensiones inter-raciales, tribales, étnicas y de clanes familiares debido a que el monopolio, sea quien sea, debe ser de uno u otro origen étnico, por lo que ser el monopolista será considerado por los ciudadanos de otras etnias como un retroceso insultante, es decir, como un acto de discriminación arbitraria contra las personas de otra raza, tribu o clan. Se perturbará entonces el delicado equilibrio de interracial, interétnico, y de cooperación pacífica inter-familiar, logrado mediante el intrincado sistema de integración y separación espacial y funcional.

En segundo lugar, esta idea conduce directamente a la respuesta de cómo un juez único, pueda en alguna forma ganarles a todos los demás. En resumen, para vencer la resistencia de los jueces en competencia, un aspirante al monopolio debe asegurarse el apoyo adicional de la opinión pública. En un entorno étnicamente mixto esto significa normalmente jugarse “la carta racial”. El candidato al monopolio debe elevar la conciencia racial, tribal o de clan entre los ciudadanos de su propia raza, tribu, clan, etc., y prometer, a cambio de su apoyo, el ser más que imparcial como juez en los asuntos relacionados con la propia raza, tribu o clan (exactamente lo que los ciudadanos de otras etnias temen, es decir, el ser tratados con menor imparcialidad) [10].

En esta etapa de esta reconstrucción sociológica hagamos, sin más explicaciones, rápidamente introduzcamos unos pocos pasos adicionales necesarios para llegar a un escenario contemporáneo realista en cuanto a raza, sexo, sociedad y del Estado. Naturalmente, un monopolista tratará de mantener su posición e incluso convertirla en un título hereditario (es decir, convertirse en un rey). Sin embargo, lograr esto dentro de una ciudad mixta étnica o tribalmente es una tarea mucho más difícil que dentro de una comunidad rural homogénea.

En cambio, en las grandes ciudades los gobiernos son mucho más propensos a adoptar la forma de una república democrática – con “entrada abierta” a la posición de gobernante supremo, a la competencia entre partidos políticos y a las elecciones populares [11]. En el curso del proceso de centralización política [12] – la expansión territorial de un gobierno a expensas de otro – este modelo de gobierno de ciudad grande se convertirá en esencia, en su forma única: la de un Estado democrático, en ejercicio de un monopolio jurisdiccional sobre un territorio con población, étnica o racialmente, diversa.

Si bien el monopolio judicial de los gobiernos hoy en día normalmente se extiende mucho más allá de una sola ciudad y en algunos casos a lo largo de casi todo un continente, las consecuencias para las relaciones entre razas y sexos y la aproximación y la segregación territoriales de un gobierno (monopolio) todavía se pueden observar mejor en las grandes ciudades, por su progresivo deterioro de centros de civilización, a centros de degeneración y decadencia.

Con un gobierno central que se extiende por ciudades y campos, se crean países, paisanos (de la propia tierra) y extranjeros. Esto no tiene efecto inmediato en el campo, donde no hay extranjeros (miembros de etnias, razas, etc., diferentes). Pero en los grandes centros comerciales, donde hay poblaciones mixtas, la distinción jurídica entre paisano y extranjero (más bien que entre dueños de propiedad privada de etnias o razas disímiles), casi invariablemente conducen a una cierta forma de exclusión forzada y a una reducción del nivel de cooperación interétnica.

Por otra parte, con un Estado central en su lugar, la segregación y la separación físicas entre ciudad y campo se reducirán sistemáticamente. Con el fin de ejercer el monopolio judicial, el gobierno central debe ser capaz de acceder a la propiedad privada de todos los paisanos, y para ello debe tomar el control de todos los caminos existentes e incluso ampliar el actual sistema de carreteras. Diferentes familias y pueblos son así puestos en contacto más estrecho de lo que hubiera sido de desear, y la distancia y separación físicas entre ciudad y campo se verá sensiblemente disminuida. Por lo tanto, internamente, se promoverá una integración forzada.

Naturalmente, esta tendencia hacia la integración forzada será más pronunciada en las ciudades debido a la monopolización de vías y calles. Esta tendencia se verá estimulada cuando, como es típico, el gobierno tiene su sede en una ciudad. Un gobierno elegido popularmente no puede evitar usar su monopolio judicial para participar en políticas redistributivas a favor de su circunscripción racial o étnica, lo cual invariablemente atraerá aún más a miembros de su propia tribu, y con los cambios en el gobierno más miembros de más y diferentes tribus serán atraídos del campo a la ciudad capital para recibir empleo o dádivas del gobierno. Como resultado, no sólo la capital se vuelve relativamente “de gran tamaño” (mientras otras ciudades se encogen). Al mismo tiempo, debido a la monopolización de las calles “públicas” – todo el mundo podrá deambular por donde quiera – se estimulará toda forma de tensión y animosidad entre las minorías étnicas, tribales y raciales.

Además, si bien, los matrimonios entre diferentes razas, tribus y etnias fueron originalmente escasos y limitados a los estratos superiores de la clase mercantil, con la llegada de burócratas de varias tribus, etnias y razas a la ciudad capital, la frecuencia del matrimonio interétnico aumentará, y el enfoque de las relaciones sexuales inter-raciales – incluso sin matrimonio – cada vez más pasará de la clase alta de los comerciantes a las clases bajas – incluso a la clase más baja, la de los receptores de asistencia social. El apoyo del Gobierno al bienestar llevará naturalmente a un aumento en la tasa de natalidad de los beneficiarios de asistencia en comparación con la tasa de natalidad de otros miembros, particularmente, con los miembros de la clase alta de su tribu o raza.

Como resultado de este crecimiento desproporcionado de las clases más bajas y con un número cada vez mayor de descendientes de mezclas de etnias, tribus y razas, sobre todo en los estratos más bajos, va a cambiar también, poco a poco, el carácter democrático (popular) del gobierno. En lugar de la carta “racial” esencialmente como único instrumento político, la política se convertirá cada vez más en una “política de clases”. Los gobernantes pueden depender, pero no exclusivamente, de su atractivo y su apoyo tribales, étnicos o raciales, sino que cada vez más tratarán de encontrar apoyo cruzando líneas tribales o raciales, apelando al sentimiento universal de envidia e igualitarismo (ya no de tribu ni de raza específica), es decir, a la clase social (los intocables o los esclavos contra los amos, los trabajadores contra los capitalistas, los pobres contra los ricos, etc.) [13], [14].

La mezcla cada vez mayor de política de clases igualitarias con políticas tribales pre-existentes conduce a mayores, hostilidad y tensión, raciales y sociales, y aún a una mayor proliferación de la población de las clases más bajas.

Además de ciertos grupos étnicos o tribales compelidos a salir de las ciudades como consecuencia de las políticas tribales, cada vez más miembros de las clases altas de todos los grupos étnicos o tribales saldrán de la ciudad hacia los suburbios (sólo para ser seguidos – por medio del transporte público (del gobierno) – por las mismas personas de cuyas conductas habían tratado de escapar) [15]. Con la salida de la clase alta y de los comerciantes en grandes cantidades, sin embargo, se debilitarán unas de las últimas fuerzas civilizadoras, y lo que queda abandonado en las ciudades representa una selección cada vez más negativa de la población: los burócratas del gobierno que trabajan pero no viven allí, y los delincuentes, y los marginados de todas las tribus y razas que viven allí, pero que no trabajan, sino que sobreviven del estado-bienestar. (Piense solo en Washington, DC.)

Cuando uno pensaba que las cosas no podrían a ser peor, empeoran. Después que se han jugado las cartas de “raza” y “clase” y han hecho su trabajo devastador, el gobierno recurre a las cartas de sexo y género, y “la justicia racial” y “la justicia social” se complementan con la “justicia de género” [16]. El establecimiento de un gobierno – un monopolio judicial – no sólo implica que jurisdicciones anteriormente separadas sean integradas a la fuerza (como distritos segregados étnica o racialmente, por ejemplo); implica al mismo tiempo que jurisdicciones antes plenamente integradas (como los hogares y las familias) sean, a la fuerza, desgarradas y aún disueltas.

En vez de considerar asuntos intrafamiliares e intra-hogareñas (temas como el aborto, por ejemplo) como para ser juzgadas o arbitradas por nadie más que por el jefe del hogar o por los miembros de la familia, [17] una vez que un monopolio judicial se ha establecido, sus agentes – el gobierno – llegan a ser jueces y árbitros de última instancia, y naturalmente tratarán de expandir sus funciones, de todos los asuntos familiares. Para ganar el apoyo popular por su papel el gobierno (además de enfrentar una clase tribal, racial, o social contra otra) de igual manera promoverá la división dentro de la familia: entre los sexos – marido y mujer – y las generaciones – los padres y los niños [18]. Una vez más, esto será particularmente notable en las grandes ciudades.

Toda forma de asistencia social por parte del gobierno – la transferencia obligatoria de riqueza o de ingresos de los “que tienen” hacia quienes “nada tienen” reduce el valor de la membrecía personal en un sistema extendido de hogares familiares como sistema social de cooperación mutua y de ayuda y asistencia. El matrimonio pierde valor. Para los padres se reduce el valor y la importancia de una “buena” educación para sus propios hijos. En consecuencia, de los hijos hacia sus propios padres habrá menores, respeto y atención. Debido a la alta concentración de receptores de asistencia social, está ya bastante avanzada la desintegración de la familia en las grandes ciudades. Al apelar al género y a la generación (edad) como fuente de apoyo político y a la promoción y promulgación de legislación basada en el sexo (género) y en la familia, invariablemente se debilitan la autoridad de los jefes de hogar y la “natural” jerarquía inter-generacional dentro de las familias y disminuye el valor de la familia multi-generacional como unidad básica de la sociedad humana.

Ciertamente y debe quedar claro, en el momento en que la ley y la legislación gubernamental suplantan el derecho y la legislación de familia (incluidos los acuerdos intrafamiliares en relación con el matrimonio, la descendencia en familia comunal, la herencia, etc.), sólo se obtiene la erosión sistemática de los valores y de la importancia de la institución familiar. Porque ¿qué es una familia, si ni siquiera puede encontrar y mantener sus propios orden y legislación internos! Al mismo tiempo, y debe quedar claro también, aunque no ha sido suficientemente señalado, desde el punto de vista de los gobernantes, la capacidad de interferencia en los asuntos internos de familia tienen que considerarlo como el premio supremo y el pináculo de su propio poder.

Una cosa es explotar los resentimientos tribales o raciales o la envidia de clase en ventaja personal. Otra muy distinta es lograr utilizar las disputas que surjan dentro de las familias para romper todo el sistema, en general armonioso, de las familias autónomas,: para arrancar de raíz a los individuos de sus familias a fin de aislarlos y atomizarlos, lo cual aumenta el poder del estado sobre ellos. En consecuencia, a medida que se implementa la política de familia del gobierno, también se incrementan los divorcios, la soltería, la maternidad soltera y la ilegitimidad, los incidentes entre padres o entre cónyuges, la negligencia con, o el abuso de, los niños, y la variedad y frecuencia de estilos de vida “no tradicionales” [19].

Paralelo a este desarrollo habrá un aumento gradual pero constante de la delincuencia y de las conductas delictivas. Bajo los auspicios del monopolio, la ley (el derecho natural) siempre será transformada en legislación. Como resultado de un proceso interminable de redistribución de ingresos y de riqueza en nombre de la discriminación racial, social, y de la justicia de género, la idea misma de justicia como conjunto de principios universales e inmutables de conducta y cooperación, en última instancia, se irá erosionando y destruyendo. En lugar de ser concebido como algo preexistente (y por descubrir), el derecho es cada vez más una ley redactada por el gobierno (legislación).

En consecuencia, no sólo aumentará la inseguridad jurídica, sino que, en reacción, la tasa social de preferencia temporal se elevará (es decir, la gente en general estará más orientada al presente y a la planificación a un horizonte temporal cada vez más corto). También se promoverá el relativismo moral. Porque si no existe tal cosa como un derecho absoluto, se desprende que tampoco habrá un agravio o una injusticia absoluta. De hecho, lo que hoy es correcto puede ser una equivocación mañana, y viceversa.

Por consiguiente el aumento de las preferencias temporales combinado con el relativismo moral, constituye el caldo de cultivo perfecto para los delincuentes y los delitos – una tendencia especialmente evidente en las grandes ciudades. Es aquí donde la disolución de las familias está más avanzada, cuando existe la mayor concentración de receptores de asistencia social, donde ha llegado más lejos el proceso de pauperización genética, y donde son más virulentas las tensiones tribales y raciales como resultado de la integración forzada. Más bien que centros de civilización, las ciudades se han convertido en centros de desintegración social, corrupción, brutalidad y delincuencia [20].

Sin duda, la historia está, en última instancia, determinada por las ideas y las ideas pueden, al menos en principio, cambiar casi instantáneamente. Pero, para que las ideas cambien no es suficiente que la gente vea que algo está equivocado. Por lo menos un número importante de personas debe ser también lo suficientemente inteligente como para reconocer qué es lo que está mal. Es decir, se deben entender los principios básicos sobre los que se basa la sociedad, la cooperación humana: que son precisamente los principios que aquí se explican. Además la gente debe tener suficiente fuerza de voluntad para actuar de acuerdo con esta idea.

El estado – un monopolio judicial – debe ser reconocido como fuente de de-civilización: los estados no crean la ley y el orden, los destruyen. Las familias y los hogares deben ser reconocidos como fuente de la civilización. Es esencial que los jefes de familia y de hogar reafirmen su autoridad de última instancia, como jueces en todos los asuntos internos de la familia. Los hogares deben ser declarados territorio inviolable, extraterritorial, como las embajadas extranjeras. La libre asociación y la exclusión del territorio deben ser reconocidos, no como cosas malas, sino buenas, que facilitan la cooperación pacífica entre diferentes grupos étnicos y raciales. La protección social debe ser reconocida como un asunto exclusivamente de las familias, y la caridad voluntaria y el estado bienestar no son más que la subvención, o el subsidio, a la irresponsabilidad.

Hans-Hermann Hoppe (Hoppe@Mises.com ) es profesor de economía en la Universidad de Nevada, Las Vegas.

Este ensayo se basa en un capítulo de Democracy: The God that Failed (La democracia: El Dios que Falló).

1 Ludwig von Mises, Human Action: A Treatise on Economics, Edición Académica (Auburn, Ala: Ludwig von Mises Institute, 1998), p.160.9

2 Véase sobre esto Jonathan Bennett, Rationality: An Essay Toward an Analysis (Londres: Routledge and Kegan Paul, 1964).

3 Mises, Human Action, p. 169.

4 Ibid., p. 144.

5 Rara vez ha hecho Mises más énfasis sobre la importancia de la cognición y la racionalidad, que en el surgimiento y mantenimiento de la sociedad. Explica que uno

puede admitir que en el hombre primitivo fueran innatas la propensión a matar y a destruir, así como también la disposición a la crueldad. También podemos suponer que bajo las condiciones de las edades más tempranas de la antigüedad la inclinación a la agresión y al asesinato fueran favorables a la preservación de la vida. El hombre fue alguna vez una bestia brutal. Pero no hay que olvidar que era un animal débil físicamente; no hubiera estado a la altura de las grandes bestias de presa si no hubiera estado equipado con un arma peculiar, la razón. Por el hecho de que el hombre sea un ser razonable, y que por lo tanto no cede sin inhibiciones a sus impulsos, sino que organiza su conducta de acuerdo a una razonada deliberación, debe ser calificado como natural desde el punto de vista zoológico. Conducta racional significa que el hombre, ante el hecho de que no puede satisfacer todos sus impulsos, deseos y apetitos, renuncia a la satisfacción de aquellos que considere menos urgentes. Con el fin de no poner en peligro el funcionamiento de la cooperación social, el hombre se ve obligado a abstenerse de satisfacer aquellos deseos cuya satisfacción impediría el establecimiento de las instituciones de la sociedad. No cabe duda de que tal renuncia es dolorosa. Sin embargo, el hombre ha hecho su elección. Ha renunciado a la satisfacción de ciertos deseos incompatibles con la vida social y ha dado prioridad a la satisfacción de los deseos que puede realizar sólo, o en una forma más abundante, dentro de un sistema de división del trabajo. Esta decisión no es irrevocable ni definitiva. La elección de los padres no afecta la libertad de elegir de los hijos. Ellos pueden revertir la resolución. Todos los días pueden proceder a la transvaloración de los valores y preferir la barbarie a la civilización, o, como dicen algunos autores, el alma al intelecto, los mitos a la razón, y la violencia a la paz. Pero deben elegir. Es imposible tener cosas incompatibles entre sí. (Human Action, pp. 171-72)

Ver sobre esto también Joseph T. Salerno, “Ludwig von Mises as Social Rationalist,” Review of Austrian Economics 4 (1990).

6.”En el marco de la cooperación social”, escribe Mises, entre los miembros de la sociedad pueden surgir sentimientos de simpatía y de amistad y del sentido de pertenencia común. Estos sentimientos son la fuente de las más deliciosas y las más sublimes experiencias del hombre. Ellas son el adorno más preciado de la vida; levantan la especie animal “hombre” a la altura de una real existencia humana. Sin embargo, no son, como algunos han afirmado, los agentes que han dado lugar a las relaciones sociales.  Son los frutos de la cooperación social, se desarrollan sólo dentro de su marco; no precedieron el establecimiento de relaciones sociales ni son la semilla de la que provienen. (Ibíd., p.l44).

“La atracción sexual mutua entre hombre y mujer”, Mises explica, más adelante,

es inherente a la naturaleza animal del hombre y es independiente de cualquier pensamiento y especulación. Es permitido llamarla original, vegetativa, instintiva, o misteriosa; – Sin embargo, ni la cohabitación, ni lo que lo precede o lo que le sigue, genera cooperación social ni modos sociales de vida. Los animales también se unen en el apareamiento, pero no han desarrollado relaciones sociales. La vida familiar no es meramente el producto de la relación sexual. No es, de manera alguna, natural ni necesario que padres e hijos vivan juntos en la forma en que lo hacen en la familia. La relación del apareamiento no necesariamente resulta en una organización familiar. La familia humana es el resultado de pensar, planificar y actuar. Es este hecho lo que la diferencia radicalmente de los grupos de animales que llamamos per analogiam familias de animales. (Ibid. p. L67)

7 Véase Murray N. Rothbard, “Freedom, Inequality, Primitivism, and the Division of Labor,” en idem, Egalitarianism as a Revolt Against Nature and Other Essays (Auburn, Ala: Instituto Ludwig von Mises, 2000).

8 Véase Wilhelm Mühlmann, Rassen, Ethnien, Kulturen. Moderne Ethnologie (Neuwied: Luchterhand, 1964), pp. 93 a 97. En general, aparte de los estratos superiores de la clase de los comerciantes, la mezcla racial o étnica pacífica suele restringirse a los miembros de la clase social alta, es decir, a los nobles y aristócratas. Por lo tanto, las familias menos étnica o racialmente puras son característicamente las principales dinastías reales.

9. Por ejemplo, Fernand Braudel ha dado la siguiente descripción del complejo patrón de separación espacial y de integración funcional y la correspondiente multiplicidad de jurisdicciones, separadas y en competencia, desarrolladas en los centros comerciales de la talla de Antioquía, durante el apogeo de la civilización islámica, entre los siglos VIII y XII: En el centro de la ciudad

estaba la Gran Mezquita, la del sermón semanal. Cerca estaba el bazar, es decir, el barrio de los comerciantes con sus calles y tiendas (el zoco) y su caravansares o almacenes, así como los baños públicos. Los artesanos se agrupaban concéntricamente, a partir de la Gran Mezquita: en primer lugar, los fabricantes y vendedores de perfumes e incienso, y luego las tiendas de venta de telas y alfombras, joyerías y tiendas de alimentos y, finalmente, los más humildes oficios: curtidores, zapateros, herreros, alfareros, talabarteros, tintoreros. Sus tiendas marcaban los bordes de la población. En principio, cada uno de estos oficios tenía su ubicación fija en todos los tiempos. Del mismo modo, el maghzen o cuartel del Príncipe, en principio, estaba situado en las afueras de la ciudad, lejos de motines o revueltas populares. Junto a ella, y bajo su protección, estaba el mellah o barrio judío. El mosaico se completa con una gran variedad de distritos residenciales, divididos por raza y religión: había cuarenta y cinco en Antioquía solamente. “La ciudad era un conglomerado de diferentes barrios, todos los cuales vivían bajo el temor de la masacre”. Así que los colonos occidentales, nunca, en ninguna parte prohijaron la segregación racial – así como tampoco en parte alguna la suprimieron. (Braudel, A History of Civilizations [Nueva York: Penguin Books, l995], p. 66).

10 Véase Otto Brunner, Sozialgeschichte Europas im Mittelalter (Gottingen: Vandenhoeck and Ruprecht, 1984), chap. 8; Henri Pirenne, Medieval Cities (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1969); Charles Tilly and Wim P. Blockmans, eds., Cities and the Rise of States in Europe, 1000 — 1800 (Boulder, Cob.: Westview Press, 1994); Boudewijn Bouckaert, “Between the Market and the State: The World of Medieval Cities,” in Values and the Social Order , Vol.3, Voluntary versus Coercive Orders, Gerard Radnitzky, ed. (Aldershot, Reino Unido: Avebury, 1997). Por cierto, los tan denostados guetos judíos, que eran característicos de las ciudades europeas durante la Edad Media, no eran indicativos del reconocimiento de una situación de inferioridad jurídica de los Judíos o de discriminación contra los mismos. Por el contrario, el gueto era un lugar donde los Judíos disfrutaban de completa autonomía y donde se aplicaba la ley rabínica. Véase sobre esto Guido Kisch, The Jews in Medieval Germany (Chicago: University of Chicago Press, 1942); also Erik Von Kuehrielt-Leddihn, “Hebrews and Christians,” Rothbard – Rockwell Report 9, no. 4 (Abril, 1998).

11. Para un tratamiento sociológico de la primera etapa (pre-democrática) en el desarrollo de ciudades-estado, que se caracterizaban por un gobierno de patricios aristocráticos, fundado por las familias (clanes) y dividido según conflictos familiares, véase Max Weber, The City (New York: Free Press , 1958), cap. 3. Véase también la nota 16 infra.

12. Esta declaración relativa a la forma de gobierno en las grandes ciudades comerciales característicamente democrática – republicana – en lugar de monárquica – no debe ser malinterpretada como una simple propuesta empírico-histórica. De hecho, históricamente la formación de gobiernos es anterior al desarrollo de grandes centros comerciales. La mayoría de los gobiernos habían sido monárquicos o principescos, y cuando las grandes ciudades comerciales surgieron por primera vez, el poder de los reyes y príncipes típicamente también se extendió inicialmente a estas zonas urbanas recién desarrolladas. En su lugar, la afirmación anterior debería interpretarse como una proposición sociológica sobre la improbabilidad del origen endógeno del gobierno de reyes o príncipes sobre grandes centros comerciales con población étnicamente mixta, es decir, como una respuesta a una cuestión esencialmente hipotética y contra fáctica. Véase a este Max Weber, Soziologie, Analysen Weltgeschichtliche, Politik (Stuttgart: Kroener, 1964), pp. 41 a 42, quien señala que los reyes y nobles, aunque residían en las ciudades, no obstante, decididamente no eran reyes ni nobles de ciudad. Los centros de su poder descansaba fuera de las ciudades, en el campo, y el dominio que tenían sobre los grandes centros comerciales sólo era tenue. Por lo tanto, los primeros experimentos con formas de gobierno democráticas, republicanas, se produjeron característicamente en aquellas ciudades, que se habían desprendido, y ganado su independencia, de un entorno predominantemente monárquico y rural.

13 Sobre la competencia eliminativa y la tendencia inherente de los Estados hacia una centralización y hacia una expansión territorial – en última instancia, hasta el punto de la creación de un gobierno mundial – ver Democracy: The God That Failed, capítulos 5, 11 y 12.

14 Véase sobre esto Helmut Schoeck, Envy: A Theory of Social Behavior (New York: Harcourt, Brace and World, 1970); Rothbard, Egalitarianism as a Revolt Against Nature and Other Essays; y esp. “Freedom, Inequality Primitivism, and the Division of Labor,” en ibid.

15 Para un tratamiento sociológico de esta segunda etapa – democrática o “plebeya” – en el desarrollo del gobierno de las ciudades, basado y dirigido por clases y “conflictos de clase” (en lugar de clanes y conflictos familiares, como durante la etapa de desarrollo anterior de gobiernos de patricios), véase Max Weber, The City, cap. 4. A diferencia de gobierno de la ciudad patricia, el gobierno plebeyo, Weber hace observación importante, se caracteriza por

un concepto cambiado de la naturaleza de la Ley. El comienzo de la legislación es paralelo a la abolición del gobierno de los patricios. La legislación adoptaba inicialmente la forma de estatutos carismáticos por los aesymnetes [gobernantes que poseían poder supremo por un tiempo limitado]. Pero pronto fue aceptada la nueva creación de leyes permanentes. De hecho la nueva legislación por la ecclesia llegó a ser tan habitual como para producir un estado de flujo continuo. Pronto una administración puramente secular de la justicia se aplicó a las leyes o, en Roma, a las instrucciones del magistrado. La creación de leyes llegó a tal estado de fluidez que con el tiempo en Atenas, la pregunta anualmente iba dirigida a las personas si las leyes debían mantenerse vigentes o modificarse. Así se llegó a la premisa aceptada que la ley se crea artificialmente y que debe basarse en la aprobación de aquellos a quienes sea aplicable. (pp.170 – 71)

Asimismo, en las ciudades-estado medievales de Europa, el establecimiento “del gobierno del popolo tuvo similares consecuencias. También, produjo ediciones enormes de leyes de la ciudad y la codificación del derecho consuetudinario y las normas de la corte (derecho procesal) que producen un excedente de estatutos de todo tipo y un exceso de funcionarios “(p. 172). De la mano con el concepto cambiado de ley viene una diferente conducta política.

La justicia política del popolo con su sistema de espionaje oficial, su preferencia por las denuncias anónimas, los procedimientos inquisitoriales acelerados contra los magnates, y la prueba simplificada por “notoriedad”, era la contraparte democrática de los juicios del Consejo de los Diez [aristocrático – patricio] en Venecia. Objetivamente el sistema popolo fue identificado por: la exclusión de su cargo de todos los miembros de las familias con un estilo de vida caballeresca; obligando a los notables con compromisos de buena conducta; colocando bajo fianza a todos los miembros de la familia de notables, el establecimiento de un ley penal especial para los delitos políticos de los magnates, especialmente insultar el honor de un miembro de la población, la prohibición a un noble de adquirir una propiedad limítrofe con la de un miembro de la población sin el consentimiento de este último. Dado que las familias nobles podían ser expresamente aceptadas como parte de la población, [sin embargo], incluso las oficinas del popolo eran casi siempre ocupadas por nobles. (Págs. 160-61)

16 Véase sobre esta tendencia Edward Banfield, The Unheavenly City Revisited (Boston: Little, Brown, 1974).

17 Véase a este Murray N. Rothbard, “The Great Women’s Lib Issue: Setting it Straight,” en Egalitarianism as a Revolt Against Nature and Other Essays ; Michael Levin, Feminism and Liberty (New Brunswick, NJ: Transaction Publishers, 1987).

18 Véase Robert Nisbet, Prejudices: A Philosophical Dictionary (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1982), pp. 1-8, 110-17.

19 Véase a este Murray N. Rothbard, “Kid Lib”, en Egalitarianism as a Revolt Against Nature and Other Essays .

20 Véase sobre esto Allan C. Carlson, “What Has Government Done to Our Families?” Essays in Political Economy (Auburn, Ala: Ludwig von Mises Institute, 1991); Bryce J. Christensen, “The Family vs. the State”, Essays in Political Economy (Auburn, Ala: Ludwig von Mises Institute, 1992).

21 Véase sobre esto Edward C. Banfield, “Present-Orientedness and Crime,” en Assessing the Criminal, Randy E. Barnett y John Hagel, eds. (Cambridge, Mass.: Ballinger, 1977); David Walters, “Crime in the Welfare State,” en Criminal Justice?: The Legal System vs. Individual Responsibility , Robert J. Bidinotto, ed. (Irvington-on-Hudson, NY: Foundation for Economic Education, 1994); también James Q. Wilson, Thinking About Crime (New York: Vintage Books, 1985).

23 Véase sobre esto Seymour W. Itzkoff, The Decline of Intelligence in America (Westport, Conn.: Praeger, 1994); idem, The Road to Equality: Evolution and Social Reality (Westport, Conn.: Praeger, 1992).

TRADUCCIÓN DE RODRIGO BETANCUR

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